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Domingo, 21 de agosto de 2011

El metafísico que no quería dormir

A los siete años huyó con su madre y sus hermanos de Yugoslavia con una meta muy precisa: llegar a los Estados Unidos. Hoy, a los 74 años, Charles Simic recuerda todo lo que sucedió en su vida desde entonces, marcado por ese viaje iniciático, la pobreza esperanzada de los primeros años, las lecturas literarias, la relación de camaradería con su padre y el descubrimiento vitalista de la poesía norteamericana. Y sobre todo, el descubrimiento de la importancia del insomnio en su vida y en la filosofía.

 Por Guillermo Saccomanno

Hace unos años el poeta serbio-norteamericano Charles Simic intentó ubicar a una poeta de Sarajevo para incluirla en una antología. Sus editores fueron incapaces de localizarla: había desaparecido. El dato, o mejor dicho, la ausencia de un dato sobre su paradero, no lo sorprendió. Esta historia podía haber sido la suya. “Mi familia, como tantas, tuvo que salir a ver mundo por cortesía de las guerras de Hitler y de la ocupación estalinista del este de Europa”, cuenta Simic en Una mosca en la sopa, sus memorias. A los siete años, con su madre y su hermano, cruzó las montañas eslovenas huyendo de la Yugoslavia comunista. Los tres tenían una meta: Estados Unidos. La travesía tuvo marchas y contramarchas, cruces clandestinos, el terror a ser devueltos a su lugar de origen. Su historia, sugiere Simic, no tiene nada extraordinario y puede ser la de cualquiera en un siglo que se caracterizó por los totalitarismos, los genocidios y las migraciones masivas. Las reflexiones sobre la persecución, el exilio, el desarraigo y la condición de paria que abren su relato anticipan desde el vamos la condición de testimonio, denuncia y, a un tiempo –más coherencia que contradicción–, un estallido creador vitalista que tiene sus antecedentes.

Porque Simic (Belgrado, 1938) adoptó conscientemente la extraterritorialidad, el inglés como idioma propio, y en inglés escribió toda su ensayística sobre cine y literatura y una prolífica y personal obra poética que, además de un Pulitzer, le valió la canonización por parte de Harold Bloom. La Itaca de Simic no es ya un origen, los Balcanes, sino otro territorio, un horizonte electivo: Nueva York. Simic es, en consecuencia, por voluntad personal, un poeta norteamericano. En este aspecto, lo es tanto como el exuberante Whitman que, a su vez, incidirá en el renegado Miller. Simic no busca tanto justificar como explicar su elección: “Nada hay más americano y más esperanzador que la poesía norteamericana”, medita.

Simic transmite un saludable ánimo individualista: “¿Qué literatura que merezca la pena ha sido escrita en grupo?”, se pregunta. Si en su poesía Simic se preocupa por reflejar su realidad y se caracteriza por alternar la narración con lo descriptivo y, lejos de todo hermetismo, busca una llegada frontal que no excluye la generación de metáforas tragicómicas y despellejadas, su prosa presenta la misma intención, un tono casi coloquial, directo, con ráfagas líricas de surrealismo, pero siempre irónico: “En una vida llena de problemas, Insomnia ha sido la compañera que me ha salvado del miedo a la oscuridad. Permanezco despierto porque no quiero que el futuro me sorprenda”.

Una mosca en la sopa. Charles Simic Vaso roto, Umbrales 241 páginas

El “memorialismo” suele definirse por una solemnidad y un acartonamiento en el que el yo se toma demasiado en serio y se mira en el presunto espejo de la eternidad con expresión de prócer. Simic, en cambio, parece ir más por el lado del que no se la cree. La pormenorización de los bombardeos y las matanzas que le tocó presenciar en su infancia, el detalle de sus primeras lecturas (Zola, Dickens, Dostoievski), el pasaje por París, el impacto del cine, tanto el neorrealismo de De Sica (el joven Simic ve hasta el infinito Ladrones de bicicletas) y la fascinación por el Hollywood de Humphrey Bogart y Gene Tierney, la obcecación en dominar el inglés y desembarcar de una vez y para siempre en Estados Unidos, donde el padre espera a la familia. El encuentro con el padre y la relación que traban es camaradería pura. El padre lo inicia en bares de jazz y en tragos, le enseña códigos viriles y estratagemas urbanas que le abrirán la calle. Todo un personaje, el padre: está empeñado en escribir una historia crítica del marxismo. El joven Simic, como su padre, se deslumbra y asimila el american way of life. La pobreza y la miseria, en vez de desalentarlo, lo estimulan porque, está convencido, ésta es una tierra de oportunidades. Vive en una pocilga, trabaja en una tienda, después en una librería. Mide su talento en la pintura, fracasa. Tienta la suerte en la poesía. Y no le va mejor que al comienzo. Lee a Ezra Pound y Wallace Stevens, conoce a Robert Lowell, quien lo mandará a sumergirse en Walt Whitman. Más tarde, Allen Ginsberg, Frank O’Hara y Leroy Jones. Hasta que le suceden dos revelaciones: la primera, el jazz (Charlie Parker, Sonny Rollins, Thelonius Monk le enseñarán que la poesía en su musicalidad puede ser una anarquía controlada) y la segunda, la poesía latinoamericana (Vallejo, Neruda, Paz, Guillén, entre otros), que le aportará la liberación del lenguaje.

La actitud del Simic muchacho descubriendo EE.UU. tiene bastante de la ensoñación hipnótica de un chico de la calle perdido en la noche de una juguetería mayorista. Todos los chiches a su alcance. Todos esperando ser probados. Todos paladeados con una sensualidad sibarítica: las amistades, las mujeres, el vino. Simic es rabelaisiano hasta cuando lo recluta el ejército y lo selecciona para ser policía militar en Alemania y Francia. Esta experiencia alcanza bordes desopilantes. El servicio militar que en la literatura de su país de adopción (William Styron o Tobias Wolf), puede ser una catástrofe existencial, en Simic es el pasaje por una experiencia satírica.

Rara virtud la de Simic: convierte la adversidad en un gag. Y si bien no pierde jamás el sentido del humor, tampoco deja de entrever la tragedia. “No eres nada más que un sentimiento de pérdida,/ un agudo, aterrado corazón dolorido/ en una avenida sin nombre”, se ha autorretratado en un poema. En efecto, Simic es un observador metafísico del horror del mundo, la comedia humana. “A los quince años llegué a la conclusión de que el asesinato es un arte popular. Un arte que se va perfeccionando a pesar de que los resultados obtenidos no son los deseados”, medita. “La categoría de un filósofo está determinada por la categoría de su risa”, cita a Nietzsche. Y recapacita: “Pero Nietzsche era incapaz de reír”. Simic se confiesa un lector de filosofía. Y lo plantea así: “La historia no tiene ningún orden. Es el caos, el manicomio. Una maraña sin solución. Mi propia historia y la de este siglo se pueden comparar con un niño que va por la calle con su madre ciega. Ella murmura, habla consigo misma, canta y llora mientras muestra el camino que hay que seguir para atravesar un cruce de caminos con mucho tráfico. (...) La filosofía es siempre un regreso al hogar. Por eso regreso siempre a la filosofía. Quiero aprender a pensar con claridad este tipo de cuestiones”.

Sin duda ahora, a los setenta y cuatro años, Simic acierta cuando se define como “el metafísico de las tres de la madrugada” y anota que “para Dios más peligroso que el Diablo son los insomnes”. Y no, Simic no tiene paz ni puede tenerla y si hay un sosiego, le desconfía. Toda su vida, toda su poesía, todo este libro de memorias hablan de una sola angustia: “Lo que querías era integrarte, no ser un extranjero para siempre”.

Quien ha leído a Henry Miller lo recordará extranjero en París escribiendo en una silla prestada que le arrancarán en el momento menos pensado. Simic transmite esta sensación de zozobra: pareciera que cuando menos lo espera alguien vendrá por su silla. La conciencia de esta transitoriedad es el componente desesperado de su poética y late en cada una de estas páginas tan desaforadas como apabullantes. Que Simic exagera, se dirá. Un desaforado, de acuerdo. Y sí, es probable que Simic falsee “la verdad” como suele ser costumbre de la memoria. Pero en su desborde la ficción de sí mismo se parece más a la realidad que mucha literatura que se precia de realista. Y aquí radica el encanto visceral de su lectura.


La edición de las memorias de Simic responde al cuidado de Jeannette Clariond y Martín López Vega. El joven poeta español López Vega ha sido el introductor y traductor de la obra de Simic en las exigentes ediciones bilingües de DVD ediciones de poesía.

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