libros

Domingo, 26 de octubre de 2008

Perdidos en el espacio

A partir de un hecho trágico como la desaparición de un hijo, La verdad sobre Celia construye un curioso juego literario que intenta reparar lo insoportable de la vida a partir de la literatura.

 Por Fernando Krapp


La verdad sobre Celia
Kevin Brockmeier

Editorial Emecé
252 páginas

Christopher Brooks lleva una vida tranquila, de clase media, junto a su esposa Janet y su hija Celia en un pueblo de los Estados Unidos. Janet es la clarinetista de la orquesta del pueblo y Christopher, un escritor de libros de fantasía y ciencia ficción relativamente conocido, que un sábado al mes, por orden del Estado, abre las puertas de su casa, una de las más antiguas del pueblo, y da visitas guiadas. Un sábado de 1997, mientras recorre su casa junto a dos desconocidos, ve que su hija Celia está jugando en el muro del jardín de la casa; cuando vuelve a mirar, Celia ya no está. Ha desaparecido. Cualquier lector desinteresado puede pensar que la desaparición de la hija de Christopher es el punto de ataque de un thriller más entre tantos. Pero no. Lo que sigue tras la desaparición de Celia es una narración que se desgarra (y no desgarradora) en sí misma.

La verdad sobre Celia esconde una serie de juegos y un recurso literario como el desdoblamiento del narrador. Según la portada, el libro está escrito por Kevin Brockmeier, conocido autor norteamericano de fantasía y ciencia ficción; pero cuando llegamos a la cuarta página, el autor es Christopher Brooks. Antes leemos una advertencia: este libro fue escrito luego de la desaparición de su hija Celia, y es un intento del autor de volver a reconciliarse con la escritura y la literatura. Como sea, se trata de un mapa de ocho relatos donde se intenta narrar el dolor del padre por la pérdida de su hija. Y todos juntos componen una suerte de novela episódica, donde Celia desaparece, aparece, reaparece en un cuento clásico sobre niños, reaparece en primera persona como niña, reaparece ya de grande en una hipotética vida paralela con otro nombre, reaparece en la vida de su esposa Janet que intenta evadirse todos los días en el cine, reaparece llamando por su teléfono de juguete a su padre y vuelve a desaparecer. Quizás el recurso más llamativo sea el que compone en el segundo relato; para demostrar la actitud del pueblo en relación con la desaparición de Celia, narra un mismo día como si fuera un plano secuencia cinematográfico a través de distintos personajes que se cruzan, y el narrador los sigue como si fuera una cámara que no sólo refleja sus acciones sino una parte de su vida y su relación con la familia Brooks.

Si bien la novela no es realista, el sustento que atraviesa los relatos fantásticos y los múltiples cambios de puntos de vista es un dolor real: ¿cómo seguir viviendo después de la pérdida de un hijo, cuando todo lo que rodea guarda una historia, un olor, algo que remite a esa pérdida?

La verdad sobre Celia vuelve al comienzo, una y otra vez, a quedarse varada en la misma imagen, en la misma interrogación, como si el matrimonio Brooks se hubiera quedado atrapado en un rulo temporal donde los deseos se desvanecen en las consecuencias de su pérdida, en un laberinto de espejos que les refleja sin piedad su vida cotidiana hasta alejarlos cada vez más de su vínculo afectivo. A pesar de sumergirse en la literatura, Brooks parece no poder superar la vieja premisa que John Cheever plantea en sus diarios: los problemas de la vida real no se solucionan con literatura. Pero aun así lo intenta. Abusando un poco de las dicotomías, podríamos pensar que hay dos maneras de concebir la literatura: aquella que asegura que la ficción esconde una verdad sobre el mundo, que escribir es decir la verdad con mentiras, y aquella que no: la literatura no hace más que echar sombras sobre la vida de las personas. Kevin Brockmeier (o Christopher Brooks) parece nutrirse de ambas posturas; la verdad no resulta ficcionalizando la pérdida o construyendo una novela realista sobre el dolor sino mirando en las sombras mismas que tejen las palabras y que intentan dar, por más breve y efímero que sea, un sentido a una vida inesperada.

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