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Sábado, 5 de agosto de 2006

NOTA DE TAPA

Los chicos toman el museo

El Malba presenta hasta el 28 la muestra “El paisaje de la niñez”, un universo para ellos con juguetes, objetos y hasta joyas.

 Por Luján Cambariere

“La vida, cuando es bella y dichosa, es exactamente un juego”, afirmaba Herman Hesse en El juego de abalorios. Imprescindible, sanador, reconfortante, pero tan retaceado en estos días. Los que lo tuvieron lo añoran. Los que no, lo desean. Quienes lo estudian advierten sobre la grave situación de estas nuevas generaciones que por falta de todo o por excesos, no lo practican y mucho menos lo disfrutan.

El Malba se ha vuelto una buena excusa en esta época del año de maratón de actividades en clave niñez para perdernos en su maravilloso mundo. No cual simple vidriera para el consumo, sino en búsqueda de su esencia. En esta tercera edición del ciclo de diseño dedicado a los chicos, cambian los curadores, los diseñadores y artistas invitados, aunque el eje sea el mismo: rescatar lo más propio de la niñez. Así nos hacen topar con seres –diseñadores, inventores, artistas– que no piden permiso para abrir la puerta para ir a jugar y nos regalan, a los más duritos, la llave para retornar a lo esencial.

Arbutti...

Carpintero, diseñador, artista, Gonzalo Arbutti es el curador de esta nueva edición de Malba Niños. Muchos factores deben haber influido en su elección. El más obvio: allá por el ’99 crea Cubo, su taller a la calle, que devino en local de juguetes gracias a su especial saga de objetos –el pulpo, el átomo y el trompo, entre otros, en goma y madera–. Y su muestra en la Casa de Oficios de Papelera Palermo o sus mapas de imprecisión con las que sumó nuevos adeptos. Aunque hay otros más sutiles. Un bisabuelo anarquista, taoísta y tornero naval que lo adentró en el oficio de trabajar con las manos. Un papá que a través del amor por la naturaleza y los deportes (pesca y pelota paleta) le regaló otras miradas.

Y obviamente su propia sensibilidad, que le hizo ir encontrando nuevos aliados en el camino. “Esto es algo que me pertenece desde siempre. Si bien estudié diseño en comunicación visual en La Plata, fui oyente en industrial y Bellas Artes, siempre me interesó entrar en eso de cómo hacer un juguete o jugar, porque me parece que el diseño se resuelve bien por ese lado, más que ponerse solemne. En el juguete hay algo más noble, más espontáneo y sin dudas te divertís más”, cuenta Arbutti.

Así, hoy junto a Marcelo Federico, otro diseñador, artista, discípulo de Víctor Magariños, forman Laboratori. Más que una marca de juguetes, un movimiento, desde el que impulsan su filosofía de trabajo, diseñan objetos y dictan un original taller de carpintería para chicos. “Con Marcelo tomé contacto en el ’95 cuando fui seleccionado a los premios Braque de la Fundación Banco Patricios por un cohete. Yo conocía su taller de Adrogué, que es un sueño. Así, por cosas en común, empezamos a diseñar juntos como un ejercicio.” ¿Su manifiesto? “Nosotros pensamos con las manos. Si lo hacemos todo intelectual vamos muertos. Para resignificar tenemos toneladas de pensamientos pero los resolvemos jugando. Lo importante es tener una mirada sensible. Nosotros vamos a la belleza porque la belleza cura”, detalla Federico. “Además, buscamos ser simpáticos con el universo, por eso optamos por materiales nobles.”

Ejemplos sobran: Federico creó Familia Tipo, cuatro adorables personajes en madera con los brazos extendidos que celebran o invitan al abrazo y distintos animalitos –el perro Chucho, un caballo, un elefante y una rana, entre otros–. “El eje central de estos juguetes es el ensamble entre los distintos elementos y la forma en que se relacionan creando una unidad. Laboratori intenta acompañar la mutación natural de los objetos, hasta llegar a la mayor y mejor síntesis, representando así una ética y estética del trabajo. El ensamble es equivalente a un satori, un momento de iluminación para nosotros”, señala Arbutti.

... y Cía.

Así, para la muestra, Arbutti eligió a quienes tenían afinidad con él. La primera en la que pensó fue en Rita Hampton. “Ilustradora, joyera, Rita es una mina genio con un universo infantil maravilloso. Para la muestra hizo bijouterie para niñas”, detalla. A partir del recuerdo de la joyería de su infancia, Hampton retoma la idea de unos aros colgantes con forma de pájaros y desarrolla Bosque, un kit de joyería para nenas compuesto de árboles, animales, frutas y flores, que incluye un par de aros y de hebillas, un anillo, un collar y una pulsera. Producido en plástico, madera y tela, la base del juego, junto con el collar, se transforma en una cartera.

Le siguió Verónica Longoni, artista plástica, con formación en dibujo, pintura y grabado que en el 2001 creó junto a Nicolás Piñol la marca Sopa de Príncipe (fábrica de muñecos de trapo). En la muestra presenta su Armamostro, un juego didáctico que invita a construir diferentes personajes, uniendo piezas de tela rellenas a través de presillas elásticas, botones y abrojos. La simplicidad de cada uno de los elementos hace que puedan resignificarse y cambiar de rol, multiplicando así las posibilidades de creación. El juguete viene en una caja de cartón impresa, que contiene un pequeño catálogo donde ningún muñeco se ve por completo, ya que la intención es que todos los personajes sean patrimonio exclusivo de la invención de los jugadores.

Otra artista plástica, Marina Bandin, presenta la serie Maminas. Muñecos de tela fabricados artesanalmente con géneros antiguos y repasadores de cocina bordados a mano, pensados tanto como objeto de arte y decoración, como para jugar.

De Brasil, pero amante de la Argentina, como declarara hace unos meses en este suplemento, llegaron los juguetes a cuerda diseñados en metal y plástico de Chico Bicalho. También artista, con estudios de escultura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y de fotografía en la Universidad de Nueva York, desde 1997 forma parte del grupo Kikkerland Design, a través del cual crea y comercializa sus juguetes en las principales tiendas de diseño de Europa y Estados Unidos. Mientras que de Estados Unidos llegó Kit + Lili de Meg Hoberman, Teresa Ok y Pablo Ferraro, remeras de algodón con estampados en serigrafías.

Del lado de diseño industrial, Alejandro Sarmiento, que nos tiene acostumbrados a sus sorprendentes resignificaciones y quien diera el presente en la primera edición con un rodador que cosechó reconocimiento internacional (fue invitado a participar en un concurso de diseño popular en Venecia y ganó el premio al juguete de arte que fue tapa del libro presentado en la Triennale de Milano), para esta edición presentó Chicharrón, un instrumento musical armado a partir del reciclado de dos tapas de jugo y una banda de goma (cámara de bicicleta). Devolviéndonos a varios adultos de un modo especial a su infancia, ya que el nombre de este objeto remite a la chicharra, una pieza de chapa que se repartía en los cumpleaños para hacer ruido. Y el Circus Stool, su multipremiado banco de cartón, estructura laminar que soporta hasta 120 kilos.

Por último, el sello Pequeño Editor, de Diego Bianchi y Cristian Turdera, presenta una selección de libros-objeto de dos de sus colecciones, Fuelle e Incluso los Grandes, además de algunos juguetes que han servido para la realización de dos libros de la editorial.

Pensar con las manos

Para Arbutti, la eficacia de los juguetes nunca se encuentra a cargo de los adultos, sean ellos fabricantes o compradores, sino de los mismos niños durante el juego. “Una vez descartado, despanzurrado, reparado y readoptado, el autito amarillo llega a ser el más querido. O más: regalamos un osito y el niño juega con la caja de embalaje como estacionamiento. Superemos el error de considerar la carga imaginativa de los juguetes como determinante en el juego de los niños. En realidad, sucede más bien al revés. El niño quiere arrastrar algo y se convierte en caballo. Quiere jugar con la arena y se hace panadero. Quiere esconderse y es un ladrón”, sostiene desde el prólogo de la muestra.

“Estos artistas-diseñadores-inventores le oponen a la imitación del mundo adulto una sensibilidad primaria, alegre y vital. Un trocito de madera, una piña, una piedra llevan en sí un sinnúmero de figuras. A la homogeneidad industrial del plástico le oponen la combinación heterogénea de material y construcción”, continúa Arbutti.

“Ojalá todos pudiéramos jugar más, simplemente por el hecho de hacerlo –señala Federico–. El juego es sanador.” “Y además es el lugar que te permite hablar más desde lo primitivo. Por eso nosotros insistimos en esto de pensar con las manos. Hay una frase del pedagogo Berson que es contundente: ‘Instruyamos a los chicos a trabajar con las manos, que la inteligencia pasará de las manos a la cabeza’”, remata Arbutti.

* Hasta el 28 de agosto en TiendaMalba, Figueroa Alcorta 3415, www.malba.org.ar

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Un colorido objeto de Hampton.
 
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