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Domingo, 24 de julio de 2016

NO HAY REMEDIO

Médico y escritor indio, Vikram Paralkar debuta en la novela con una singular historia que compendia enfermedades imaginarias, muchas de ellas disparatadas, humorísticas o francamente aterradoras.

 Por Mercedes Halfon

La primera novela de Vikram Paralkar, escritor indio nacido hace 35 años en Bombay, abre todo un espectro de referencias: novela lúdica, catálogo de rarezas, diccionario de cuerpos extraños, cruzado con historia. Es una especie de gabinete de curiosidades en formato nouvelle cuyo tema es el dolor humano. ¿Cuales son todas las sutiles formas que este puede adquirir? ¿Tiene vinculación moral, espiritual o estética con quién lo padece? La pregunta por la enfermedad es llevada al extremo o a varios extremos, poéticos, humorísticos, algunos ciertamente utópicos. Las aflicciones está escrito con expertise porque su autor es médico hematólogo e investigador en la universidad de Pensilvania. Podemos imaginarlo entre papers, gruesos diccionarios y biblioratos de casos clínicos imaginando esta historia.

La nouvelle comienza con Máximo, un boticario enano, encontrándose por primera vez con el anciano tísico jefe de la Biblioteca Central. El hombre está en las últimas en este mundo, de modo que introduce a Máximo en los secretos de ese ámbito de cultura médica y lectura silenciosa. La voz que lleva adelante la historia es la del Bibliotecario jefe, que hace una visita guiada por los pasillos polvorientos, los anaqueles a punto de desmoronarse, hasta llegar al salón principal donde se esconde la pieza clave, la obra maestra del lugar, la Encyclopaedia medicinae: trescientos veintisiete volúmenes, cada uno con su propia estantería de teca y su mesa de lectura de la que hay solo un ejemplar en el mundo y hay que cuidar como el más valioso de los tesoros.

La novela entonces se basa en la alternancia de extrañas enfermedades que se describen en la Encyclopaedia, junto a algunas pequeñas intervenciones del viejo que engarzan la vida del boticario mínimo y la suya, en esa trama de saberes y padecimientos.

Es interesante pensar cómo Vikram Paralkar hizo de su oficio e investigación un paso para llegar a una narrativa que si bien tiene como origen la medicina avanza hacia mucho más adentro que la carne. ¿Cuales son estas enfermedades que aparecen en la novela? Una de ellas es la Inmortalitas diabólica, cuya particularidad es que nadie admite tenerla: otorga a sus víctimas la capacidad de rechazar voluntariamente cualquier dolor, achaque y deterioro físico. Se descubre que esos padecimientos son derivados a terceros, que enferman rápidamente por razones desconocidas. Sin embargo, los que padecen este mal no viven eternamente. “La enfermedad y el sufrimiento son inherentes al alma humana, de modo que una persona con Inmortalitas diabólica debe renunciar a fragmentos de su alma cada vez que expulsa el mal. Así tarde o temprano el alma se reduce a polvo, y queda solo un cuerpo perfectamente mantenido, falto de fuerza vita que lo sostenga”. He aquí una clave de lectura del libro.

Otras son la Tristitia Contagiosa, melancolía que empuja a los que se exponen a ella a terminar en bares o en el fondo de un río; la Aphasia Floriquens, una exuberancia verbal imparable que es una de las noventa y dos categorías de desequilibrios lingüísticos conocidos por el hombre; la Insania Comunalis, un mal colectivo por el cual un pueblo entero pierde la conexión entre causa y efecto de las cosas; o la Osteitis Deformans Preciosa que provoca que los huesos del enfermo comiencen a curvarse hacia atrás indoloramente, enroscándose hasta que queda reducido a una cabeza y un torso enrollado por sus extremidades: la muerte es inevitable, pero meses después sus deudos o desenterradores ocasionales descubren que los huesos siguieron apretujándose hasta llegar a algo de una belleza feroz, un diamante del tamaño de un ojo.

Todo el libro tiene un aire profundamente borgeano. Sucede en una biblioteca mítica, en tiempos inmemoriales pero no del todo fechados, el saber es un cúmulo polvoriento siempre sorprendente, siempre misterioso, su manejo está plagado de secretos y mentiras. Otros autores y otros libros aparecen en esa estela y con ellos sutilmente resuena esta novela: Las ciudades invisibles de Italo Calvino o Vidas imaginarias de Marcel Schwob. La “inmortalitis diabólica” es también una variable de La piel de zapa de Balzac.

Las aflicciones también dialoga con Oliver Sacks, si bien en el caso del británico los raros casos que cuenta son todos reales. El libro de Paralkar en cambio, es abiertamente imaginario, las enfermedades que propone son parecidas a pesadillas recurrentes o distopías particularísimas pero no del todo descabelladas. Es también un libro sobre la hipocondría, o sobre las fantasías de un investigador, el momento en que todos sus saberes danzan y toman formas desconocidas.

Y todo ocurre en una biblioteca. Una vez más nos enfrentamos al efecto metonímico de leer un libro que habla sobre el lugar adonde están todos los de su especie. La originalidad de Las aflicciones radica en el modo en que esta imagen se actualiza. A lo largo de las páginas, el anciano jefe bibliotecario tísico pasa la posta de la conservación al enano boticario silente que seguirá con la tarea. Por supuesto que en ese pasar desgrana comentarios sobre el devenir de ese valiosísimo lugar. La idea que avanza no es la del fin de la biblioteca, su extinción, como si sucedió en muchísimas ficciones –como la icónica El nombre de la rosa, o incluso Farenheit– una fantasía que acompañó la literatura y el imaginario sobre el conocimiento. El peligro, el fin, no será que los libros se conviertan en ceniza, sino que sean tantos, su proliferación se convierta en algo tan apabullante, que nadie pueda leerlos ya. Ni ordenarlos, ni pensarlos, ni ubicarlos en el dialogo eterno de una biblioteca. Con todo lo bueno y todo lo malo, el fin no es el vacío, sino el caos definitivo.

Las aflicciones
Vikram Paralkar
La Bestia equilátera
150 páginas

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