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Domingo, 21 de junio de 2015

LA HEROÍNA Y LA HEROÍNA

A fines de los años ’70 un puñado de libros empezó a dar testimonio acerca de jóvenes que volvían (o no) del mundo de las drogas. Pregúntale a Alicia fue el más famoso en Argentina, pero también la historia de Christiane F., la joven pionera en dar su versión de los esplendores y miserias de la heroína en la Berlín de aquellos años. En 2013, la periodista alemana Sonja Vukovic trabajó con ella la continuación de aquel libro de memorias: Yo, Christiane F. Mi segunda vida. Pronto se reeditará Yo Christiane F. y llegará al país este segundo volumen en castellano. Aquí se cuenta la vida de una mujer que todavía hoy atraviesa, con inteligencia y resignación, una de las situaciones más complejas de la sociedad de consumo.

 Por Ana Wajszczuk

Es de madrugada. Bajo las luces fluorescentes que parpadean en el Europa Center, un centro comercial tan desangelado como la ciudad sobre la que se levanta, la escena se la devoran ellos: un puñado de chicos y chicas –trece, catorce años– hartos de vivir en esa nebulosa gris acero que es Berlín a mediados de los años ’70. Usan jeans ajustados, camperas satinadas, botas texanas. Salen del Sound, “la discoteca más moderna de Europa”, fuerzan la entrada al centro comercial cerrado, corren, se empujan, se ríen, patinan por las galerías, rompen una taquilla y se reparten las monedas, se escapan de la policía por los pasillos. La adrenalina de la escena sube con la música de fondo: David Bowie cantando –mitad en inglés, mitad en alemán– “Héroes”, tal vez su canción más épica.

Hay uno rubio, carita de ángel, pañuelo al cuello. Su novia se llama Christiane: pelo castaño, lacio y largo, ojos verdes, labios de carmín; alta, flaquísima y frágil como un potrillo recién nacido. Amanece, se besan y junto a toda la pandilla se ríen de la policía desde la terraza del Europa Center. Se sienten héroes. Pero sólo por esa vez. Pronto la mayoría serán adictos a la heroína. Estarán pinchándose o prostituyéndose en la estación del subterráneo del Zoológico de Berlín. Y algunos –a los trece, a los catorce años– se convertirán en los muertos más jóvenes a causa de la heroína en Alemania.

La escena es un momento culminante del cine alemán de los años ’80. Christiane F. - Nosotros, los niños de la estación del Zoo, dirigida por Ulrich Edel, se estrenó en 1981 y a la vez que se convertía enseguida en una película de culto sumaba cinco millones de espectadores a los cines alemanes. Estaba basada en las memorias de la todavía adolescente Christiane Felscherinow, editadas en 1978 por la revista Stern. Fue un best-seller instantáneo: vendió tantos millones como la película y se tradujo a quince idiomas. Todavía hoy es uno de los libros de no ficción más leídos en Alemania, y texto obligatorio en muchas escuelas.

Con una actriz casi niña, increíblemente parecida a Christiane, filmada en las locaciones originales donde se movía la pandilla, con escenas de pinchazos y cold turkeys que adelantaba en más de una década a Trainspotting, con la banda de sonido –y un cameo memorable– de David Bowie, la película pronto reventó las taquillas europeas y norteamericanas. “¡Un film shockeante! La imagen de una generación. A los 12 fue el polvo de ángel. A los 13, la heroína. A los 14, hacía la calle”, decía la publicidad en Estados Unidos. En la Argentina se estrenó en 1985 y se prefirió un título menos sutil, idéntico a algunas traducciones del libro: Yo, Christiane F., drogadicta y prostituta.

Entre el éxito de sus memorias y el de la película, entre el morbo y la fascinación, con menos de veinte años Christiane Felscherinow se convirtió en un mito: la adicta más famosa de Europa, la leyenda de la subcultura de la droga berlinesa, la “yonquiestrella”.

UN CASO PERDIDO

Las memorias de la Lolita heroinómana también llegaron a la Argentina: con la foto de la hermosa protagonista real en tapa, Yo, Christiane F. Hijos de la droga, que en breve reeditará Emecé, funcionaba como uno de esos libros de profecías autocumplidas (Flash, Pregúntale a Alicia, en menor medida Expreso de Medianoche) que los adolescentes de la época terminaban leyendo con mas fascinación que horror por las drogas. No sólo en la Argentina: en Alemania tampoco funcionaba el efecto aleccionador. “Los jóvenes que visitan la ciudad solían preguntar por el Muro. Ahora quieren ver la estación del Zoo”, se lamentaba en 1981 el comisionado de narcóticos de Berlín Occidental en un artículo de la revista Time, mientras Stern distribuía principalmente en colegios 60 mil ejemplares de un cuadernillo gratuito sobre prevención de la drogadicción. Natja Brunckhorst, la protagonista del film, aparecía en la portada de revistas juveniles caracterizada como Christiane. Las chicas empezaban a vestirse con camperas bomber satinadas, jeans ajustadísimos, pañuelos al cuello: Christiane –sobre todo en su versión de celuloide– era la encarnación misma del heroin chic, mucho antes de Kate Moss en los avisos de Calvin Klein a mediados de los ’90.

“Un caso perdido”, sentenciaba la solapa del libro. “Los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck han querido romper el silencio que la sociedad ha impuesto por ignorancia o comodidad sobre el tema de la drogadicción y la consecuente prostitución infantil.” Ambos periodistas de Stern, se habían topado con la testigo Christiane Vera F., de 15 años, en 1978, durante un juicio contra un pedófilo que intercambiaba favores sexuales a menores a cambio de heroína. “Ella contaba sin compasión; una chica extraordinaria, de recuerdos muy precisos. Simplemente quería advertir a otros”, diría Rieck años después. Del testimonio inicial pasaron a tres meses de entrevistas, basadas en los diarios de Christiane. Y el reportaje se convirtió en un libro. Narrado en primera persona, las memorias arrancan en 1975, entre los monoblocks del barrio de Gropiusstadt. Con un padre alcohólico y una madre indiferente, a la caprichosa, inestable y sensible Christiane lo único que le importa es conocer el Sound, la discoteca de moda. Tiene doce años.

La historia, con ocasionales intervenciones de las actas judiciales, la propia madre o los consejeros de narcóticos; más fotos de su pandilla y de Detlef –el novio con cara de ángel– en los baños públicos y las calles de Berlín, es un derrotero fascinante por un tiempo en el que las drogas duras invadieron una ciudad amurallada en el corazón de la Guerra Fría, sucia y decadente, con mucho menos glamour que el imaginario que le dedicaron Lou Reed, Nick Cave o el mismo Bowie. Los dealers recorren las calles como vendedores de helados, y los chicos como Christiane, alienados y aburridos, no tienen dónde ir: mientras los centros juveniles cierran por el abuso de drogas, el Valium y el Mandrax se comen como caramelos y en el “Paseo de las Nenas”, cerca del Sound, se reúnen las prostitutas más jóvenes y baratas de la ciudad: las adictas a la “H”. En 1977 morirán 84 yonquis sólo en Berlín. La más joven tenía catorce años.

Christiane esnifa por primera vez “H” después de un recital. David Bowie, su ídolo, “nuestra estrella más querida, el símbolo de todo lo que deseábamos” llega por fin a la ciudad. “Todos mis males desaparecieron de golpe”, dice en el libro sobre su debut. “Me sentí mejor que nunca. Eso sucedió el 18 de abril de 1976, un mes antes de que cumpliera mis catorce años. ¡Nunca olvidaré esa fecha!”. Poco después se pincha a la mañana en su casa, lleva su cuchara y su jeringa a la escuela, se prostituye en la estación del Zoo después del agujero negro de su primer cold turkey. El libro termina con una incógnita: después de incontables curas y recaídas, con ictericia y al borde de la cirrosis, la niña de la estación del Zoo es puesta a la fuerza en un avión por su madre y enviada al norte de Alemania, a casa de su abuela. ¿Se salvaría Christiane? ¿Volvería a recaer? Ahí la encontraron los periodistas de Stern. Y empezó su segunda vida.

EL MITO DEL ETERNO RETORNO

Más de treinta años después, a fines de 2013, la periodista Sonja Vukovic –que no había nacido cuando las memorias de Christiane se publicaron, ni había leído su libro en la escuela, pero “por supuesto la conocía, ella es un mito”, según explica desde Berlín– tomó la posta de Hermann y Rieck con un libro que, una vez más, se convirtió en un éxito inmediato en Alemania y se tradujo a más de diez idiomas. Yo, Christiane F. Mi segunda vida (que acaba de aparecer en España por Alpha Decay, y llegará a la Argentina en poco tiempo), recogía otra vez en primera persona el testimonio de Christiane, quien no hablaba con la prensa desde 2008, cuando le retiraron la custodia de su hijo y los flashes la esperaban día y noche en la puerta de su casa. Sus fans, que todavía hoy le envían regalos, coleccionan primeras ediciones o crean grupos de Facebook en honor a su historia estaban asombrados. Ya en la cincuentena, volvía a ser tapa de la revista Stern: con sus impresionantes ojos verdes y una cola de caballo, tal como la habían retratado a los quince.

La prensa amarilla y las cámaras nunca la habían dejado en paz, fascinados con una antiheroína trágica que tocaba fondo y que amaba y odiaba el lugar donde había sido puesta desde muy chica. “Christiane F. ha recaído en el infierno de la droga” o “La vida malograda de la joven drogadicta Christiane F.” eran titulares catástrofe que aparecían regularmente en la prensa alemana. Y cuando ella no hablaba, lo hacía su madre, sus amantes, sus vecinos. “Todos querían verme, todos querían hablar conmigo. ¿Lo conseguirá o no? ¿Ya murió? ¿Es todavía una adicta? No les interesaba nada de mí excepto saber si seguía siendo una yonqui”, le dijo a la revista Vice en las pocas entrevistas que concedió al salir Mi segunda vida.

En los años ’80, su belleza reventada quedaba bien en todos lados: en la gira de promoción de la película en Estados Unidos, en los sets de televisión, de parranda con Nina Hagen, en un jet privado con David Bowie, en el epicentro del punk alemán, en un par de películas hoy olvidadas, en Zurich a la mesa de unos editores entre Federico Fellini y Patricia Highsmith. A su mayoría de edad, cuando recibía el equivalente a 500 mil euros en derechos de autor, era la novia de Alexander Hacke, el guitarrista de Einstürzende Neubauten, y juntos formaron el dúo Sentimentale Jugend. Incluso grabó un disco solista. Pero nada podía ser igual al subidón inicial del libro y la película. Y la “H” era un modus vivendi que ya nunca abandonaría del todo. La prensa repetiría en sus encabezados el nombre de una de las canciones que compuso: “Estoy enganchadísima”.

Vukovic trabajó tres años en estas segundas memorias junto a una Christiane con fibrosis, hepatitis C y una paranoia que crece a medida que avanzan los capítulos. “Estaba tan desesperada, pero todavía era adorable. Era la yonqui más famosa del mundo, pero todavía hermosa. Hablaba como una chica insolente, y era a la vez una madre cariñosa. Es inteligente, pero nunca fue capaz de dejar el mundo de la droga”, dice Vukovic, quien junto a Christiane y su editorial crearon la Christiane F. Foundation, dedicada al cruce entre la investigación, la política y la sociedad en temas de drogadicción. “Lo tuvo todo: dinero, oportunidades, amantes, popularidad, pero seguía siendo una adicta. Hablaba y hablaba y hablaba, no tenía ni que hacerle preguntas. Parecía llena de pensamientos, de dolor, de miedo, de curiosidad”.

Por el libro desfilan adictos y novios, personajes de la noche alemana, músicos, dealers, dueños de discotecas y de estudios de grabación, raves y Valium, playas de Grecia y plazas donde se reunían los adictos en Zurich, su temporada en la cárcel, sus abortos, sus recaídas, la vida junto a su hijo. Las nuevas memorias de Christiane –a pesar de las intervenciones de Vukovic y cierta moralina que ensucian el relato– siguen teniendo la fascinación del primer libro, ahora sin el aura mágica de la juventud y con la crudeza que le dieron los años. La lucidez es la misma, a pesar de sus “sombras”, como llama a su paranoia: sabe que siempre será la niña de la estación del Zoo. “Y no puedo estar limpia. Es lo que todo el mundo esperó siempre de mí”, le dijo a la revista Der Spiegel en 2013. Sabe que va a morir pronto, a pesar de la metadona y a costa del alcoholismo, negándose al tratamiento que necesita para su hígado y en soledad como buena yonqui. “Los doctores se quejan. Pero a pesar de todo yo tengo una vida. Y no estoy limpia, como los demás tampoco lo están. Lo veo en las caras en el subterráneo cuando viajo todos los días. De alguna manera, todo el mundo está atrapado.”

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