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Sábado, 6 de noviembre de 2010

Muerte y transfiguración del peronismo

En foco > En la literatura argentina, el peronismo ha sido narrado casi siempre desde un punto de vista externo, pero los últimos acontecimientos tras la muerte de Néstor Kirchner parecen abrir un panorama inédito hasta ahora. La reciente reedición de Para una revisión de las letras argentinas (Terramar), el libro póstumo de Ezequiel Martínez Estrada, es muy oportuna para revisitar esa tradición de la cultura letrada y su relación con el pueblo, sus habitantes y sus sentimientos, y atisbar un nuevo horizonte.

 Por Claudio Zeiger

El peronismo siempre ha generado más relatos que escritores que lo escriban. El peronismo es cuerpo, texto, mito. No pluma. Y no se trata aquí de hacer catálogo de títulos, chorrera de nombres de uno y otro campo cultural porque desde ya podrían ponerse ejemplos y contraejemplos a granel. Hablamos de la literatura argentina y sus espesores, sus grandes trazos, sus cánones y márgenes. Los Grandes Escritores Argentinos han sido antiperonistas. De la cuna a la sepultura como Borges y Bioy, anti en los años clásicos y reconvertido por la izquierda latinoamericana como Cortázar; un poco desgarrados entre un humanismo existencial y un intelectualismo pesimista como Sabato y Martínez Estrada. Sólo Leopoldo Marechal, en humilde soledad, ha podido disputar el podio con su Adán Buenosayres. El caso de Rodolfo Walsh entra en el terreno de una complejidad contemporánea que lo hace oscilar entre Borges y Cortázar, pero su expansión se ha producido por afuera de las letras y hoy ha entrado en la mitología del peronismo, del pueblo y de la izquierda. Mientras tanto, Tomás Eloy Martínez ha unido su figura de escritor a las novelas de Perón y Evita, también escritas desde un terreno entre neutral y anti.

Por estos días acaba de aparecer, con un sentido de la oportunidad que sólo un filósofo intuitivo podría haber tenido, Para una revisión de las letras argentinas, de Ezequiel Martínez Estrada. El volumen, armado en forma póstuma, contiene una serie de artículos y ensayos que EME había ido publicando en los últimos años de su vida; la primera parte, dada a conocer en revistas de Cuba, Caracas y París, es medular (“Prolegómenos a una revaluación de las letras argentinas”; “Cepa de la literatura rioplatense”; “La literatura y la formación de una conciencia nacional”). Estaba leyendo estos ensayos en los últimos días cuando el 27 de octubre de 2010 el peronismo inscribió un nuevo relato, anclado con fuerza vertical en la tierra, pero abierto a múltiples sentidos hacia el futuro. Otra vez el cuerpo, el texto del peronismo en carne viva y propia. Una nueva leyenda de pasión, pero que esta vez ha apelado e involucrado mucho más que la otrora insalvable antinomia del amor-odio.

EME había escrito ese libro horrible, ¿Qué es esto? (no confundir con ¿Qué les pasó?), donde el pueblo aparecía como una chusma, una turba arrastrada por los cantos de sirena del fascismo y la demagogia. Lo terrible, más allá de cualquier expresión ideológica, era el odio pavoroso. En este texto que acaba de aparecer, con la palabra “revisión” curiosa en su título, EME no habla de Perón. Habla del pueblo y de Rosas. De los indios y de los gauchos. Y dice que en la literatura argentina toda la tradición letrada los ha ignorado olímpicamente. Habla del siglo XIX, mira desde la segunda mitad del XX. Dice cosas como: “La traición de los intelectuales fue y sigue siendo fomentar esa visión delusiva que sobrevalora la obra de evasión, encomiástica y apologética, dando la espalda a la existencia de las gentes humildes”. O: “La literatura no tiene otros escritores que los que se expresan en el lenguaje republicano; ni Rosas otros que los antirrosistas. No hemos tenido monárquicos en las letras, como los tuvo y los tiene Francia, y no por eso somos más republicanos y democráticos que ese país”.

Y finalmente, la hipótesis estimulante: sólo los viajeros ingleses y los poetas gauchescos entendieron al pueblo porque pudieron mirarlo, observarlo en el día a día, incorporarlo a la mirada, sentir que existía algo llamado pueblo por fuera de las estrofas del Himno Nacional. Esto concluye EME acerca de nuestra literatura poco antes de morir, después de la experiencia cubana y el retorno a Bahía Blanca, la tierra del viento.

Cualquier atento lector de Radiografía de la pampa, La cabeza de Goliat o Muerte y transfiguración de Martín Fierro no podría dejar de percibir que algo ha pasado con este EME “revisionista”. Siempre se preocupó por los sujetos sociales y su incorporación a la cultura como el gaucho, pero en este último giro se nota todo el desencanto con la totalidad de la cultura letrada, aunque no llega a dar el salto de meterse con el peronismo, si bien nombra a los descamisados de Evita y Perón. EME era así. Su gesto recuerda al de Sabato, que por osar decir que lo conmovieron los ojos de unas chicas humildes que lloraban el día del golpe del ‘55 mientras él y un amigo celebraban decorosamente, fue expulsado del Parnaso al que quizá debería haber accedido, o no. A EME no le importaba mucho, pues en definitiva le gustaba protagonizar su propio martirologio, resultado de un permanente desplazamiento de lo oficial, la cultura oficial, la política oficial. La verdad, odiaba mucho más a los ganadores que a los perdedores, y por eso se puso a despotricar contra la Libertadora apenas derrocado Perón.

Mientras tanto, el peronismo sigue generando relatos y ahora ya no queda tan claro quién y cómo los seguirá escribiendo. Hasta ahora, sólo desde la distancia del otro, podía ser relatado como mito, como un absoluto que se terminaba identificando con la historia toda. Mientras pasaban los días, y mientras todos vivíamos absorbidos por lo que pasaba en la burbuja mediática, de golpe, una piedra perforó el cortinado, una uña rasgó el velo. Vino la muerte y tuvo sus ojos desviados. Y la historia del amor setentista que refleja hacia atrás destellos de unos espejos épicos y que parece prolongarse en una nueva simiente. El amor de Néstor y Cristina. Amor militante. La doble conducción, un inédito experimento político. El mismo amor y otra lluvia aunque del otro lado, el mismo odio rancio, la misma esterilidad en el análisis. Ni un loco sarmientino como Don Ezequiel para por lo menos conmoverse con el llanto de los pobres, para aceptar que el otro existe y es un hermano. Sólo eso.

Hoy, la derecha no tiene nada. Ni un solo escritor, artista o intelectual que la dignifique. Ni un buen conservador que, como decía EME, nos haga sentir un poquito más democráticos. No tienen nada. Son una junta de dinosaurios escleróticos, henchidos de ellos mismos, hablando desde el resentimiento y usando a una sola mujer pensante para, from time to time, adornar su anacronismo. La izquierda “revolucionaria” vive encerrada entre el narcisismo y la melancolía (prefiero la melancolía), convertida en una secta religiosa, entre el mesianismo y el dogmatismo que los ha deshumanizado y les ha hecho perder hasta la mística que supo tener, sin parte y sin arte.

El kirchnerismo demostró que apela de verdad a los intelectuales, los artistas, los escritores, los actores y al campo de la cultura. Que hay lugar para la razón y la pasión, que no hace falta ni siquiera ser peronista ni setentista, o sí, pero no excluyente, ya que hay una dosis de inclusión que no existía diez años atrás. Que por primera vez en la historia, la diversidad se hizo carne y desde la reivindicación de los derechos humanos al matrimonio igualitario, hay un cambio de paradigma.

Mientras tanto, volviendo y terminando con la literatura, una sola certeza: los relatos del porvenir podrán ser escritos por escritores peronistas o no peronistas, con estéticas comprometidas o absolutamente decorativas. Pero algo se fue. Ya no será obligatorio ser un furioso antiperonista para aspirar a ser un gran escritor argentino.

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Un dibujo de martin kovensky hecho el 27 de octubre
 
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