Sáb 01.07.2006
m2

NOTA DE TAPA

Viejos significados

Macarena Peña es una joven historiadora y gestora cultural chilena que generó Ona, un emprendimiento para la artesanía andina, el acervo latinoamericano y la excelencia.

› Por Luján Cambariere

Mucho se habla del valor de la multidisciplina en el diseño. Del aporte de la visión y experiencia de profesionales aparentemente ajenos. El proyecto Ona es un ejemplo concreto. La historia es la de una joven licenciada en historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile (donde también realizó un posgrado en Gestión Cultural), quien después de viajar por el mundo y de trabajos diversos –desde agencias de publicidad al Ministerio de Educación chileno– a fines de 2004 decide emprender una apuesta personal de múltiples dimensiones. Así crea Ona, empresa dedicada al rescate, innovación y difusión de la artesanía de Chile y el mundo andino. Una propuesta original por sus formas –la ambientación del local en el Cerro Santa Lucía, una de las zonas emergentes de Santiago, la iluminación de las piezas, el packaging, la comunicación y la gráfica– y su contenido –el protagonismo de los personajes involucrados, el rescate de sus técnicas, materiales e historia– poniendo en valor lo originario.

Bella la puesta, bella la luz, bellas las fotos e historia de los protagonistas y rotundamente bellas las piezas. Los textiles de alpaca. Los accesorios –aros, collares, colgantes– y figuras en pelo (crin) de caballo que tejen y tiñen las mujeres de una pequeña aldea (Rari) en el interior de la Cordillera de los Andes a la altura de Linares con una técnica que viene del siglo pasado pero que fueron complejizando. Las joyas en cuerno de buey (material utilizado por los picunches, indios de la zona central de Chile, en la elaboración de objetos desde tiempos remotos) que ahora retoma Claudia Betancourt aventurándose en collares, aros y anillos combinándolo con plata y otros metales. Las fuentes de alerce y lingue reciclado de postes de luz de Carlos Reyes de Contorno Valdivia. O los emblemáticos jarros pato de la alfarería mapuche, contenedores de líquido que representan la forma de un pato y acompañan el ajuar femenino de toda novia mapuche haciendo referencia a la capacidad contenedora, fértil y protectora. Artesanías que con igual amor y dedicación presenta Peña en su tienda a m2.

Arte de origen

“La misión de Ona es producir objetos con identidad, en ediciones limitadas apelando a las personas que comprenden que el lujo está vinculado al significado, al conocimiento de las historias que hay detrás de ellos. Ona es una empresa que se proyecta como un puente, mejorando la calidad de vida tanto de sus usuarios como de sus realizadores, creando un modelo de negocio sustentable. Ona viaja a los pueblos andinos en búsqueda de nuevas ideas, rescatando técnicas olvidadas, encontrando el significado perdido de los valores humanos. Rescata, preserva, innova y difunde. Pone a disposición objetos transformados en obsequios significantes, regalos de excelencia con alta diferenciación”, resume Peña.

Pero, quizá lo más interesante es su mirada. “Ona persigue rescatar, promover y difundir la artesanía andina en el reconocimiento de que el textil, la alfarería y la joyería se configuran como la expresión de las artes mayores en Latinoamérica. Ona es un estilo de vida que disfruta de la diversidad y del contacto con nuestro paisaje y cultura ancestral”, señala. ¿Identidad? “A través del tiempo los seres humanos hemos construido y descubierto diversas formas de habitar nuestros paisajes, elaborando culturas y formas de sobrevivir. Así, cada país y pueblo originario se ha distinguido por la originalidad con que se ha concebido así mismo y se ha relacionado con su entorno. Todos los días podemos conocer más acerca del cómo viven otros y del qué nos diferencia. Vamos tomando conciencia de que estamos insertos en un vasto campo de diversidad. Y la pregunta acerca de la propia identidad surge como una necesidad de hallar un vínculo con nuestro paisaje y nuestros antepasados. Nos interesa rescatar esta pregunta que entendemos como una necesidad vital para el ser humano contemporáneo. Como habitantes del continente americano y de su tierra andina queremos iniciar un camino que nos acerque a lo original que perdura en las alturas amazónicas, el silencioso altiplano, el ámbar del desierto, los valles centrales, la pampa y los bosques australes. Queremos trabajar con sus habitantes, con los pueblos que han heredado y han conservado una tradición exquisita y sincera”, detalla.

¿El nombre? “Pasa por reivindicar a una etnia desaparecida. Pero a la vez recoger el espíritu de los legendarios onas, quienes apostados en uno de los climas más duros del planeta desarrollaron la pulcritud y la belleza en su manera de vestir y de ser en una relación armoniosa con la naturaleza. Sus pinturas corporales dan muestra de la simpleza de su estética y de la belleza de sus ritos. Como ellos, nosotros asumimos el desafío de significar tal síntesis, siendo esenciales y complejos a la vez, en la entrega de lo mejor del arte de origen.”

–¿Cómo es tu experiencia de diálogo para no interferir ni avasallar a estas comunidades de artesanos?

–Yo trabajé mucho tiempo en educación y ésa es una de las cuestiones que me mantienen despierta. Así me di cuenta de que había toda una manera de educar que no estaba en las instancias formales, que tiene que ver con lo tomista, lo anglo, el aula de clases, la jerarquía o los espacio formales. En algunas comunidades las mujeres tejen bajo la parra. Ese es “el” espacio. Allí se almuerza, se aprende, se cuentan las cosas. De esta manera, respetando, uno va creando una nueva metodología. Ya que, sobre todo, hay que tener mucho cuidado de que lo que ellos saben hacer, y lo saben hacer muy bien, no dejen de hacerlo ya que eso sería una gran pérdida. Yo tuve la suerte de viajar mucho. Y el viaje que más me inspiró para esto fue uno a Perú donde visité El señor de Sipán en Chiclayo y después pasé a Lima y ahí conocí dos tiendas preciosas donde mezclaban lo tradicional con la innovación y era exactamente lo que faltaba acá en Chile.

–¿Cómo definirías a la artesanía?

–Yo he estado investigando mucho sobre las definiciones de artesanía y la que más me gusta no tiene que ver con el objeto sino con la actividad. Ese fue un cambio de mirada súper importante para mí. El desarrollo del producto está bien, la innovación está bien, pero lo más importante es desarrollar la actividad, rescatar las artes y oficios.

–¿Y en lo personal?

–Yo le encuentro mucho más significado. A mí me gustan las piezas únicas. Lo que no tiene que ver con una moda y es espontáneo. Por ejemplo, en los mapuches, la técnica de los dibujos se transmite a través de los sueños.

–¿Creés en la espiritualidad de los objetos?

–Totalmente. Otra de las consignas de Ona es que el mundo no necesita más objetos sino más significado. Y estas piezas de la artesanía son la excusa perfecta para que el significado viaje. El producto como difusor de cultura. En Europa, las artes mayores han sido el arte clásico de taburete, el óleo, la escultura. Y en América latina las artes mayores son el textil, la joyería, la cerámica. Entonces, cuando se las llama artes menores hay un error de concepto. Si mirás un poco nuestra historia material, la cosmografía, la complejidad de las técnicas, el uso de los colores, el dominio de la naturaleza para poder elaborarlos, es increíble.

–¿Podrías resumir las condiciones para interactuar en estos escenarios?

–Escuchar. Primero saber escuchar. Cuando voy a conocer a un artesano siento que la que gana siempre soy yo. Tienen una sabiduría tan profunda, verdadera, tan poco show off que eso es justamente la artesanía: arte-sano, sano-bueno, bueno-bello. Por eso la misión de Ona es poner en valor el objeto artesanal a través de tres pilares fundamentales. Su contexto –histórico, geográfico, técnico, biográfico–. Del embalaje, que el envoltorio tenga la dignidad que tiene el objeto. Y también de todo lo que tiene que ver con la puesta en valor en el local. La iluminación que es distinta para la plata que para la cerámica. Y finalmente la historia del objeto. Porque hay una cosa bien bonita que pasa con la artesanía y que es que nunca sabes qué es verdad o no. Cuestiones que tienen que ver con los mitos, las leyendas. En los textos que acompañan los objetos trato de reflejar eso. Y otra cosa súper ambiciosa que busco es que la gente tome conciencia de que la artesanía es un bien de lujo y que el lujo es caro, porque es escaso, porque es único, porque está hecho a mano.

–¿Se le da valor a la artesanía en Chile?

–Después del golpe militar, la artesanía era sinónimo de subversión. Si vos andabas con poncho en la calle y un morral eras un subversivo. Por eso en esa época se perdió mucho. Y en Chile, mucha gente de clase alta aún la mira con desdén. Aunque ahora el valor de la pobreza es un valor en el mundo de la abundancia. Hay una teoría que dice que el siglo XXI es del espíritu o no es. Yo creo en eso. Por eso hay que trabajar. Generar escuelas de artes y oficios donde se retome lo que es la educación del maestro y el aprendiz.

–¿Cuáles son tus piezas favoritas?

–Los textiles de lana de alpaca de innovación. Aquellos en los cuales se innova a través de la tradición y técnicas ancestrales andinas. Creo que estas piezas son las que mejor reflejan la identidad andina contemporánea en la cual ésta se imprime a través de los coloridos, terminaciones y técnicas de telar. Creo que tenemos un potencial gigante en todo lo que es técnicas textiles, una variedad inmensa, una tradición milenaria, diría que son habilidades que se llevan en la carga genética de los artesanos. Me gustan también porque son piezas significantes, que hablan de su contexto geográfico y cultural. También me gusta mucho la platería mapuche. Son joyas que no han sufrido grandes transformaciones desde sus inicios. Piezas que se mantienen intactas en sus técnicas y formas. Toda joya mapuche tiene su significado con una cosmografía específica, dependerá de la forma e iconografía el significado que ésta posee. A su vez son formas muy contemporáneas, casi minimalistas, que pasan por diseños contemporáneos pero en realidad tienen más de 500 años.

–¿Y las anécdotas, las historias?

–Hay tantas como productos existen. Es difícil elegir una. Existe un trabajo con el cacho de buey que es muy tradicional en Chile (el cacho se trabaja para utilizarlo como vasija para tomar la chichi –licor de uva fresco–). Hay un artesano mayor que hacía estos cachos, decorándolos y puliéndolos. La segunda generación comenzó a trabajar utensilios con el mismo material y técnica, haciendo peines, cucharas, saleros y pimenteros y , hoy, la tercera generación, ahora en manos de una mujer, ha comenzado a trabajar en joyas. Esta historia es linda ya que la técnica pasa de generación en generación pero transformándose según los pulsos del mercado y las tendencias globales, pero perdura.

–¿Un aprendizaje personal?

–Yo vengo del mundo de la historia. Siempre metida en archivos de la Biblioteca Nacional sola. Y ahora me relaciono con mucha gente. Porque debo aclarar que éste es un trabajo en equipo. Desde mi padre, arquitecto e inversionista, a otros. Personas con las que se tejen puentes y se dialoga en la diversidad. Otra cuestión que vale aclarar es que usamos todo lo que es del mundo global y desarrollado para aplicarlo a resaltar lo originario. Algo así como tomar lo mejor de los dos mundos. Pero lo más lindo es que así nos vamos definiendo a nosotros desde nosotros mismos.

* Ona: Victoria Subercaseaux 299, Santiago, Chile, www.onachile.com

Un manifiesto por lo étnico

Por Sergio Kiernan

Seguramente fueron los ingleses los primeros en utilizarlo, ya que les caía natural en su histórica costumbre de mezclar estilos. Es que para ellos, lo más básico del “estilo inglés” en decoración era y es el casi tabú de que todo en un ambiente sea puramente en el mismo estilo. Hay que mediar las cosas, tener una dominante pero ir matizando con piezas distintas, si es posible anteriores y con historia, algo sobaditas. Si no, es cosa de americanos o, peor, de franceses.

Con lo que no extraña que al expandirse el imperio y la costumbre de viajar, las casas británicas hayan empezado a poblarse de máscaras tribales, tejidos exóticos, armas artesanales, tallas, joyas y muebles. Y que algunos estilos, como el mughal de la India o las alfombras de Medio Oriente, se hayan colado donde antes sólo entraban las piezas del estilo imperial chino. Era el comienzo de la apreciación occidental de lo que se llama hoy “estilo étnico”.

En este siglo XXI ya no hay muchos que discutan la riqueza estilística y las fenomenales texturas que aporta este estilo. Esto no le quita ni un poco de novedad y sentido a El estilo étnico: arte y diseño, un ardiente manifiesto escrito por Carlos Mordo y Marina Combis, editado por María Emilia Lobbosco, la creadora de Tierra Adentro, uno de los más serios y estéticos emprendimientos de estilo étnico argentino, y últimamente de Arte Primitivo, su equivalente abierto al mundo.

Lobbosco, ya se contó en este suplemento, es de esas personas que comenzó a coleccionar de adolescente y fue acumulando un conocimiento real sobre lo que la apasiona. Con los años, terminó dedicada full time a sus pasiones –suerte suya– de la mano de su real talento empresario. Lo que impresiona de su Tierra Adentro es el invariable buen gusto: al contrario que la mayoría de ese tipo de comercios, no hay una nota discordante, nada fuera de lugar, un standard muy alto que comparte con unos pocos. Otros rasgos son la insistencia obcecada en rescatar ciertos tesoros, como la platería pampa y mapuche, que tal vez sea el único aporte real al diseño mundial que hicimos los argentinos y que terminó tan olvidada como era central en el siglo XIX. Hubo un tiempo en este país en que nadie salía de casa sin un buen facón de platería pampa y nadie tomaba mate si no era de una pava martillada por manos indias.

Para Lobbosco y los suyos, el arte étnico expresa “la libertad creativa de las culturas americanas”. Y agregan: “El arte indígena, el arte mestizo, el arte rural y el arte tribal son todos sinónimos de sociedades con memoria, capaces de expresar en su estética la vigencia de sus orígenes, imprimiendo de manera simbólica su cosmovisión y su pertenencia en cada objeto que los representa”. Para poner las cosas en perspectiva, en el libro hay una breve historia del contacto de Europa con las artes “primitivas”, del nacimiento de la estética del exotismo y del vuelco que el arte moderno le da a esta estética, aunque sin jamás alterar el dogma de que es un arte que puede estar en los museos, pero sin el nombre del artista.

Uno de los capítulos está dedicado a los textiles; otro, a mostrar ambientes dominados por objetos étnicos; otro, a proyectos decorativos creados por cinco diseñadores –Fellinger, Punta Alvarez, Zunino, Rodríguez Barrena y Lobbosco–; otro, a objetos tridimensionales de todo tipo y material y otro, el final y glorioso, a joyas étnicas de varios continentes, saga que cierra con algunas formidables piezas mapuche.

Este libro tan bien impreso y presentado toma partido implícitamente ante ciertas preguntas que sobrevuelan siempre este tema. Por ejemplo, ¿en el arte étnico hay escultura o apenas talla? Sin entrar en grandes honduras, se puede decir que la renuncia del arte occidental a su propia historia en favor de los “ismos” abstractos hizo cada vez más borrosa la diferencia entre arte y artesanía, por lo que cada vez cuesta menos considerar arte a la producción étnica.

Y aun desde el desacuerdo en estos parámetros se puede disfrutar de este libro, por el cariño que aporta al tema, por su soltura conceptual y porque ciertamente convence en su planteo de que lo étnico aporta belleza a casi cualquier espacio diseñado.

El estilo étnico, arte y diseño fue editado por Tierra Adentro y Arte Primitivo. www.tierraadentro.info

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