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Domingo, 5 de septiembre de 2010

Memorias de la risa

A menos de un año de su muerte, se publican unas memorias picarescas y salteadas de Leónidas Lamborghini.

 Por Damián Huergo

Entre la consagrada biografía de Richard Ellmann sobre James Joyce y el libro de memorias Las horas de James Joyce, del ignoto Jacques Marcanton, Leónidas Lamborghini prefería el segundo. Motivos no le faltaban. Por un lado no contaba con la plata para pagar el libro –a precio internacional– de Ellmann. Por otro lado, le interesaba que Marcanton no minaba de datos el texto, sino que retrataba un Joyce ordinario paseando por el zoológico, sintonizando ópera en su casa, preocupado por la enfermedad de su hija; logrando así que sea “un hombre el que habla, no un literato”. Con la serie de entrevistas que Santiago Llach le hiciera en su modesto departamento de la calle Laprida –entre marzo de 2007 y septiembre de 2008–, Lamborghini anhelaba darle forma a un libro similar, donde esté en primer plano la intimidad del poeta y, a su alrededor, como una enredadera salvaje, la obra que construyó durante más de medio siglo. Ese libro es Mezcolanza. Y desde el título, es un devenir de aciertos.

Si tuviésemos que calificar la obra de Leónidas con una sola palabra sería, sin dudas, ésa: mezcolanza. Sus textos son el efecto de una gran mezcla que junta, pega, recorta y transforma a Arlt, Borges, Dante, Stravinsky, letras del tango y Hernández, entre otros elementos bellos, feos y horribles que hace colisionar. Ese término, que desde la crítica universitaria se llamó intertextualidad, no lo inventó el mayor de los Lamborghini, sino que lo tomó de Armando Discépolo y lo hizo suyo.

Mezcolanza. Leónidas Lamborghini Emecé 190 páginas

Una mezcolanza es también la estructura del libro. Los recuerdos que Leónidas fue desempolvando en los encuentros con Llach se reproducen en el texto siguiendo el curso arbitrario y azaroso de la memoria. La voz desfachatada del menos popular de los poetas peronistas se escucha en cada uno de los fragmentos; se lo percibe en la jerga, en las muletillas y cuando ríe. Como bonus track, Mezcolanza incluye una entrevista realizada por Daniel G. Helder para Diario de Poesía en 1996, la reescritura de un pasaje de Finnegan’s Wake de su admirado Joyce y una cronología que pivotea entre las obras del autor y sus repercusiones públicas, desde que metió las patas en la fuente de la literatura argentina con Saboteador arrepentido en 1955 hasta el 13 de noviembre de 2009, día en que falleció. Esta ensalada de textos tiene una división temática y cronológica que permite trazar puentes entre vida y obra. En la primera parte Leónidas cuenta su niñez en Villa del Parque y Constitución, opina sobre fútbol, repasa letras de tango, narra sus primeros trabajos como obrero en fábricas textiles y describe el descubrimiento del peronismo; luego cuenta cómo “cayó” por casualidad en el periodismo, las temporadas de “periodista sin periódico”, la miseria en una casa de chapas en Llavallol, los años de exilio en México y su vuelta a la Argentina.

El eje de la segunda parte es su obra, que arranca –como el Martín Fierro– con el canto de un oprimido pero ya no en el campo sino en la ciudad, en una fábrica textil. Leónidas repasa los antipoemas que lo diferenciaron –por temática, uso de la épica y morfología experimental– de sus contemporáneos del ’40 y del ’50; reivindica la risa y el grotesco para romper “Modelos” –tanto poéticos como políticos–, no como ironía vacua que tiene la fuerza de la gomaespuma; y, por último, describe su trabajo con las reescrituras, donde desnudó textos de Homero, Dante, Evita y la gauchesca, para volverlos a vestir con las telas de su fábrica de poesía.

Como todo buen libro de memorias, Mezcolanza realiza el doble movimiento de calmar la sed de los que esperan páginas inéditas y, a la vez, abre una oportuna ventana a los neófitos que se fascinarán por –como dijo Joaquín Giannuzzi– su “triple condición de poeta, trabajador y peronista”. Al resto, a poco de cumplirse un año de su muerte, nos queda la relectura y el consuelo de la risa como un homenaje personal a su última enseñanza.

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