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Domingo, 31 de agosto de 2008

Soy leyenda

Poesía > Parte de los modernos que escribían y actuaban la vida cultural de Buenos Aires en los ’60 –pero sin el afán de reconocimiento del Di Tella, ni el compromiso militante de la avenida Corrientes–, poeta, vanguardista y leyenda en vida, Mariani es una figura que cada tanto se rescata con la misma facilidad con que se lo vuelve a olvidar. Guillermo Saccomanno rememora, a partir de su última antología poética, el encuentro que tuvo con él cuando ya muchos lo daban por muerto.

 Por Guillermo Saccomanno

El tío Roberto es de los escritores y poetas de Boedo. Fue elogiadísimo por un libro: Cuentos de oficina. Una tarde, en su ausencia, Reynaldo sube la escalera de caracol hacia la pieza del tío y espía sus pilas de libros, diarios, revistas. Le llaman la atención unas hojas escritas a máquina con marcas a lápiz. El pibe reconoce la letra del tío. El tío lo sorprende: “Ese Roberto tiene más talento que éste”, le dice. El Roberto del que habla el tío es un compañero, un tal Arlt, que le pasa sus originales para que ajuste su ortografía y sintaxis. Al pibe empieza a poseerlo la literatura. “Mis primeras lecturas fueron una mezcla rara entre Salgari y Pirandello”, contará más tarde, en un bar de Zapala, el sesentón que fue ese pibe, a Lautaro Ortiz, periodista de este diario.

En los ’60, el pibe es un poeta en los alrededores de Plaza San Martín y el Bajo, el Di Tella y Filosofía y Letras. Se presenta como “Mariani”, a secas. Publica sus versos de modo artesanal. Prescinde de las mayúsculas: “mariani”, firma. También reemplaza la “y”, la griega, por la “i”, la latina. Por la zona circulan Briante, Di Paola, Dal Masetto, Micharvegas, Cutaia, Macció, Libertella, Madariaga, Noé, Masotta y toda la fauna moderna. El núcleo es el bar Moderno. Se junta con Ruy Rodríguez, Sergio Mulet, Isidoro Laufer, Juan Carlos Kreimer, Gustavo Trigo, Mario Satz, los hermanos Miguel y Leopoldo Bartolomé. Sacan una revista, Opium, que no pasará los seis números. Según Rafael Cippolini, copian las vanguardias del neoyorquino Grupo Fluxus y del Grupo Pánico de París integrado por Arrabal, Topor y Jodorowsky. Los “piumos”, como los llama Kreimer, versión criolla de los beats, son “iracundos” de clase media, más integrados que marginales. Algunos figurarán en The Players versus Angeles Caídos de Alberto Fischerman, o en Tiro al Pichón de Ricardo Becher, donde Mariani participa como actor. Más zarpados que los ditellistas, a los de Opium no les importa el éxito. Tampoco el compromiso, como a los de El Escarabajo de Oro. En vez de la ginebra que toman los intelectuales del bar La Paz, prefieren el whisky y la marihuana. Mientras otros discuten la lucha armada, ellos adoptan una consigna de Pound: “Cantemos al amor y al ocio, nada más merece ser habido”. Y se radicalizan, pero en el pasarla bomba mientras los ecos de las bombas reales alteran la noche. Además de leer a Ginsberg, Corso y Ferlinghetti, escuchan a Charlie Parker, John Coltrane y Ornette Coleman. Desde París, Cortázar celebra la escritura jazzera de Néstor Sánchez, quien, a su vez, acerca a Mariani a la Editorial Sudamericana su único libro de narrativa: 7 historias bochornosas, donde hay una escritura que se cuestiona a sí misma todo el tiempo y camina por la cornisa de la vanguardia. Cortázar escribe en Rayuela que el genio consiste en apostar y acertar. ¿Aciertan Sánchez y Mariani? ¿Y si están sobrevalorados por el imperativo de los suplementos literarios de andar rescatando un “maldito” todas las semanas para entretener a sus lectores dominicales? ¿Por qué no preguntarse esto? A esta altura, el rescate es un género literario. Y esto que escribo, advierto, no escapa a sus reglas.

A comienzos de los ’70, Mariani abandona el país. Se la ve venir, dice. San Pablo primero: una de las publicaciones que funda es Maconha Press, título elocuentísimo. Después de San Pablo, Buzios, cuando todavía es un pueblito de pescadores, bastantes años antes de convertirse en meca turística de hippies, progres y nuevaeristas acomodados. En Buzios, Mariani se encuentra cada tanto a chupar con un yanqui. Hablan de literatura negra: Chandler, Hammet, sus predilectos. Tiempo después encuentra la foto del gringo en una novela: Jim Thompson.

La vida de Mariani está cargada de anécdotas en las que confluyen la piolada con la pose del intelectual superado que pudo ser uno de “los reventados” de Jorge Asís. Es común en esta época que un autor se defina por sus actividades extraliterarias, por lo general rudas, viriles. “Vivía y leía más de lo que podía escribir. Todo era vivencia, vivencia”, se acordaría más tarde Mariani. En tanto, se las rebusca vendiendo ropa, bijouterie, panchos, libros usados. Refiriéndose a sus “oficios”, como los llama, apura una lista canchera: pinche, equilibrista, campana, fiolo, maestro y consejero de jóvenes. Las “vivencias”, en coherencia con la construcción del mito, le sacan ventaja a la escritura. Y el mito termina fagocitando la obra. No obstante, en sus últimos años, Mariani habría de aceptar: “En la poesía hay un 5 por ciento de talento y un 95 de sudor. Es trabajo, trabajo y sudor, sudor. Hay que patearse, romperse el culo y sentirse un fracasado, y volver sobre cada palabra, sobre cada línea. Eso es lo que creo. Es que corrijo todo el tiempo, incluso lo que está publicado. Cada vez que leo un poema mío, seguro va a terminar con alguna corrección. Es un infierno, el infierno de las correcciones”.

En el ’96 ya está inminente el desenlace de su ficción existencial. Mariani tiene sesenta años, sigue alcohólico, y termina en Zapala, geografía on the road. Tiene un cáncer en la boca. Unos jóvenes del lugar se transforman en su cenáculo. Intentan cuidarlo. Pero no le preocupa cuidarse. No afloja con el alcohol. Los amigos lo ayudan a publicar algunos de sus poemarios. Lo último es una antología poética: A secas. Contiene un documentadísimo prólogo de Jorge Casella y reproduce numerosos testimonios de Mariani. Escribe: “Qué es insistir, obstinarse / en el intento de saber / querer saber qué es / el qué / que hay por detrás / arriba, abajo, entre / por delante, por fuera/ i/o por adentro /... de qué / (...) un no se sabe qué / que tenga qué / sentido / un algo qué / que signifique / qué”. Mariani tiene una sola certeza: “La pluma es mi instrumento / sólo yo solo en mi instrumento / el instrumento es soy yo”.

Encontré su antología final en una feria del libro en la Patagonia. Había escuchado mencionar a Mariani una y otra vez. Cada tanto algún suplemento se acordaba de su leyenda. Más de una vez se lo daba por muerto. Si la Patagonia fue considerada durante un siglo y medio la Siberia argentina, en tanto Mariani la elige como territorio final, parafraseando a su amigo Néstor Sánchez, el último capítulo de su novela bien podría llamarse “Siberia Blues”. “A mí, la Patagonia me gusta, a pesar de todo. Pero no me hablen de Bariloche o San Martín. A mí me gusta como es acá, despojada”, dice Mariani. El alcohol y el cáncer lo carcomen. Los médicos le quitan el fernet, último apoyo frente al dolor. El viernes 13 de agosto de 2005 muere en un hospital neuquino, en una pieza con dos camas y una ventana que deja ver unos árboles. Los amigos que lo ayudaron a publicar rodean la cama. Alguien se acuerda de que el difunto había nacido un 13 de enero. Se preguntan si el número 13 querrá decir algo.

A SECAS
ANTOLOGIA POETICA

Mariani
Ediciones de La Grieta
96 páginas

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de izquierda a derecha: isidoro laufer, ruy rodriguez, sergio mulet, reynaldo mariani y un locutor sin identificar en un programa de tv de la epoca. abajo: la tapa del numero 3 y 1/2 de la revista opium, con la consigna de Pound que tomaron como lema.
 
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