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Sábado, 3 de febrero de 2007

MEXICO > LA VASCONCELOS

En la biblioteca

La Vasconcelos es la mayor obra cultural del gobierno Fox, un proyecto discutido y discutible. Imponente, la obra de Kalach costó 100 millones de dólares y es un verdadero argumento para debatir cultura y arquitectura.

 Por Javier Barreiro Cavestany*

¿Para qué construir una megabiblioteca en el siglo XXI? Si el objetivo es motivar a la gente a que lea, una biblioteca tal vez sea el objeto equivocado; al menos si está concebida como contenedor de libros que un hipotético usuario irá a consultar. Esta toma de partido induce a una reflexión sobre la Biblioteca Vasconcelos, cuya estrategia formal y funcional permite indagar no sólo en el sentido del edificio, sino en su capacidad de generar una experiencia que responda al objetivo trazado: poner un acervo bibliográfico al alcance de todos.

Si la discusión sobre el concurso ganado por Alberto Kalach en su momento hizo correr ríos de tinta, lo relevante es que el edificio existe, y es a partir de ese hecho que tiene sentido analizar y discutir la validez de su realidad formal, contextual y operativa. En los últimos meses, en la prensa mexicana han aparecido varios artículos apuntando aciertos y desatinos ligados a los referentes conceptuales del proyecto (el arca y el jardín) a los que cabe añadir sus complementos arquetípicos (el arca de Noé y el jardín del Edén).

No sería ocioso ahondar en sus implicaciones político-culturales (¿el saber se acumula?), ideológicas (¿la cultura es lo que debemos salvar de la inevitable hecatombe, producto de la maldad humana?) o morales (¿dios perdonará a los elegidos, premiándolos con la entrada al jardín del Edén?). También habría que cuestionar la concepción epistemológica que rige el proyecto (¿el saber llueve del cielo?) y su reflejo en términos formales (¿los racimos colgantes de anaqueles sugieren que el saber va a aplastarnos cual castigo divino por nuestra ignorancia?).

Concebir, en pleno siglo XXI, el acceso a la cultura desde una perspectiva bíblica basada en el pecado, el castigo y la redención es, además de censurable, incompatible con el carácter del encargo: una obra pública para una sociedad moderna, laica y democrática. Al mismo tiempo, la aspiración a que la biblioteca sirva para articular el espacio urbano está en abierta contradicción con el explícito ocultamiento del edificio en el gran jardín, alienándose del contexto que lo rodea: la colonia Guerrero, uno de los barrios más duros de la ciudad.

LA OBRA COMO SINAPSIS

Kalach es un arquitecto con un notable sentido de la composición. Su lenguaje posee acentos, tanto matéricos como del trazo, asentados en una poderosa tectonicidad de gran lirismo y emocionalidad. Por eso no deja de sorprender el volumen exterior de la obra –monolito sin concesiones ni seducciones– que remite al brutalismo de arquitectos mexicanos como Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky o Agustín Hernández. Se trata de un prisma cuya deliberada tosquedad es una provocación: contenedor puro y duro que renuncia a toda sutileza, y donde la monótona escansión de parteluces va pautando un monumentalismo radical, absoluto.

Muy otro es el impacto del interior: una nave de 250 metros de largo por treinta de alto que alberga escalonadas secuencias de jaulas con anaqueles. Los corredores laterales enmarcan esta aglomeración de cubos, enfatizando el reticulado de sinapsis indistinguibles de las neuronas que conectan (como se sabe, más que una estructura, el cerebro es un circuito de relaciones), cuya densa silueta se diluye a medida que nos acercamos.

Si en términos técnicos, el protagonismo lo tiene la sección, la innegable belleza del interior radica en su condición de antiobjeto, capaz de sugerir un esquematismo basado en las relaciones de escala que generan una especie de alucinación futurista. Este rasgo remite al (en proporción) minúsculo esqueleto de ballena del artista Gabriel Orozco, el cual busca dialogar con el gran esqueleto del edificio, concebido éste como retícula poliédrica y obsesiva que alude a un centro invisible desde donde se articularía una totalidad unívoca –noción ésta tan jerárquica como anticontemporánea–.

EL USUARIO CABLEADO

Por su parte, en un país con un 12 por ciento de analfabetos (cifra oficial más que sospechosa), las instituciones perseveran en su autismo ilusorio, según el cual repartir libros aseguraría la alfabetización, como por ósmosis tipográfica. Algo refrendado por los partidos políticos en la última campaña electoral: todos, sin excepción, enfatizaron la retórica intención de asignar más recursos a la educación, pero sin cuestionar el modelo, eludiendo así lo fundamental: si la educación debe servir para formar buenos ciudadanos o descubrir el cosmos, para alegrar el alma o encontrar trabajo. En este sentido, la Biblioteca Vasconcelos podría ser materia de un estudio sobre comunicación social y arquitectura, síntoma de una mutación antropológica de la que no parecen haberse percatado los promotores de esta nueva pirámide –la cual no podía no estar en este valle capitalino, no fuera a ser que, con el mismo presupuesto, se construyeran diez bibliotecas en provincias o se potenciara el funcionamiento de las ya existentes–.

Habiendo visitado el edificio repetidas veces, lo que más me llamó la atención fue la multitud de chicos que acuden porque la conexión a Internet es gratuita. Van, literalmente, a conectarse. Una función no disímil de la que desempeña el libro (o el viaje): conectarnos con otras realidades, aunque, en este caso, el código y el mecanismo relacional sean de otra naturaleza. Contra el lugar común, su conexión no es pasiva: entran en todo tipo de sitios, hacen fotos y microvideos, envían mensajes, eligen qué música escuchar, consumen y manipulan imágenes, sonidos, textos... y leen. Sí, leen, aun sin quererlo. Junto con la inevitable dosis de alienación que comporta la avalancha de datos que fluye a través de dichos medios, tratan de entender el mundo. ¿Cómo? Pues como siempre: seleccionando y decodificando la información que los abruma.

Huelga decir que en el arca del saber casi nadie pide un libro, para desánimo de las decenas de bibliotecarios que vagan como almas en pena por pasillos y escaleras, acercándose con actitud tan solícita como sospechosa, dado lo simple que es encontrar los pocos libros que ofrecen (parece que los promotores olvidaron que una biblioteca, además de construirla, hay que llenarla de libros y –cosa aún más costosa–- mantenerla actualizada). Por mi parte, si hoy tuviese veinte años, no se me ocurriría entrar en una biblioteca y pedir un libro. Creo que no me ayudaría a entender el mundo que me ha tocado.

En breve: para usuarios del siglo XXI se propuso un programa del siglo XIX, creyendo que al ponerle computadoras sería contemporáneo. La propuesta de Kalach parece una mediación. En el futuro veremos su capacidad de adaptarse a una vivencia espacial entendida ya no como suma de funciones sino como performance, entendido el término como género expresivo y como “desempeño”.

MODESTA PROPUESTA

En el surco del célebre panfleto de Swift, si se llegara a permitir que las sigilosas tropas del nuevo ejército de ocupación “en línea” se apoderen de las instalaciones, esta biblioteca podría convertirse en un foco cultural genuino, centro de aprendizaje y promoción de nuevos lenguajes y aventuras del conocimiento.

Esto presupondría una serie de intervenciones: desde instalar paneles corredizos para conferir un dinamismo modular al espacio, hasta una programación dinámica y fuerte en el auditorio; que los anaqueles puedan convertirse en cabinas para ver películas, escuchar música o acceder a materiales didácticos y creativos que conecten el libro con el audiovisual, el graffiti con la pantalla interactiva, acabando de una vez con la falsa antinomia entre cultura visual y cultura letrada. Dichas iniciativas deberían estar guiadas por un equipo inteligente que sepa escuchar y entienda que para impulsar actividades efectivas, primero hay averiguar qué necesitan los usuarios, sin presumir saberlo de antemano.

El temor es que los gestores de esta biblioteca no estén dispuestos a ceder su escaparate institucional a esta nueva humanidad ávida de entender el mundo. Y sería una oportunidad perdida, porque en vez de un centro de cultura viva tendríamos otro mausoleo.

* Nacido en Montevideo en 1959, es autor de poesías, relatos, textos teatrales, ensayos, videos y reportajes. Es jefe de redacción de la revista de arquitectura y diseño Arquine, editada en México.

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