Dom 17.01.2010
libros

Perros de la calle

Un debut literario auspicioso en base a una práctica sexual que hizo furor en Inglaterra en la última década, generando cultores y detractores y ahora, una novela.

› Por Ezequiel Acuña

En la última década los ingleses se han dedicado a una práctica sexual sórdida y por lo mismo divertida: el dogging. En resumidas cuentas, se trata de sexo al aire libre, en lugares públicos y en general entre gente desconocida que establece contacto por Internet o que conociendo las zonas más frecuentadas se acerca para echar un vistazo. El dogging (o “cancaneo”, como lo traducen los hermanos españoles) tuvo su momento mediático en 2006 cuando la BBC agarró a Stan Collymore, un ex futbolista, metido en la movida. De ahí en más existen todo tipo de expresiones respecto del fenómeno, algunas que lo señalan como un escape a la seriedad de la sociedad inglesa, otras como signo de la decadencia y la perversidad total. La primera novela de Daniel Davies se mete de lleno en la movida y el resultado es excelente. Está bien, una de las razones es, claramente, la abundancia de sexo. Davies demuestra ser un muy buen narrador que alterna descripciones crudas con explicaciones teóricas de las posiciones preferidas en el ambiente del dogging sin caer ni en el manual para novatos, ni en el porno barato. Las relaciones sexuales, el placer y la intensidad son las líneas principales de La isla de los perros. Pero el sexo no viene solo. La isla de los perros es el diario íntimo de Jeremy Shepherd, narrador agudo aunque algunas veces apático, distante y teórico con su propia vida.

Dos tópicos fuertes acompañan las experiencias sexuales en el relato de Jeremy Shepherd. Por un lado, la posibilidad de la experimentación sin discriminaciones que permite el dogging, la adrenalina de la sorpresa de los encuentros con gente desconocida. Por el otro, los peligros de la vigilancia y las maneras de escaparle al control.

Esa sensación de igualdad que parece alimentar el dogging pone en juego una democracia degradada. Y es en ese sentido que Davies se convierte en un buen discípulo de Ballard, los automóviles como máquinas del deseo donde la especie humana se reproduce, pero sobre todo esa profundidad poco seria, esa especie de perversidad revolucionaria que se enfrenta a la perversidad imperante y que Daniel Davies logra captar.

De la misma forma, no es muy difícil establecer otra fuerte ascendencia de La isla de los perros, más paradigmática pero en la misma línea. Jeremy Shepherd vive obsesionado con las cámaras de seguridad que controlan toda Inglaterra. La imagen que pinta, poco a poco, de una vida vigilada constantemente por cámaras de circuito cerrado se acerca bastante a las etapas previas a ese 1984 de George Orwell. Sin caer en la cita simplista del Gran Hermano, Davies establece una relación a través del sexo con el libro de Orwell donde también la sexualidad está controlada y completamente reprimida por el Estado. Más aún, en una escena emblemática de 1984, Winston y Julia, los personajes principales, encuentran una vía de escape teniendo sexo en los bosques, al aire libre.

En una descripción rápida, La isla de los perros puede sonar como una novela banal, y sin embargo no hay nada más político que lo corporalmente político, el control de los cuerpos y deseos. El logro de Daniel Davies es mantener todos esos tópicos del libro en equilibrio, sin volcarse ni a lo completamente teórico, ni a la emoción pura, sin olvidar la diversión y también la crueldad. Sobre todo la crueldad, y la discriminación. Muchas veces es una novela porno, sí, y por lo tanto placentera, y al mismo tiempo es todo lo contrario. La pornografía, tal como la describe el narrador, es una perversidad artificiosa, más racional que animal; en La isla de los perros el cancaneo no es más que la búsqueda de una perversidad menos prefabricada, menos industrial, menos controlada. “Nuestra comunidad es versátil y dinámica; como el agua, busca grietas, espacios, canales. Es una ley de los asuntos humanos. Cuando la gente quiere hacer algo, es imposible impedírselo”.

El sexo como escape, el sexo peligroso, sexo comunitario y rebelde, pero sobre todo el sexo porque sí; la novela de Davies es sumamente excitante y seductora, aparentemente escandalosa, pero sólo lo necesario como para alimentar el lado perverso de cualquier lector y dejar en claro que todo es literatura.

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