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Sábado, 16 de enero de 2010

La casa del holandés

Un petit hotel muy maltratado en pleno centro, un nuevo dueño enamorado del país, un proyecto cultural y un reciclado inteligente de una pieza patrimonial de primera agua.

 Por Sergio Kiernan

Hay gente que tiene almas románticas, que surge de los lugares más inesperados. Por ejemplo, el abogado holandés Bob Vind, que acaba de restaurar un precioso petit hotel en pleno centro porteño, tiene varios proyectos culturales para la casa y está simplemente encantado de tener una base en la Argentina. En el fondo de la historia hay una cordobesa, una familia nueva y un segundo enamoramiento con esta tierra desordenada. Ya que estaba, el holandés dio una pequeña lección de tratamiento de edificios históricos y demostró a las almas más reacias qué se puede hacer con un DKF y una butaca Le Corbusier a la sombra paciente de las yeserías más francesas.

El petit hotel de Paraná 920-924 es una de esas residencias paquetas y pacatas que solían ser la cara de Buenos Aires. Esta no fue demolida como tantas otras, pero fue saboteada por sus propios dueños, que en algún momento parecieron cansarse de su estilo y lo fueron “modernizando” caóticamente. Cuentan los vecinos que el dueño era un kinesiólogo especializado en deportes que montó un verdadero gimnasio para tratar a la Selección, a comienzos de los ‘70, arrasando con la planta baja y construyendo una losa para ganarse un ambientito vedando el patio.

Mariana Yablón y Marcelo López, socios del estudio Arquitectonika y gente sensible a las necesidades de los edificios viejos, se encontraron con mucho trabajo. Vastas extensiones de pisos de madera y de teselas pompeyanas habían sido cubiertas con alfombras, de las que se pegan sobre un aglomerado pegado a su vez al piso. Caños y cables eran anticuados, había que recalzar dos columnas estructurales comidas por el óxido y algún genio de la decoración se había ocupado de tapar tragaluces y banderolas, oscureciendo el lugar. La aventura hasta fue afectada por la crisis internacional, que secó el crédito holandés que financiaba la obra.

Quien pase por la casa hoy en día podrá no sospechar estas peripecias. La casa reluce repintada –no hubo caso de sacarle las pinturas anteriores– con sus molduras en orden y coronada por una máscara muy bella, inserta en su cabellera allá arriba en la mansarda. La casa tiene muy buenos hierros franceses, un gran balcón y en las alturas un óculo oval y acostado. Una preciosidad.

Pero vista con atención se empiezan a notar cosas más raras. Por ejemplo, que a la casa le falta la canónica puerta de entrada típica de una residencia de cuatro pisos, de esas gigantescas que abren a un hall altísimo y muy ornamentado que lleve directamente al primer piso, dejando la planta baja para los servicios. Lo que se ve aquí son dos puertas muy bonitas, de madera fina, pero pequeñas, separadas por un ventanal con un rotundo enrejado ornamental.

Recorriendo la casa uno termina entendiendo que estaba originalmente dividida en dos bloques, pero no se sabe si eran dos residencias, una con un amplio sector de servicio o una con un estudio o consultorio. En tiempos del kinesiólogo, la planta baja era el gimnasio y sólo quedó un ambiente más o menos original, con una bella escalera de mármol y un par de inesperadas banderolas con vidrios art déco, producto de alguna reforma de antaño. Hoy, con el patio despejado y recuperado, el lugar se prepara para ser una oficina y recepción del edificio.

La casa, entonces, se despliega a partir de su puerta derecha y hacia arriba. El que abra esa puerta se encontrará con un hall modesto y coqueto y una escalera que va nomás directo al primer piso. Sólo que allí hay apenas un descanso, una puerta que comunica a la “otra” casa y más escaleras. Hay que seguir hasta el delicioso segundo piso, el principal y social de esta casa. Se surge a un descanso con una arcada enmarcada en robles tallados que comunica con un hall espectacularmente luminoso. Alzar la vista es descubrir que se está en un espacio de doble altura coronado por un gran vitral –florido, neoclásico, en rosas y caramelos– con el piso superior balconeando. Es un lugar delicioso, rectangular, perfectamente proporcionado, donde la escala se achica al subir –el hall es mayor que el vano del balcón, que es mayor que el vitral– y por eso asciende visualmente.

Este piso para recibir es dominado por un gran living a la calle, al que se accede por una puerta cuádruple avitralada y que brilla por la catarata de luz que entra por el balcón. Es que la sala tiene una gran puerta de vidrios y, por si no alcanzaba, dos curiosas troneras verticales, finitas y largas, con vitrales haciendo juego con los de las banderolas y el del hall. El ambiente fue planteado con toda nobleza y mantiene intactos sus dados, sus yeserías francesas, de las de antorchas y coronas de gloria, y sus marqueterías. Todos los pisos son de madera y el del living es un parquet ornamental de primera agua.

Más atrás está el comedor, hoy transformado en lo que debe ser una de las cocinas más lindas de la ciudad. Es un ambiente grande, con un cielorraso distinguido con rosetón y ornamento de ménsulas con hoja de acanto, amueblado con una gran mesa blanca y minimalista, más mesadas y armaretes secos y discretos. Lo que debe haber sido la cocina es hoy un dormitorio, y el piso tiene un precioso baño iluminado por un pequeño vitral ovalado, montado en un buen marco de roble lustrado. Todo en esta casa es ahora blanco y claro, con las maderas pulidas al natural. Por una vez en la vida hay un exacto casamiento de ambientes tradicionales con muebles rigurosamente modernos, de los de acero, sin una sola antigüedad a la vista.

El piso siguiente es una fiesta de luz. La escalera sigue subiendo, todavía con su llamativa herrería, francesa pero despojada, seca y modernista, como si fuera una pieza nueva homenajeando una original. Arriba hay más luz: un cielorraso de cemento con ladrillos redondos de vidrio, seguramente agregado en tiempos art déco, y un espectacular ventanal ovalado con otro vitral, tan enorme que se lleva un buen tercio del muro de doble altura. Entre estos vidrios y los ventanales de los tres ambientes que dan a la calle, este piso resulta una caja de luces, una alegría completa.

Quien siga por la escalera de mármoles blancos veteados de gris, protagonista de la casa, llegará a la mansarda. Una puerta original deja entrar a lo que fueron piezas de servicio y hoy es un impactante ambiente semividriado, blanquísimo, con su ventana oval acostada y enrejada, un loft para reuniones y conferencias. Si se avanza hacia atrás se sale a la terraza, que mantiene su baranda original y disfruta de un deck y una parrila. Y de una vista notable, con un palacete recientemente restaurado para una empresa que coronó su obra nueva con un jardín de herbáceas.

Vind tiene varios usos para su ahora muy bella casa. Básicamente es un hotel urbano de primera agua, que permite tener dormitorio y baños propios, compartiendo cocina y living, con lo que uno realmente vive en la ciudad. Pero la Casa Paraná, como firma, busca ser una casa del escritor y un ámbito de exposiciones y eventos culturales que mezcle holandeses y argentinos. El interés es muy grande, porque Holanda no sólo tendrá pronto una reina argentina sino que sus ciudadanos son la comunidad europea de inmigrantes que más crece en la Argentina: cada año se asientan por aquí más de 2 mil.

La casa que diseñó el arquitecto Plou allá por la Primera Guerra Mundial tuvo suerte de encontrar este destino y estos cuidados. Será un lugar muy visitado y es ya un aporte al patrimonio de nuestra ciudad.

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