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Domingo, 28 de octubre de 2012

PALIDO FUEGO

John Banville comenzó el nuevo siglo inaugurando un ciclo de novelas que ahora va por su tercera entrega, aunque hay que decir que la última, Antigua luz, también se puede leer en forma autónoma de Eclipse (2000) e Imposturas (2002). Y sin embargo, la sombra perturbadora de una mujer se triplica en espejos en esta continuidad de los sueños de un viejo actor, que lo llevan a remontarse a Irlanda en los años ’50, cuando se enamoró de la madre de su mejor amigo. Una muestra más del lugar imprescindible que viene ocupando John Banville en la literatura de habla inglesa, ganado a fuerza de sensibilidad, trabajo literario y la formidable captación de los aspectos más caóticos y azarosos de la vida.

 Por Rodrigo Fresán

En un momento de Antigua luz, en un bar de hotel de medianoche, el prestigioso y crepuscular actor de teatro Alexander Cleave se cruza con un extraño y plutoniano argentino. Un tal Fedrigo Sorrán, dedicado al negocio de la minería y de “lo subterráneo” quien, de pronto, deja de hablarle de oro y diamantes para referirse a agujeros negros, al distante pero imposible de ignorar resplandor de estrellas muertas y –en una clara referencia a un libro titulado Los infinitos– a los celos que sienten los dioses que nos contemplan y vigilan. Y el sexagenario Cleave no entiende muy bien de lo que habla este desconocido, pero comprende perfectamente a lo que se refiere. Porque desde hace años Cleave está atravesado por el rayo misterioso de un dolido e íntimo agujero negro que no deja de proyectar la luz inolvidable de alguien que ya no está allí, pero que se niega a marcharse de su vida y de sus pensamientos: su fatal hija suicida Cassandra “Cass” Cleave.

Y los seguidores del irlandés John Banville (nacido en Wexford, 1945, seguramente, el mejor escritor en actividad en su idioma y, si hay justicia, Nobel cercano) ya han visto este cielo. Cass se le apareció como un fantasma anticipado a su padre, preso del pánico escénico, en Eclipse (2000). Luego supimos de la turbulenta relación de Cass como la “Miss Némesis” del académico Axel Vander (casi anagrama de Cleave y trasunto de Paul de Man, en Imposturas, de 2002). Y ahora, diez años después de la muerte de su hija adorada, Cleave regresa a Turín, a la escena del autocrimen, para filmar su primera película. Su rol en ella, protagónico, no será otro que el de Vander, destilado a guión a partir de su biografía titulada La invención del pasado y firmada por un escritor al que sólo conocemos por sus iniciales. Y esas iniciales son JB. Y está claro que a Banville –quien ha hecho de las máscaras parte inseparable de su obra, y por ahí va su “gemelo idiota” Benjamin Black, pronto a “resucitar” a Philip Marlowe por encargo de los herederos de Raymond Chandler– le gusta divertirse y jugar consigo mismo.

Antigua luz. John Banville Alfaguara 304 páginas

Todo este cúmulo de casualidades y maniobras metaficcionales (que en la ficción de Paul Auster recuerdan cada vez más a un camión estrellándose contra el escaparate de una librería) es manejado en Antigua luz con pericia y elegancia y en ningún momento suena a obvio andamiaje sobre el que se cuelga una trama. Porque la quinceava novela de Banville no se limita y conforma con la traviesa autorreferencia –un reseñista inglés dio en el clavo al advertir que “esto no es una trilogía sino más bien un espejo de tres cuerpos”– y va mucho más allá abriendo una nueva galaxia a explorar en la que Cleave, sí, reinventa su propio pasado. Y Cleave evoca y pone por escrito –con modales y tempo que recuerdan a El mar– un traumático episodio de su adolescencia en un pueblo irlandés de la década del ’50. El tempestuoso y ardiente affaire amoroso que tuvo, a los quince años, con la también fatalista señora Gray: treinta y tres años, madre de su mejor amigo, y comparada por el narrador con la Odette de Proust como constante objeto de deseo y apropiación. Allí, entre los pliegues de un ayer irrompible hecho cuerpo de mujer y pasión sin límite, Cleave busca refugio de un presente cada vez más fragmentado (donde, mientras el rodaje parece recrear la falta de montaje lógico de su aquí y ahora, entran y salen personajes como la formidable e implacable y detectivesca researcher Billie Stryker, uno de los mejores y más intrigantes creaciones femeninas de Banville) para acabar asumiendo que nunca supo nada de todo. Que su idea de lo sucedido no era más que eso: una idea, otro papel a interpretar o malinterpretar. Porque tal vez –y de ahí que Cleave, en un momento sombrío e incandescente de Antigua luz, prefiera no darse por enterado de la obvia clave que le ofrece una mujer a la que apenas conoce– lo mejor sea continuar en la oscuridad. Ya lo advierte el narrador desde la primera página: “Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Algunos afirman que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los precios que elijo salvar del naufragio general –¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual?– a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos”.

Lanzado al abismo, sin tener claro qué sucede o qué sucedió, Cleave no se priva de soñar con volver a enamorarse y recuperar la cierta claridad de un estilo opuesto al de JB al que –sabiéndose más allá de toda queja– le reprocha con gracia autocrítica su estilo rebuscado “que podría haber sido forjado –le mot juste!– por el empleado de un tribunal de delitos menores de Bizancio, pongamos, un antiguo esclavo cuyo amo le ha concedido generosamente la libertad de utilizar su inmensa y ecléctica biblioteca, una libertad que el pobre tipo ha aprovechado con excesiva avidez”, y su alto poder de contagio a la hora de mostrarnos lo que nos rodea como nunca lo vimos, pero siempre lo intuimos. En resumen, eso que alguien definió como “la forénsica y sensorial memoria banvilleana”. Porque leemos a Banville para recordar qué era eso de leer: leer a Banville es descubrir que podemos hablar el mejor de los idiomas.

Más allá de toda irritación, al final del libro, Cleave y JB parecen haberse convertido en cómplices inseparables y parten juntos hacia el horizonte, rumbo a un “Axelvanderfest” en USA, y vaya a saber qué puede suceder allí. Consultado por mail sobre la posibilidad de una cuarta entrega de esta saga intimista, Banville responde que “no está en mis planes; aunque The Cass Quartet tiene un sonido que me atrae”.

Y, sí, no es que falte una pieza más, pero sí se trata del indisimulado deseo de que la obra continúe y el telón no caiga aún. Aquí nos quedamos a la espera, tal vez, de la versión del asunto de la propia Cass. De oír finalmente su voz de muerta inmortal. De elevar la vista al universo de la gran literatura y, por fin, contemplar de cerca su perfil de deidad celosa que, aunque ya no esté entre nosotros, seguirá iluminándonos.

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