libros

Domingo, 25 de septiembre de 2011

Fin de fiesta

En la última novela que publicó en vida, Irène Némirovsky trazó un triángulo amoroso signado por la historia, y un retrato de su propia encrucijada entre vida y escritura.

 Por Fernando Krapp

Los perros y los lobos
Irène Némirovsky

Salamandra
220 páginas

Tras la creciente consagración mundial de Irène Némirovsky, después del increíble hallazgo de su Suite Francesa, se reeditaron en español otras novelas que aumentaron el prestigio de la narradora ucraniana formada en la Sorbonne y deportada a los campos de Auschwitz. Los perros y los lobos fue la última novela que publicó en vida, en donde, al igual que en su primera obra, David Golder, vuelve a meterse en el mundo especulador de las finanzas bancarias, y demostrar, una vez más también, cómo la presión social hace estallar la pólvora emocional.

Todos los personajes de Némirovsky están acorralados por el tiempo en que les toca vivir. Son figuras agazapadas, crispadas por un salvajismo que rompe la tranquilidad racional, ahorcadas por el contexto histórico, expulsados de sus tierras, en diáspora, renegadores de su propio pasado y a la vez profundamente arraigados a su sistema de creencias y valores heredados. Como sus otras novelas consagratorias, Los perros y los lobos tiene el mismo condimento autobiográfico necesario; la novela retrata un triángulo amoroso entre tres primos: Ben, Ada y Harry Sinner. La diferencia no es sanguínea; la brecha es de clase. Némirovsky narra en paralelo la infancia relativamente pobre (o bien, carente de lujos y excesos) de los primos hermanos Ben y Ada, y los encuentros fortuitos, los juegos inocentes con un primo lejano, Harry Sinner, a quienes ocasionalmente visitan. Harry pertenece a otra clase; la de los judíos exitosos y acaudalados. Ada se enamora profundamente de Harry, quien siente por ella un deseo extraño. Con el correr de los años, cuando la revolución bolchevique los expulse de su Ucrania natal y el destino los vuelva a unir en Francia, Harry cumpla su función como propietario del banco, y Ada, ya casada con su pobre primo Ben, persiga el sueño inocente de convertirse en una artista plástica famosa, Harry entonces volverá a sentir ese deseo salvaje de sentirse como en casa, de dejar de ser otro, de volver a su tierra natal. En ese remolino de tensiones y desbordes emocionales la novela llega a un clímax teatral shakespeareano. Con algunas reiteraciones y poco desarrollo en las transiciones, la novela vira del fresco social a un derrame emocional por parte de los personajes.

Los perros y los lobos no es la mejor muestra del talento de Némirovsky para combinar justamente esas dos facetas: la épica social con la intimidad de sus personajes, pero, como en sus otras obras, sirve para arrojar un poco de luz sobre la tensión que experimentó ella misma entre escritura y vida.

Los perros pertenecen a la misma familia de mamíferos que los lobos, pero si bien los lobos pueden ser primos de los perros, no tendrán nunca la domesticación ni el privilegio de dormir cerca de un fuego; sólo compartirán el peso del deseo, la constante preocupación por el dinero, la falta de recursos y las artimañas por generarlos, el deseo de ser otro y no poder cortar esa distancia. Némirovsky creció con ese deseo cuando logró insertarse en la sociedad parisina hasta convertirse en una verdadera consejera literaria de las damas de alta sociedad. Esa contradicción la obligó a renegar de su judaísmo, cuando apresada por el terror incipiente del nacionalsocialismo alemán en expansión, y, como consecuencia, la deformación de la camaleónica sociedad parisina que le dio la espalda, se convirtió al catolicismo. Pero como Ada, como Harry Sinner, e incluso como Ben, no pudo escapar de la herencia que moldeó su visión del mundo hasta sus últimas consecuencias. El pathos de su escritura esconde esa ambivalencia, esa dualidad entre la universalidad y el provincianismo, ese ir y venir a su Ucrania natal devenida imagen mental, recuerdo de un recuerdo, mientras ella persigue con su escritura, en tiempo real, las luces de la ciudad parisina que auguran el final de la fiesta.

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