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Sábado, 23 de febrero de 2002

Entre libros

Las bibliotecas marcan el espacio como pocos elementos. Polimorfas, coloridas, múltiples, complejas, protagonizan definitivamente cualquier ambiente donde se instalen. Y generan un estilo de vida peculiar, marcante.

 Por Sergio Kiernan

Anne Fadiman es menuda, no usa maquillaje y no para de leer. Eventualmente, encontró el amor en la forma de un hombre que tampoco paraba de leer –ni de escribir–. Primero, vacaciones juntos; luego, vivir juntos; finalmente, casamiento. Cuenta Anne que con su primer hijo en brazos, sintió que por fin estaba lista para dar el paso final para unirse realmente con el hombre que amaba: juntar los libros. Hasta ese momento, y hablamos de años de convivencia, el lado sur del departamento ostentaba los suyos, ordenadísimos, mientras que la pared norte reunía los de él, revueltos pero encontrables. Fadiman, con ojos húmedos, hizo la propuesta. El, tocado, aceptó la declaración de amor: sus Shakespeares vivirían con los de ella.
El que no tiene libros no entenderá la situación. Hablamos de muchos libros, de miles de libros, de suficientes libros como para protagonizar una casa. Con un peso específico incomparable, las bibliotecas se roban el ambiente donde estén, se transforman en el centro natural de las miradas, en el elemento más importante. Y son el foco alrededor del cual se debe construir el aspecto de todo lo demás, el punto de partida.
Bibliotecas hay muchas y van desde la sencillez espartana a la elaboración arquitectónica. Pocos tienen la suerte de tener una habitación especialmente dedicada a los libros, por lo que la mayoría comparte con ellos livings, comedores, dormitorios y, en más casos de lo que parece posible, baños. Hasta hay casos de pequeñas bibliotecas especializadas poblando cocinas.
La densidad visual de una biblioteca grande es evidente: polimorfas, con piezas de tamaños y alturas variados, son cuadrículas donde el horizontal de los estantes compite con el vertical de los parantes y de los libros mismos. Coloridas, abigarradas, sus superficies son por definición complejas. La extendida costumbre de aprovechar los bordes para disponer objetos y hasta colgar cuadros aumenta su presencia visual.
A partir de estas características, cada uno elabora un pendant de estilo propio. Las bibliotecas del escritor Martín Caparrós –una principal en el living, otra menor enfrente, en el rincón de escritorio, una tercera en el dormitorio– son blancas, ordenadas y casi no contienen objetos, excepto en espacios dedicados. Con luces dedicadas, son el único desborde en ambientes que mantienen una sencillez de vocación minimalista, con paredes blancas y vacías y escasos muebles. Las bibliotecas permiten fácil acceso visual y físico al libro deseado, últimamente una Enciclopedia Británica añeja y de formato menor, comprada en un sitio de Internet.
No es el caso de otra biblioteca privada porteña, que hace doble turno como repositorio de fotos, pequeñas artesanías, equipo de música, reloj, dos muñecos de Malevitch y hasta una bandera. Parte de la estructura -desarmable, en madera clara y totalmente flexible en cuanto a la altura de sus vanos internos– dobla como escritorio: parte de sus estantes sostienen un fax y archiveros, mientras que una mesa se proyecta como una saliente. La biblioteca protagoniza el living y a su sombra juegan chicos que ya tienen, en su habitación, su primera y pequeña biblioteca.
El poeta y traductor Richard Howard –ganador de un Pulitzer y actual traductor de la elogiada nueva versión en inglés de la obra de Proust– transformó a lo largo de 15 años su departamento de Nueva York en una biblioteca. Al principio, los libros –los propios y los muchos heredados de los abuelos– ocupaban mucho espacio. Eventualmente, coparon cada centímetro de pared y definieron los espacios: el departamento de Howard era un loft, un ambiente único, y las bibliotecas, doblándose sobre sí mismas y formando una serie de arcos, crearon un tres ambientes con pequeños bordes para cuadros de escaso tamaño. Tal vez para huir del encierro, el poeta aceptó vivir parte del año en Texas, enseñando en la universidad local. Su segundo departamento ya avanza hacia ser una segunda caja de libros que apenas le deja espacio para moverse. La ejecutiva Kirry D’Alessio no tiene tantos libros, pero logró finalmente crear un espacio para su actividad favorita: leer en la cama. D’Alessio tiene libros esparcidos por todo su departamento en Manhattan, pero sus favoritos están en el dormitorio, del que nunca sale la “almohada de leer”, vieja y enorme.
¿Qué efecto crea esta obsesión? Significar el espacio con libros implica de cierta manera exhibir un aspecto de la vida personal. Es también un faro: más de una amistad comenzó con un desconocido o casi al que en alguna reunión se le va la vista por los estantes y al que un tomo en particular le dispara un tema de conversación. Y para los chicos, esos que juegan al pie de las bibliotecas, son una experiencia envolvente. Como dice Fadiman en su libro Ex Libris, dedicado a la obsesión que gobierna su vida: “Cada vez que nos mudábamos, un carpintero construía decenas de metros de estantes. Cada vez que nos íbamos, los nuevos dueños los arrancaban. Las paredes de las casas ajenas me parecían desnudas. Las nuestras no eran fondos blancos para obras de arte, eran obras de arte en sí, mosaicos del piso al techo cuyas baldosas de pigmentos vívidos eran altos y delgados rectángulos, de tacto placentero y, si a uno le gustaba, el olor mustio del papel viejo, de olfato placentero.” Cosas parecidas dijeron dos escritores que, paradójicamente, no guardaban libros. Borges y Pasternak, voraces lectores, guardaban una mínima cantidad de volúmenes: el departamento de la calle Maipú y la dacha de Peredelkino tuvieron en común la presencia imperceptible de un muy pequeño mueble con unos pocos cientos de libros. El resto, parece, estaba en la memoria, en los sentidos.

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    La vida entre las bibliotecas.
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