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Sábado, 19 de febrero de 2005

Para comer en el tren

Perdidito en un ensanche de vía, a la altura de Donato Alvarez, está la Asociación de Ferromodelistas de Buenos Aires. Es un lugar de reunión de amantes de los trenes, un par de “formaciones” que ya no van a ninguna parte: vagones de pasajeros, vagones de carga de diferentes edades, un furgón de aquellos del correo y los tarros de leche. En la cola, más cercano a la calle y a la sombra de un gomero ya añoso, un imperial vagón comedor. Que sucede que está abierto al público, y como restaurante, bajo el nombre de Como en el Tren.

El vagón es de los tiempos en que el tren era un lujo pensado como un crucero de tierra firme, barcos lanzados a cruzar vastas pampas con confort y con clase. Inglés, como tanto del viejo parque rodante nacional, vino para acá en 1914, justo antes de la Gran Guerra, y su edad se nota en el toque Art Noveau de su interior. El vagón fue construido y revestido en madera y antiguamente se podía entrar por ambos lados: un extremo, el de la cocina, tenía un estrecho pasadizo que llevaba a los vagones turista; el otro, con entrada más presentable, daba a los wagons-lit y a la primera, lo que los rusos llaman “clase blanda” pensando en sus asientos.

Esta es la entrada actual al restaurante, unos escalones que permiten subir al peldaño y de ahí al pequeño hall que tienen todos los trenes. Pasando dos puertas vidrieras –en una el cristal todavía tiene su bisel y el logo FCER, Ferrocarriles de Entre Ríos, grabado al ácido– se accede al maravilloso salón comedor.

El lugar es original en un 80 por ciento y muchos de los reemplazos son de época. El vagón sigue sirviendo a 36 comensales y sigue teniendo un espacio para vajillas. Las mesas son compactas, de tren, cada una tiene su ventana con persiana y cortinitas, y los asientos tienen respaldos acolchados en cuerina verde, con curvas románticas. El que curiosee, encontrará las chapitas esmaltadas que las numeran y el timbre de botón de porcelana que antaño llamaba a los mozos. Levantar la vista significa encontrar los compactos ventiladores de techo, metálicos y de lo más ferroviarios.

Pero el punto focal es la maravillosa arcada, llena de curvas y espejos, que enmarca al diminuto mostrador, más cabina que otra cosa, flanqueada por vitrinas hoy llenas de vinos. Esta pieza, por la que un anticuario sería capaz de matar, oculta a la cocina, que fue ampliada removiendo el pasillo que ya no tenía uso. Buena parte del equipamiento sigue siendo original, como el secaplatos con estantes en ángulo y topes cuasinavales, para que los platos no lluevan con los barquinazos del tren. En algún rincón del piso, oculto tras el linóleo, está el acceso a una jaula que cuelga cerca de las ruedas: allí viajaban las gallinas que los cocineros ferroviarios mataban y pelaban para ofrecer pucheros tiernos.

Visitar Como en el Tren es una buena introducción a esto de usar vagones como ámbitos fijos, tan de moda, y un regreso a ciertas sensaciones medio perdidas de viajes nocturnos, comilonas y copas melba en mesas que vibraban.

Como en el Tren está en Donato Alvarez 173, a una cuadra de Rivadavia. Tiene estacionamiento sobre la vía. Reservas al 15-5021-4686.

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