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Jueves, 15 de diciembre de 2005

EL NEGOCIO DEL ROCK

Siempre gana la banca

Hace unas semanas, la industria discográfica se propuso asustar a unos cuantos para intentar detener un fenómeno que parece imparabable: el intercambio de archivos. Mientras tanto, los sellos siguen recaudando millones, y ofreciendo a los músicos contratos irrisorios. El NO descubre el debate ideológico que se esconde detrás de la supuesta crisis de mercado.

 Por Mario Yannoulas

Las filas del rock resisten con estoicismo las cachetadas de una industria que, aunque suene feo, no es muy diferente a la del chorizo. Los discos mueven plata, los shows mueven plata, los derechos de autor mueven plata y las remeras que se agitan al compás del olé olá mueven... plata. Mucha plata. Cientos de miles. Pero sobre qué términos se mueve esta industria, quién se lleva cada porción de la torta y cuán justa es esa distribución, o... es sano que el futuro de la música quede en manos de las leyes del mercado. Y sólo en las leyes del mercado. En esta producción, el NO intenta develar algunos de los verdaderos motivos de esta guerra que no es sólo comercial sino también ideológica.

Cada disco (la unidad) le cuesta a una compañía aproximadamente nueve pesos, que luego vende a las disquerías a un promedio de 16 pesos cada uno y que el cliente compra a 26. Los músicos reciben en promedio un peso por disco vendido. Pero mejor dejemos que Alejandro Varela, presidente de EMI Argentina, haga las cuentas. “El costo real de un disco depende de cuánto venda. Si grabás con 30 mil pesos y vendés 30 mil discos, cada uno te costó un peso, pero si vendés mil, que es lo más común, cada uno te costó 30. Las disquerías suben mucho los precios, nosotros tenemos una fuerte carga impositiva que otras industrias no tienen y hacemos la distribución, la publicidad, y la difusión”. Bueno.

Lo extraño es que, según la misma Capif, mientras el mercado ilegal prolifera y hoy llega al 55 por ciento del total, la industria también crece. Si bien son casi la mitad de lo que eran en 1999, por primera vez las ventas superan los volúmenes de 2001. Entre enero y octubre de este año se vendieron más de 11.700.000 discos, que generaron una recaudación total de casi 218 millones de pesos, 55 millones más que entre enero y octubre del año pasado, aún con tantos “piratas” navegando por ahí. Como los músicos se quedan, como dijimos, con un peso por disco vendido, en ese mismo período se llevaron menos de 12 millones. La cifra es baja, pero es el porcentaje que aceptaron firma de contrato mediante, apurados porque sus temas roten en la radio y en la tele, promesa que los grandes sellos pueden cumplir, aunque no siempre lo hacen.

Martín Rea está involucrado en el negocio desde hace veinte años, empezó como cadete y luego pasó por algunas compañías. Hoy es productor independiente y dicta cursos para managers. “Ya no hay letra chica en los contratos, los músicos conocen el negocio, y si firman con multinacionales es porque en algún punto les conviene”, explica. “Compartimos nuestro negocio con los artistas porque sin ellos no habría nada y sería ridículo querer estafarlos”, agrega Varela.

Mientras los precios mayoristas de algunos productos aumentaron un 141 por ciento durante los últimos seis años, según el Indec, el precio de los discos sólo creció un 25 por ciento en el mismo período. “Antes te robaban. ¿Cómo podía ser que en el 1 a 1 un disco importado costara lo mismo que uno de acá?”, se pregunta Diego Lucente, músico y productor. Varela dice que en realidad la timidez del aumento tuvo que ver con los mandatos de la oferta y la demanda y con la pobre realidad socioeconómica del país. “Los precios están puestos para no perder plata”, asegura.

Las demandas

Repasemos: las ventas aumentaron, la facturación también. Sin embargo, a mediados del mes pasado, la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (Capif), que reúne a las compañías discográficas más importantes de la Argentina, demandó por daños y perjuicios a las veinte personas que ofrecieron más archivos protegidos por propiedad intelectual en todos los formatos, en programas de intercambio peer-to-peer como el Kazaa o el eMule. Según un estudio de la consultora Cuore Consumer Research, el perfil típico ubica a los uploaders como jóvenes de entre 20 y 25 años provenientes de clases medias altas, y altas. “Pueden comprar discos, pero prefieren robarlos en internet”, alega el director de Capif Gabriel Salcedo, mientras Varela, de EMI Argentina, atribuye el auge del mercado negro entre las clases altas a la cultura de lo ilegal que floreció en la Argentina hace algunos años, y que aún perdura. ¿Se referirá Salcedo al menemismo? “Si la gente paga por sus alimentos y servicios, ¿por qué pretende no pagar por la música?”, se preguntó el ex Soda Charly Alberti en apoyo a la iniciativa de Capif, a la que también se sumaron, entre otros, los chicos de Airbag, el productor multiéxitos Gustavo Santaolalla y León Gieco. Y todo a un peso por disco.

Aunque en principio imaginemos una batalla de los músicos y las compañías contra los usuarios de internet, desde el seno de uno de los bloques suena otra campana que divide las aguas y abre la polémica. “Quieren ponernos paranoicos con esta noticia, pero la bajada gratis de temas de internet es una costumbre que dentro de poco se va a transformar en ley”, es la profecía de Goy Ogalde, líder de Karamelo Santo, banda independiente que llegó de Mendoza en 1997 y encontró un circuito porteño cerrado en el que hubo que entrar casi por ósmosis. Si el mundo y el mercado de la música obedecen a las leyes capitalistas, entonces los consumidores también lo harán, y siempre querrán pagar menos por lo mismo o algo que se le parezca, como un disco sin soporte físico. “Si tuviera 17 años y veinte euros en el bolsillo no compraría un disco, me lo bajaría y con esa plata invitaría a mi novia al cine”, declaró Manu Chao durante su última visita a la Argentina, en una conferencia en FM La Tribu.

Con trato o sin trato

Una banda y su manager viven al fin el sueño de visitar las oficinas de un gran sello. El contrato, producto de largas negociaciones, reluce sobre la mesa y la birome apura a la mano. ¿Firmamos? Toda una elección. No es lo mismo resignar que delegar, o resistir. Muchos músicos piensan en off the record que históricamente los más perjudicados del negocio son los músicos que lo generan. Pero cuando se prende el grabador, prefieren echarle la culpa a la red. Goy incita a buscar cosas nuevas en internet “para encontrar lo que las tiendas y las multinacionales no estimulan”, porque hoy las nuevas propuestas están sujetas a los caprichos del sistema y, en consecuencia, del grueso del público. “Los empleados de los sellos no se juegan el sueldo en la banda nueva de rock sino en el último disco de Los Nocheros o Luis Miguel, así funciona la industria”, aclara Rea.

¿No hay otros caminos? Sí, es posible ser independiente y vivir de la música sin firmar con una compañía. La banda que realmente gana con los discos es la que graba con 10 mil pesos, hace dos mil copias y las vende a 10 pesos cada una. Así les va a Negusa Negast, Resistencia Suburbana o Aztecas Tupro, entre muchos otros.

¡Al abordaje!

Salcedo define la piratería como el acto de usar sin derecho obras ajenas. Ahí quedan comprendidas dos modalidades bastante diferentes: la de los que venden copias en la calle, que extrañamente no sufren persecuciones fuertes, y la de los que bajan temas con la computadora para consumo personal, que son los ahora cuestionados y que caen bajo la misma ficha de “piratas”.

No obstante, muchos músicos independientes se sienten iluminados por los downloads que a tantas bandas under no les vinieron mal. “La venta no se perjudica, nosotros en Europa vendimos 15 mil placas. El que quiera vivir de la música va a tener que tocar en vivo aunque no gane con los discos”, cierra Goy, en sintonía con las palabras de Manu Chao en La Tribu. “Si realmente te gustó un disco que bajaste, lo terminás comprando”, explica Pablo Otero, tecladista de Andando Descalzo, banda que vendió más de 6 mil unidades entre sus dos producciones independientes.

Pero esta misma discusión se da en todo el mundo. En abril de 2002, el músico y periodista español Ignacio Escolar publicó un artículo llamado “Por favor, ¡pirateen mis canciones”. En aquel entonces su grupo Meteosat integraba el 1 por ciento de las bandas terrícolas que logran vender 10 mil copias de un álbum. “Recibo apenas 80 dólares mensuales por la venta de discos, mientras que por cada concierto gano entre 90 y 350 dólares limpios. Son más rentables 100 mil fans piratas que 10 mil originales, y me satisface más saber que a alguien le interesa mi música que cobrar las bajas regalías que me corresponden. En pocos negocios el reparto entre los que aportan ideas y mano de obra y los que ponen el dinero es tan desigual”, describió. Escolar basó sus cuentas en una crítica al mercado discográfico que pronunció Courtney Love hace cinco años en la que denunciaba que, de los 273 mil músicos que hoy trabajan en los Estados Unidos, sólo el 15 por ciento puede vivir exclusivamente de la música.

Esto es: la verdadera perjudicada pareciera ser la industria, más que los músicos. Otero dice que si alguien compra un disco y le gusta, es común que se lo recomiende a un amigo, se lo preste para que lo grabe. “Después el que lo copió viene al show y se lo trasmite a otra persona. Ese boca en boca y la piratería fueron lo mejor que tuvimos en cuanto a difusión desde que empezamos.”

Para Salcedo, en cambio, decir “Pirateen mis discos” es contradictorio. “Si un músico es dueño de sus canciones y las quiere regalar, el que las baja no es un pirata. Sólo hay que a respetar a quienes prefieren compartir sus derechos con una compañía y cobrar por esas obras”, dispara. En este contexto, los avances de la tecnología refritan la cultura del single, vieja hermana del vinilo. Pero ni a Capif ni a los sellos les interesa abolir el intercambio de archivos por internet sino cobrar un peso por cada tema descargado a igual proporción de regalías y varias empresas ya trabajan para desarrollar esa alternativa lo antes posible, quizás antes de fin de año. ¿Cuánto de eso irá a los músicos y cuánto a las bandas? Las películas de piratas también se pueden bajar de la web.

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