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Sábado, 12 de enero de 2013

Quedar como Coventry

 Por Jorge Tartarini

La ciudad de Coventry en Gran Bretaña fue arrasada por la aviación alemana durante la Segunda Guerra, manzana por manzana. De allí surgió el término “coventrizar”, como sinónimo de tabula rasa, de exterminio edilicio. De aquel fatídico momento hoy es testigo la catedral local, dejada tal cual la dejó el bombardeo: no quedan más que unos pilares y algo de sus murallas.

Días atrás, ordenando papeles, apareció una vieja colección de fotos de la localidad balnearia de Punta Lara, cuando aún lucía playas no contaminadas ni parceladas para asociaciones. Y cuando sus recreos de chapa y madera sobre delgados pilotes eran refugio de cuanto paseante visitara el popular balneario. De cuando el Palacio Piria todavía era una mansión de aire palladiano y no la ruina actual. Y de cuando clubes con formas náuticas eran lo más chic del rendez-vous local. En esa colección de imágenes en blanco y negro había construcciones de madera con una Punta Lara de rara y envidiable armonía. Estaciones de servicio, recreos, viviendas, comisarías, estafetas de correos, baños públicos... todo como en los años fundacionales de nuestros recreos costeros. De aquello hoy no queda ni rastro y sólo se ven algunos ejemplos aislados en pequeños barrios que sobreviven, como Rubén Sito y, más lejos, entre las viñas de Los Talas y la Isla Paulino.

La sensación de ver aquello fue parecida a la que tuve cuando promediando la década de 1980 visité Bariloche y por la arquitecta Liliana Lolich y algunos descendientes de pioneros, además de saber sobre su lucha a favor del patrimonio, conocí imágenes de los primeros años de la ciudad: un poblado con construcciones de madera de singular riqueza formal y constructiva. De aquel paisaje hoy prácticamente no sobreviven expresiones y, en buena medida, fueron siendo reemplazadas por otras que crecieron a la sombra de la obra desplegada por los parques nacionales y su estética centroeuropea. En el presente, testimonios de estas últimas construcciones forman parte del valioso patrimonio de ese enclave patagónico. No obstante, quienes quieran conocer ejemplos constructivos del amanecer de Bariloche tal vez encuentren más práctico trasladarse al otro lado de la cordillera, donde aún perviven en algunos poblados chilenos.

Si en esta mirada a vuelo de pájaro pasamos de Punta Lara y Bariloche a ciudades como Ushuaia, La Plata, Mar del Plata –por citar solo algunas– los fenómenos de sustitución difieren, pero no totalmente. En ellas y otras ciudades argentinas los resultados de los procesos de renovación fueron dejando en el paisaje una suerte de patchwork, retazos de identidades anteriores –en trazados, residencias y edificios públicos– sobrevivientes en entornos cada vez más asfixiantes. Un fenómeno que señalamos al hablar de Salta y la arquitectura colonial por decreto que fagocitó la original; al referirnos al San Telmo del Plan Bonet y las autopistas del Proceso; y a tantas urbes que confundieron progreso con coventrizar su pasado, si se permite la teatralidad del término para englobar una casuística que va desde la especulación inmobiliaria a inacción o connivencia de quienes deben velar por un manejo constructivo del patrimonio histórico.

No es novedad que hemos venido asistiendo a fenómenos similares en todo el país. Y también a señalamientos, condenas y recomendaciones, desde hace largos años y desde múltiples sectores. Deberíamos reconocer que nuestro decir y nuestro hacer, a la vez que en ocasiones ha sido productivo, con frecuencia se ha mostrado débil frente la velocidad y envergadura de los atropellos. Una debilidad de la que han sacado partido los oportunistas de siempre y frente a la cual se hace necesario una debida autocrítica. Pero no a modo del recurrente hábito de depositar el infierno en los demás, sino que ayude a reflexionar sobre un trabajo cotidiano que, a no dudarlo, tendría mayor vigor y alcance si se nutriera en el esfuerzo conjunto de todos los saberes, los sectores y actores a favor del patrimonio.

En esa reflexión y confrontación será necesario dejar personalismos y parcialidades de lado. Solo a través de una labor colectiva será más fácil establecer cauces y criterios comunes que amalgamen y vigoricen la labor que ya de por sí vienen realizando las redes sociales, especialistas, profesionales, organismos locales, provinciales y nacionales. Y de este trabajo, muy probablemente surjan canales y vías de acción que permitan escuchar y dar respuesta más directa y efectiva al vecino preocupado por atropellos contra su barrio histórico; a asociaciones que pugnan por normativas más eficaces; a quienes procuran dar nueva vida a nuestros monumentos; a ciudadanos que alertan sobre paisajes culturales en constante amenaza... En fin, a quienes día a día se oponen a que cualquier tipo de coventrización toque siquiera las puertas de nuestro patrimonio cultural.

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