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Sábado, 25 de junio de 2016

De mano propia

Con una muestra y un libro, Leo Chiachio y Daniel Giannone llevan el bordado a una expresión que rompe formatos, tamaños y estereotipos. Un desborde que sirve.

 Por Luján Cambariere

Mientras en el metro de París anuncian con afiches gigantes que reproducen un detalle de una de sus obras la inauguración del nuevo museo de la Cite de la Tapisserie d’Aubusson, los Chiachio & Giannone (Leo y Dani), desmontan en Buenos Aires una muestra que dejó boquiabierto al público más variado.

En tiempos en que el bordado está de moda gracias al movimiento crafty, que lo volvió a imponer entre jóvenes y mujeres de las 4 y 5 décadas, ellos lo vienen practicando desde hace más de quince años para romper todo tipo de paradigmas y estereotipos. Si las señoras y señoritas lo hacen pequeño, ellos lo vuelven en todos los sentidos gigante, pasando en algunos casos al 3D y a piezas de más de 15 metros cuadrados. Y lo que es más importante, lo usan para dar cuenta de sus grandes temas, que como los amores, son obsesivamente los mismos: la familia monoparental que supieron formar, los prejuicios y desigualdades y los ritos, magia y ser latinoamericano.

Todo entre la paleta colorida y brillante que en este caso además de a ellos, presentes en la mayoría de sus obras junto a su perro Piolín, suman el universo que crea su ADN creativo: desde referentes como Sonia Delaunay a tributos varios a seres que supieron acompañar su búsqueda, como la mujer que les enseño a bordar y la flora y fauna de ríos caudalosos, flores, camalotes, loros y papagayos.

De belleza exultante y exuberante, huelgan los elogios en una obra que impacta por sí sola, donde en un mismo acto revalorizan el valor del oficio en el arte (para muchas de las piezas trabajaron más de tres años bordando). Por eso no es casual que haya estado expuesta en la galería Pasaje 17 de la Asociación del Personal de los Organismos de Control y su obra social Ospoce, de la que además son vecinos y junto a quienes pudieron publicar su bello libro Monobordado.

–Cómo arranca este Monobordado?

D. G. –La galería Pasaje 17, que es una galería no comercial y depende del sindicato Apoc de la obra social Ospoce (nosotros somos artistas representados por Ruth Benzacar), nos invita a hacer la muestra y lo más importante, se ofrece a editar nuestro libro. Un proyecto que intentamos tres veces antes y no pudimos concretar por el costo. Así que fue una experiencia increíble porque por fin nos pudimos dar el gusto de tener este tomo que cuenta el recorrido nuestro en los quince años que venimos trabajando juntos con un texto principal es de Ariel Schettini, escritor y poeta, que hizo un ensayo sobre nuestra obra. Además de otros admirados escritores y periodistas como María Moreno y la escritora brasileña Camila Do Valle.

L. CH. –Para estas obras, trabajamos tres años. Fuimos mostrando partes en otros lugares, como la provincia de Chaco, en Rosario y hasta en el V&A de Londres el año pasado. Siempre nos preguntan: ¿Y tanto tiempo de trabajo? Y sí, es el tiempo que se merece el trabajo, no es ni mucho ni poco.

–¿Con cuál empezaron?

L. CH. –En realidad siempre arrancamos al mismo tiempo con varias obras, porque no podríamos trabajar al mismo tiempo con una sola pieza porque te aburrís y además todas tiene un proceso. La más grande que es ‘Selva Blanca’ tardamos tres años en hacerla.

D. G. –Son cinco metros por tres metros.

L. CH. –Es muy increíble primero porque cambiamos el paradigma en varias cosas. Una del lugar donde mostramos, porque es una galería de una obra social fuera del circuito. Algo que adoramos porque además de vecinos a los lugares se los construye. Por otro lado, el tamaño para un bordado, porque esto no es un tapiz que tiene estas medidas. Los nuestros son bordados. Es algo muy íntimo nuestra relación con la técnica. Siempre estamos viendo cuánto más podemos trabajarlo, cuánto más podemos llevarlo a otras dimensiones y lugares, cómo lo sacamos de la superficie, cómo seguimos profundizando sobre la misma idea. Por eso se llama ‘Monobordado’ porque lo que decimos es que es la misma idea y el mismo bordado que hacemos desde que comenzamos como artistas donde están estas mismas obsesiones que son las mismas dos, tres o cuatro.

–Como los verdaderos amores…

D. G. –Tal cual, a lo largo de la vida tenés distracciones, pero verdaderos amores, tenés tres o cuatro. Y también había un tema interesante que nos planteo la directora Mariana César que era que le interesaba sobre todo nuestro trabajo porque al ser el espacio que pertenece a un gremio, le interesaba destacar el trabajo como valor. El oficio en el arte contemporáneo que pareciera que está en desuso.

–Conmueve e impacta la belleza y el trabajo…

D. G. –Nos encantó esa idea y también poder presentar el proceso porque hay dibujos, fotos del reverso, que tampoco lo habíamos hecho antes, porque cuando trabajas en una galería comercial se plantea de otro modo.

–Cómo se construye una obra en tres años?

L. CH. –La construís en el tiempo. Es el tiempo reloj y el creativo que tiene que ver con esos tiempos circulares o espiralados. Nosotros la obra la comenzamos sin ningún boceto previo y es una angustia comenzar quince metros cuadrados desde una idea que no sabés hacia donde va a ir.

D. G. –Y además que va cambiando a través del tiempo. ‘Selva Blanca’, por ejemplo, arrancó como un homenaje a nuestro perro Piolín. Entonces comenzó con Piolín en el medio en un sillón como el que vimos en un long play de Julio Iglesias, y a partir de ahí empezamos a construir toda la idea. Empezamos a poner animales fuera de escala, revalorizando la flora y fauna.

L. CH. –Nosotros bordamos sobre una tela ya estampada, industrial, en este caso y lo que hacemos es borrar el estampado con bordado. Pero para romper ese pattern, al estampado lo dibujamos arriba con el bordado para romper su lógica y que se pierda el registro del rappor industrial. Esto es rápido en palabras pero son meses de ejecución entonces hay mucho diálogo. Todo lo hacemos nosotros. Tenemos asistentes pero para ciertas partes porque ni nosotros sabemos lo que vamos a hacer, hacia donde va ir el bordado, entonces necesariamente tenemos que bordarlo, trabajarlo nosotros que vamos dibujamos y haciendo. Eligiendo, por ejemplo, entre los cientos de verdes de una hoja.

–Siempre aclaran que no importa el punto del bordado…

D. G. –Exacto. Todo tiene que estar impecable, pero nosotros le damos más importancia a la idea que a la técnica. Eso va tomando vida y avanzando.

L. CH. –La idea esta vez era cómo sacar el bordado de la superficie, entonces queríamos hacer algo, cambiar paradigmas. Y en ese camino por ejemplo descubrimos las temaris, que son una especie de esferas para navidad que hacen en Oriente, que envuelven con retazos de trapos, hilo de algodón y se termina con hilos de coser, y después nos enteramos por María Moreno que eso era lo que las madres les daban a las hijas cuando se casaban y se bordaban encima. Y las sumamos a la obra reversionadas. También tenemos una especie de guirnaldas o lianas, porque si te fijas nosotros estamos como monos arriba de las lianas, con ofrendas que son collares que se los ofrecemos a Piolín. Y esas cuentas son citas a la historia del arte, a artistas que admiramos como Sonia Delaunay.

D. G. –También sumamos otras cuentas hechas con retazos de otros bordados. Porque hace un tiempo que tenemos una preocupación con el tema de reciclar las telas porque nosotros compramos compulsivamente telas. Tenemos un depósito grande y lo cierto es que ya no todos nos impactan. Los pedazos bordados los guardamos, también hay pedazos de camisas nuestras, pantalones. Y también un recurso nuevo que estamos empleando que es estampar nuestras propias telas. Un recurso que usamos para ‘Selva enjoyada’. Hacemos los dibujos, los pasamos al shablón, y así con nuestras estampas reciclamos sábanas, repasadores, pañuelos, servilletas que luego también bordamos.

L. CH. –Y así además no tenemos límite en el ancho de la tela.

–Hay infinitas microhistorias en cada bordado…

L. CH. –Siempre es la historia de la familia que somos nosotros, una familia monoparental con nuestros perros y también hay mucho del trabajo en el arte, de nuestros referentes. Como dice Jeff Koons, los artistas tenemos una capacidad de cambiarnos el ADN ya que según él, lo cambiamos a partir de los gustos o referentes que tenemos. Para nosotros Delaunay es nuestra abuela, la pintura del siglo XVIII francesa nuestros tátaraabuelos , y así podemos seguir. Ver en vivo y en directo el año pasado en Londres la obra de Williams Morris sin dudas cambia nuestro adn.

–¿Qué le pasa al público frente a su obra y pensando en la vuelta actual a las labores como el bordado?

L. CH –Primero nosotros nunca decimos que somos bordadores, somos pintores que pintamos con agujas e hilos. Pero una cosa importante y hermosa que paso con esta galería es que circula todo tipo de gente. La del barrio, la de muchísimas universidades de arte que están en la zona entonces vino por supuesto la gente que nos sigue hace años, pero también vecinos, transeúntes casuales y fue muy lindo porque la obra se completa con la mirad del otro.

–¿Y el título…?

L. CH –Salió andando en moto por avenida Córdoba. Muchas nos preguntaban si damos clase de monobordado. Y la cuestión es un poco más compleja, es un juego, tienen que ver con el pensamiento, a nosotros nos encanta jugar con eso. Que cosas le vamos a poner. Y siempre seguimos dándole vuelta al bordado.

–¿Qué se siente en el último día de una muestra tan visitada y elogiada?

D. G. –Mucha emoción, ahora en breve viajamos primero a Düsseldor–Flingern, en Alemania donde estaremos participando durante tres semanas en una residencia para artistas Villa Panaderia – dorada Weltkunstzimmer y luego iremos a París donde inauguramos nuestra muestra individual en School Gallery Paris el 11 de septiembre. Además en el metro de París hay afiches en donde está reproducida un detalle de una obra nuestra que invita a la inauguración del nuevo museo de la Cite de la Tapisserie d’Aubusson que es donde estamos trabajando en la confección de un tapiz de quince metros cuadrados. Volviendo a Buenos Aires y a esta muestra, pasaron cosas maravillosas. Gente que no conocíamos como una señora, Beba de 81 años, que se vino de Hurlingham con dos tarritos alfileteros hecho por ella con latitas de tomate y bordado para regalarnos, otra con un bizcochuelo y otra con dos pancitos caseros. Ya con eso todo valió la pena.

–Mucho mimo de familia, tema de la muestra…

L. CH –Tal cual. A mí, en lo personal, además hubo dos cosas que tuvieron que ver con las lágrimas que me pasaron. Una que en la inauguración vino Alicia Castro, una mujer a la que queremos y admiramos, y nos miramos y nos pusimos a llorar. Y otro día llegó Elba Roco, maestra bordadora, creadora de la Asociación de Bordadoras de Argentina, que conocía a Alicia Carnevale, quien fuera la primera mujer que nos ayudo a bordar y falleció de cáncer. De hecho en la muestra hay un collar en honor a ella. Ese encuentro con las dos Alicias que tuvieron que ver con la emoción, mujeres emblemáticas, con poder, me emociona, porque de esto se trata nuestra familia.

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