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Sábado, 26 de abril de 2003

Un clásico

Es una de las esquinas más conocidas de la unión entre Barrio Norte y Recoleta. El edificio de las columnas está siendo restaurado para volver a su estado original y volver a exhibir la elegancia de sus fachadas.

Por Sergio Kiernan

lJusto donde Las Heras se estrecha, en la vereda de abajo de Callao, se levanta desde 1911 uno de los edificios más bonitos de esa unión entre Barrio Norte y Recoleta. Hay dos cosas que lo ponen como referencia en su barrio, la farmacia en su local principal, sobre la ochava, y las altas columnas que marcan y ordenan sus fachadas sobre ambas avenidas. Después de muchos años de intemperie y quietud –el consorcio es diminuto– el predio entró en la primera etapa de una restauración que promete ser minuciosa y prolija.
El edificio, casi enteramente ocupado por oficinas que cuidan su intimidad casi hasta la histeria, nació como gran residencia. Son cinco unidades de 500 metros cuadrados, con un sexto nivel donde antiguamente se alojaban choferes. El edificio se organiza alrededor de un patio central, tiene interiores sorprendentemente sencillos y muy amplios, y tiene patologías de falta de mantenimiento pero, por fortuna, con muy pocas intervenciones desafortunadas.
La empresa Layador ya tiene bastante avanzado el trabajo sobre las fachadas, que abrazan la esquina sudeste del cruce, tienen una gracia notable y sectores bien diferenciados. La planta baja es comercial y está muy desvirtuada por reformas y aleros diversos. El primer piso exhibe balcones franceses, con sus herrerías originales intactas. El segundo y el tercero hacen de piano nobile, enmarcado y definido entre la rustificación del primero y la importante cornisa decorativa que remata el tercero. El cuarto piso es discreto, con amplias puertas ventana en balcón francés, pero con balaustrada. En remate, el quinto piso es la mansarda, una de las más bonitas de la ciudad, que muestra sus dormers, una sugestión de cúpula que no llega a completarse, varias chimeneas y dos fuertes volúmenes en el centro exacto de cada lado de la fachada. Esos volúmenes contienen un sexto nivel que fue sector de servicio y hoy es amplia baulera. En cada esquina, se alzan pináculos de fantasía, con forma de chupetín.
Pero lo que obviamente hace el edificio memorable es que en el paño central de cada fachada, tomando enteros el segundo y tercer piso, se alzan elegantes columnas corintias, cinco sobre Las Heras y tres sobre Callao. En los vanos de la columnata, retirados, asoman ventanas en el tercer piso y balconcitos en el segundo. Todo el conjunto respira aplomo y elegancia, una mano segura en el diseño y familiaridad con el lenguaje neoclásico.
El edificio todavía muestra su edad en sus humedades, algunas corrosiones en sus metales, molduras mordidas por el tiempo hasta perder su foco. Layador ya hizo el lavado preliminar, que retiró infinitos kilos de hollín y exhibió las patologías de las molduras y los huecos de aire acondicionado mal tapados. Lo que se está realizando es el trabajo de reconstrucción de las molduras y de los detalles, con los muchos arquitos en los coronamientos ya terminados y con avances en la gran moldura principal entre el tercero y el cuarto. El trabajo irá descendiendo y tendrá que atender problemas como el mal estado de los llamativos medallones con cabezas de león que decoran el volumen donde apoyan las masivas columnas.
El secretivo consorcio del edificio decidió restaurarlo con respeto al diseño original. Es una buena decisión, no sólo porque no estropea un jalón urbano sino porque el edificio en sí es un buen ejemplo en su estilo. El hall de entrada, por ejemplo, está casi intacto, con dos importantes lámparas, cuatro pares de pilastras pareadas, múltiples molduras y hasta las placas de bronce de sus puertas en su lugar. El volumen de las escaleras y el ascensor es encantador. Contiene una escalera particularmente ancha, descansos amplísimos, una elegante baranda de hierro de gran porte y, en cada piso, unos notables, enormes ventanales ovalados de buena madera. Estos elementos no ilustran estas páginas porestricta prohibición de un representante del consorcio, al que no le gustan las cámaras y se puso desagradablemente autoritario.
Las siguientes etapas de restauración tomarán el patio interno del edificio, que muestra su edad en sus muros y sobre todo en sus carpinterías. Luego será el turno de la estupenda mansarda de pizarra y zinguería. Y mientras dura la obra, vale la pena asomarse a esta esquina a ver renacer una obra realmente clásica.

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La fachada mayor, sobre Las Heras.
 
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