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Domingo, 5 de enero de 2014

LA ETERNIDAD EFÍMERA

Mientras escribía sus novelas entre 1966 y 1974, Néstor Sánchez llevaba unos cuadernos de notas con apuntes sobre su propia experiencia de escritura. La novela, la ruptura literaria y la ética que debe asumir un escritor son algunas de las reflexiones que recorren aquellas páginas que ahora, más de cuarenta años después, se reúnen por primera vez en Ojo de Rapiña.

 Por Juan José Mendoza

Ojo de Rapiña. Así se iba a llamar un libro en el que Néstor Sánchez estaba trabajando en 1970. Escritos entre 1966 y 1974, se trata de apuntes acumulados en cuadernos espiralados, marginalias realizadas al momento de la escritura de sus novelas de aquellos años: Nosotros dos (1966), Siberia Blues (1967), El amhor, los orsinis y la muerte (1969). “Ojo de Rapiña”: así se refería también a una capacidad suya para detectar “perlas” literarias y poéticas en los textos menos pensados y, por un acto individual de apropiación, iluminarlas con preguntas. Con aquellas notas Sánchez realizó una serie de ensayos. Algunos aparecieron en revistas de aquellos años. Otros se mantuvieron inéditos. Los ensayos configuran algo así como la corriente subterránea de su obra y de su tiempo.

Sánchez se pronuncia contra la novela como género. La define como “el pariente pobre” del siglo, por estar condenada al ritmo de lo que ocurre. O por el tipo de comercios que siempre la novela hace con lo real. Ya en 1966 él cuestionaba el binarismo que se abría entre una “Literatura de Torres de Marfil” y una “Literatura de Plazas de Mayo”. Contra eso postula la necesidad de una reunión fundamental de la poesía con la narrativa. Y se identifica con un género menor, el de los “noteros de cuadernos”. Estar en los márgenes era, para él, emancipar a la escritura de la demanda de un resultado final: un libro, una obra, una corriente estética. Del mismo modo, para él la opción por la escritura era una “opción de vida”. Le parecía irritante que un escritor pudiera escribir un libro mientras también hacía otras cosas. Vivir dos vidas, digamos. ¿Cuál de las dos más verdadera? También le causaban gracia los pronósticos sobre “la crisis actual de la literatura”. “La crisis es un estado natural del arte”, escribía. Nuestra noción de cultura era, para él, algo pobre, una herencia incubada en la vejez europea. En su búsqueda de la ruptura cuestiona a los escritores que buscan que su obra dialogue con estilos anteriores. Los estilos de antes, dice, son “espejos para lectores-alondra”.

Pese a eso, en sus ensayos Sánchez toma a René Daumal, Jacques Vaché, Cesare Pavese y al free jazz. Y con esas referencias va armando un territorio marcado por la búsqueda de sí. De Daumal toma la relación intensa del arte con la vida. Y su desprecio por las jerarquías, siempre tan transitorias. De él también toma la aspiración por hacer volver las palabras a aquel lugar que tuvieron cuando se las necesitó de una manera esencial. Eso mismo era lo que también encontraba en el jazz: una vibración que podía devolverle su respiración al lenguaje. Para Sánchez había una eternidad efímera. Con esa eternidad dialogaba, por ejemplo, el free jazz. En eso Sánchez pareciera ser, como Macedonio, un metafísico. Quizá por ello también, al igual que Macedonio, se irá alejando paulatinamente de la escritura. De Jacques Vaché reivindicará el lado menos visible del surrealismo, aquel que ya venía desde el decadentismo de Alfred Jarry. Y con él perfeccionará el arte de concederle importancia a casi nada. Sánchez encontraba en Vaché una obra breve que, sin embargo, concentraba la potencia de una verdadera anti-literatura o, lo que él llamaba, un anti-tedio literario.

A una historia de la literatura sin nombres, como la quería Borges y a la que él también adscribía, se oponía aquella historia de la literatura de nombres, el lugar común por el que navega la doxa crítica contra la que enfatizaba que se debía combatir. La escritura era para él un proceso de conocimiento. Y cada libro era la transformación de una experiencia. Tal era así que, ya como lector, ya como escritor, nunca se entraba y se salía de un libro por las mismas puertas. Sánchez era, podría decirse, un existencialista. Pero un tipo muy particular de existencialista, que en poco podría emparentarse con aquel que suscribía a las políticas de masas de la época, con barba, pipa y pantalones desplanchados. Porque sencillamente un verdadero escritor debía ser para él alguien que entrara en desacuerdo con casi todo lo que había a su alrededor.

También para él era importante abandonar la “náusea cartesiana” de un “racionalismo sin atenuantes”. En desmedro del enciclopedismo, el escritor debía buscar una salida por la vía de una escritura que, antes que cuestionar lo otro, también fuera capaz de exponerse e interpelarse a sí misma. Pese a esa pasión anti-intelectual, toma de El oficio de poeta de Cesare Pavese la idea de que un escritor debe ser “el hombre más culto de su tiempo”. A su manera él lo fue, sensible a Ornette Coleman, y a Godard y a Allen Ginsberg; y traductor de Pavese. De Pavese también toma esa obsesión de la propia vida como interrogante. Y como perfeccionamiento. “Lección de sinceridad la de Néstor Sánchez” escribió alguna vez Roberto Raschella. Su interés por Pavese llega hasta el punto de citarlo al azar, haciendo algo semejante a lo que el free jazz hace con los patrones. Es también Sánchez un DJ de citas, podría decirse. ¿Quizá es eso lo que está oculto en la idea de “rapiña”, rapiñar un texto ajeno hasta volverlo propio? Y en Pavese encuentra aquello de “estoy enfermo de literatura”. Junto con Pavese, Sánchez se opone fervorosamente a los escritores que “fabrican ideologías” o visiones irreductibles y totalizantes de un mundo al que habitan desde algún tipo de superioridad sospechosa.

Ojo de Rapiña Monólogos sobre una experiencia de escritura. Néstor Sánchez 131 páginas La Comarca Libros

Todas esas figuras hacen pensar que Sánchez estaba buscando una guía. Y que su colocación respecto de la escritura se correspondía con la de un discípulo que encontraba, en el lenguaje, a un maestro. No se trata, como en Joyce o Beckett, de estrujar la lengua sino, antes que eso, de encontrarle un ritmo. En algún momento del siglo Sánchez encontró que la literatura y el arte se volvían prescindibles. Quizá así pueda comprenderse mejor que haya recalado luego en George Gurdjieff. De Daumal es también, acaso, de quien Sánchez tomó ese cruce entre literatura y misticismo. ¿O había tropezado Sánchez con el nombre de Gurdjieff en una página literaria de 1964, en un capítulo de Rayuela en el que, a propósito de una mujer que vive en muchos lugares al mismo tiempo, también se nombraba al místico armenio? Escribió Sánchez muchas cosas. Explorador de sí mismo, buscador incansable de una respiración en el lenguaje, en algún momento eligió el silencio.

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