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Sábado, 29 de diciembre de 2012

Amortiguadores, ruedas y pérdidas

Al fin se votó la zona que protegerá San Telmo de más torres, mientras se discute quemar el Subte A. Alegrías en La Habana y terrores en Timbuctú.

 Por Sergio Kiernan

La batalla por las tierras federales en la Ciudad concluyó en la desproporción de cismar bloques, grupos y personas para construir apenas 4500 viviendas. El nivel de violencia verbal y conceptual pasó largamente el insulto personal, pero ni eso alcanzó para que el tema cerrara: quedó afuera el shopping de Caballito –aunque no el de Palermo– como quedaron afuera el emprendimiento de Santa María del Plata y el de la isla De Marchi cuando quedó en claro que cambiarlos como figuritas significaba cambiar un proyecto estatal de mediano porte por un negoción privado.

Este Waterloo de todos los bandos terminó tapando una noticia muy importante: que se terminará de votar la zona de amortiguación del Area de Protección Histórica 1, San Telmo y Avenida de Mayo. Esta protección “débil” prácticamente duplica el APH, que es mucho más pequeño de lo que uno cree. De hecho, la calle Bartolomé Mitre, la vereda de abajo de Paseo Colón, un par de cuadritas pasando Martín García y la calle Chacabuco ya marcan la zona liberada. La nueva zona de calma no está protegida como tal sino que marca una transición de entorno para que las escasas manzanas realmente bajo custodia no sean enanizadas.

El nuevo polígono tiene un lado “superior”, hacia el oeste, que a primera vista parece curiosísimo porque se detiene adentro de las manzanas que balconean a la 9 de Julio. Este serrucho tiene una explicación comercial, de treinta denarios, ya que la línea marca el fondo de cada parcela frente a la avenida y las protege de todo límite a la piqueta. De hecho, entre Belgrano y México, la línea de demolición baja hasta Piedras, de modo de dejar afuera cuatro manzanas completas que seguramente ya están contempladas por algún especulador.

Aun así, el amortiguador incluye la catalogación de 300 edificios y puede evitar o complicar futuros bodrios como el Quartier San Telmo, que destruyó toda proporción en la esquina grande de Garay y Piedras. Esto no pasó desapercibido y se hicieron escuchar las voces de siempre. Por ejemplo, el director general del Casco Histórico, Luis Grossman, rezongó como siempre –en Clarín– contra la protección y alertó contra el supuesto “peligro” de crear una zona paralizada. Que Grossman esté a cargo del Casco Histórico es pintoresco, porque como arquitecto y como columnista de La Nación siempre mostró su fe en el hormigón como elemento modernizador, de progreso.

Más o menos hicieron lo mismo algunos inmobiliarios, aunque no todos porque en ese gremio saben que los precios de las propiedades son un indicio veraz de “paralización” o vitalidad. Algunos, especializados en torres, tronaron protestando, mientras que otros, especializados en vender edificios ya existentes, no se inmutaron.

TRENES, SUBTES, RUEDAS

Como describe en detalle en su columna de esta edición Facundo de Almeida, el gobierno porteño considera que los vagones del Subte A merecen la hoguera. Es llamativo este odio a lo viejo que tienen los macristas, que lleva a un jefe de Gabinete a proponer un asado con los vagones, pobrecitos, que son de lo más seguro y bonito que hay. Ni siquiera se les ocurrió restaurar algunos para tener trenes turísticos los fines de semana...

El comentario vino para defender la tontera de cerrar por un mes o más la línea para adaptarla a los nuevos vagones, chinos ellos. Como publicó este jueves Página/12, la idea es rechazada tanto por expertos externos como internos y sindicalistas con el simple argumento de que no hace falta. Esto es muy creíble, porque la improvisación constante de este gobierno porteño lo deja todo el tiempo inventando cosas innecesarias.

Por ejemplo, el metrobús de la avenida 9 de Julio, que no solucionará problema alguno y sí nos costará arboledas enteras. El arquitecto Rodolfo Livingston demolió la idea con elegancia esta semana en este diario, señalando que en Buenos Aires no se cumple la condición básica que justifica este tipo de obras, la de que el transporte público reemplace a los autos. Aquí fabrican cada vez más autos y el gobierno porteño no pone realmente límites a su uso. Las peatonales del Centro no son una barrera real y las bicisendas siguen vacías, mientras a nadie se le ocurre, por ejemplo, cobrar por usar autos en la Ciudad o hacer más barato y fácil usar scooters y motos, ideas que en otras latitudes sí lograron bajar el número final de autos en las calles. De hecho, la 9 de Julio es una zona liberada para la construcción de torres comerciales, con lo que el macrismo impulsa más autos en el Centro. Este metrobús sólo va a servir para crear embotellamientos mayores y peores.

Que estas preocupaciones son meramente publicitarias lo demuestra, por ejemplo, el triste destino del trencito de Puerto Madero, inaugurado con una sonrisa europea por el inefable Jorge Telerman. El lindo tranvía urbano de vagones franceses fue abierto por el entonces secretario de Transporte nacional, Ricardo Jaime, quien anunció un proyecto de 46 millones de pesos para crear una segunda comunicación entre Retiro y Constitución, Barracas y La Boca, además de darle una línea longitudinal de Puerto Madero. Lo único que se inauguró, sin embargo, fue el reciclado de un tramo de vía de cargas ya existente entre Independencia y Córdoba, con algunos pocos andencitos. El tranvía nunca pasó de atracción turística, con muy raros viajeros urbanos. En octubre cerró sin pena ni gloria porque no quedaba claro en el nuevo reparto del transporte en la Ciudad quién lo recibiría y quién lo tendría que pagar.

La falta de entusiasmo del macrismo es típica, ya que este tipo de emprendimientos puede ayudar al tránsito masivo en una zona crítica. Pero parece que una línea de Retiro al sur porteño no entra en el imaginario paquete del PRO, aunque tal vez sea reconsiderada cuando alguien piense en las fotos de Mauricio Macri inaugurando las nuevas vías.

POR AFUERA

Los cubanos acaban de darle una nueva dimensión a esa idea, habitualmente fofa, del patrimonio inmaterial. El gobierno acaba de sancionar como patrimonio nacional una profesión inventada en Cuba y prácticamente en existencia sólo allí: la de “Lector de Tabaquería”. Este conchabo es exactamente eso, el de una persona que lee bien en voz alta y así les hace más llevadero el día a los que se lo pasan sentados enrollando habanos.

La novedad profesional es de 1865 y arrancó en la fábrica El Fígaro, donde trabajaba un inmigrante asturiano llamado Saturnino Martínez. El español era sindicalista y aliado del político progresista –“liberal”, en aquellos tiempos– Nicolás Azcárate, que lo ayudó a imponer la novedad. Resulta que “torcer tabacos”, como se dice con propiedad, es una tarea monótona y a Martínez se le ocurrió aliviar el tedio, haciendo que algunos de sus compañeros se turnaran para leer. La idea se difundió, aunque las fábricas al comienzo no querían pagar un sueldo extra, y pronto se profesionalizó con lectores de buena voz y dicción que no necesitaban saber nada de tabacos.

Quien visite La Habana de hoy verá a los lectores trabajando según el orden tradicional. Según parece, primero se leía el diario o diarios, y luego se pasaba a un libro, de historia o ficción. Los lectores terminaron radicalizando tanto a sus compañeros que su trabajo fue prohibido una y otra vez por las autoridades españolas primero y por sucesivos gobiernos autoritarios después. De estos problemas políticos surgió la tradición de leer los clásicos, Stendhal, Shakespeare y Dumas incluidos. De esto nacieron marcas como Romeo y Julieta, o Montecristo.

Mientras en Cuba se cuida este raro laburo, en Mali se anuncia una tragedia en un tesoro de la Humanidad poco conocido. Mali es un país del Africa occidental desértico, inestable, poco poblado y con un serio problema de rebeliones del norte contra el sur. Aunque el tema no es exactamente étnico, se desborda por una línea igualmente peligrosa: la de la religión. Todos los malienses son musulmanes pero, se sabe, hay musulmanes y musulmanes. Los del norte son prácticamente beduinos, porque Mali es un pedazo austral del terrible Sahara. El sur tiene algo de agua y una capital, Bamako, más conectada, pero el norte es un arenal que guarda una maravilla: la todavía misteriosa ciudad de Timbuctú. El lugar es, viniendo del norte, el primer oasis grande, la señal de que se acabó la travesía mortal y se llegó a los mercados del sur. Timbuctú nació así hace siglos y siglos, pero se transformó en la gran metrópolis árabe del Africa negra y en un inesperado centro de erudición y estudio. La Unesco la tiene en su lista de Patrimonio de la Humanidad por sus bibliotecas de manuscritos, sus tres mezquitas de adobe y los 16 mausoleos de santos islámicos.

El problema es que ahora Timbuctú está en manos de Ansar al Dine, una guerrilla a la talibán afiliada a Al Qaida que comenzó a demoler los mausoleos, que considera heréticos. Su líder, Abú Dardar, prometió que “no quedará un solo mausoleo, Alá lo quiere así”, con lo que es cuestión de tiempo que la dinamita haga lo suyo. La ONU está muy preocupada por la situación por varias razones. Primero porque en Bamako hay manifestaciones con carteles como “queremos la guerra”, invitando a que los Cascos Azules intervengan y aplasten a los rebeldes. Y segundo porque nadie sabe qué puede pasar con las bibliotecas de Timbuctú, que estaban siendo escaneadas por sus dueños como parte de un proyecto internacional para salvarlas.

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