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Sábado, 2 de marzo de 2002

Vida de artistas

Creativos en lo visual, generan espacios especiales y únicos, marcados por su obra y estilo. Una oportunidad de espiar el estilo delos artistas plásticos argentinos.

Por Luján Cambariere

A quién no le interesa espiar cómo viven los otros? El espacio que uno habita es espejo, desnuda características, excentricidades. Y lo mismo ocurre con el lugar físico donde se encuentra inspiración y se la vuelca al trabajo. Cuando Alejandra Longo se propuso su proyecto, no se imaginó en qué devendría. “En un principio quería mostrar a través de un libro cómo habían vivido distintos personajes de la cultura argentina,” cuenta. “Pero por el poco valor que se le da en nuestro país al rescate del pasado, el proyecto se acotó a artistas plásticos contemporáneos.”
Longo imaginó que las casas de artistas serían visualmente muy ricas y no se equivocó. De la elección casi azarosa de los mismos, intentando equilibrar géneros y décadas –sin producción mediante, poses o artificios– logró abrir las puertas del mundo privado de veintinueve artistas argentinos. Gracias a la maestría del fotógrafo Pepe Cáceres y a sus reportajes, desde la primera página uno se zambulle en la esencia y personalidad de cada uno. “Cruzar el umbral de toda casa es emprender un viaje”, dice Antonio Dal Masetto desde el prólogo del libro. Aquí sólo un par de paradas para ir por más.

El hábitat
“La esencia de un artista se ve reflejada en su obra pero también en su taller. El ambiente donde trabaja, desafía su soledad y crea. Así, definitivamente cada casa-taller tiene que ver con la obra. Aunque en esto no hay clichés. Los hay más ordenados o desprolijos, más decorados o despojados. Y aunque todos son distintos entre sí, sorprende descubrir como todos tienes sus horarios, sistemas y rutinas.”
El libro de Longo descubre una vieja panadería de San Telmo que Luis Benedit transformó en casa-taller, de espacios amplios y abiertos que trocan funciones de acuerdo a sus necesidades. El taller metalúrgico naval que Pablo Larreta remodeló especialmente para vivir en la Boca, su barrio preferido. La casa en Congreso de Miguel D’Arienzo, en la que el artista tiró abajo paredes para armar un taller que luce inmaculado cuando va a empezar una obra, pero que después se descontrola y plaga de colores y citas que él mismo pega en las paredes y le sirven para componer.
También están las paredes totalmente blancas de la casa que Ana Eckell tiene en Palermo Viejo, indispensables para ella, para pintar una obra plagada de figuras. La prolijidad y orden de maestra de escuela que se trasluce en el lugar de trabajo de la contestataria Rosana Fuentes. Orden que se repite en el edificio de Constitución de Adolfo Nigro. La casa chorizo en el Pasaje Bollini que el también arquitecto Nicolás García Uriburu recicló para componer su obra comprometida con la causa ecológica.
Y la también casa chorizo que Mónica Girón, con el apoyo de su mecenas suizo Thomas Bally, trocó en un espacio de inequívoca línea funcional y racionalista. Sin escatimar esfuerzos, Longo corrió hasta el loft de Liliana Porter en Nueva York, donde atesora todo tipo de muñecos que son o fueron parte de su obra, y a la casa perteneciente a François Raspail, químico y político francés, fundador del diario Le Républicain, que hoy habita Antonio Seguí en París.
Señas particulares
Más allá de las características de la decoración y el espacio, Longo rescató otras curiosidades. A los 89 años, Raúl Lozza, creador del perceptismo, atesora en su casa de la Paternal su propia obra como en un museo, dentro de una atmósfera más tradicional creada tal vez por su esposa. Josefina Robirosa mira televisión mientras pinta y baila, por lo que tuvo que poner un piso de goma para que no la escucharan los vecinos. Luis Felipe Noé pintó toda su escalera de entrada, porque sus alumnos la ensuciaban con los dedos. “Luis Benedit suele colgar alguna obra suya que “está mirando”, ya sea por las ganas de reverla o porque de ella pueda surgir otra cosa, y usa su atril de perchero. Jorge Demirjian compró hace treinta años un mueble de iglesia que servía para guardar los mantos y las casullas de los curas, donde hoy guarda dibujos y apoya su colección de jazz y boleros que escucha mientras pinta. En las paredes de su taller, el combativo León Ferrari tiene fotos de seres queridos mezcladas con dibujos de sus nietas. Carlos Gorriarena adora las sillas de paja que él mismo pinta con acrílicos de colores. Mientras Leopoldo Presas pega en un placard las fotos de sus seres queridos muertos para recordarlos”, relata Longo. Y así podría continuar ininterrumpidamente dándonos el privilegio de colarnos en sus vidas.
* El libro de Alejandra Longo esté en venta en las librerías más importantes del país o se puede solicitar a [email protected]

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