Jue 20.07.2006
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PAUL VAN DYK, DJ NUMERO 1 DEL MUNDO

“Hay chicos que se mueren de hambre”

Nació en Alemania del Este. Fue técnico en noticias y carpintero. Colabora en Amnesty y en Greenpeace y dice que la pista de baile es un espacio democratizador. ¿Quién dijo que la electrónica no tiene discurso?

› Por D.J.

Con la edición del magistral The Politics of Dancing del 2001, Paul van Dyk se convirtió en uno de los DJs más populares del mundo, llevando al trance a su momento de gloria. Pero para este señor de buenos modales, sencillo y por demás simpático, nacido en la impronunciable Eisenhüttenstadt en 1971 (Alemania del Este), cualquier elogio hacia su música suena desmedido. Hijo de la pobreza, Paul pasó su infancia sin conocer a su padre y viviendo en un sótano apestoso, lindero a un depósito de basura, lejos de los grandes lujos que hoy se da el gusto de disfrutar como referente universal de la electrónica.

Su adolescencia fue una continuación casi lógica de su niñez, hasta que encontró en las radios clandestinas y en los discos de los Smiths una vía de escape a las penurias cotidianas. Las mismas que lo sorprendieron un 9 de noviembre de 1989 junto a su madre esperando durante cuarenta y ocho horas el papel que finalmente le permitiría partir hacia lo que él consideraba “la libertad”, mientras el Muro de Berlín comenzaba a ser un recuerdo imborrable y oscuro en la historia de Alemania.

“Cuando terminé con el colegio secundario, tenía dos trabajos: técnico en noticias, que tiene que ver por mi adoración por el periodismo, y carpintero, al que podría denominar más terrenal”, dice entre risas el DJ desde Berlín, su actual lugar de residencia, días antes una nueva presentación en la Argentina el próximo 20 de julio. Con el estigma de los que han sufrido en carne propia la postergación y la necesidad, Van Dyk no dejó de aprender, entrados los ‘90, los secretos del manejo de la madera, mientras algunas de sus mezclas ya empezaban a sonar en discos de su país. Y en eso andaba hasta que un amigo le recomendó meterse de lleno en el negocio de la música, porque ya se vislumbraba su talento y porque “no era bueno haciendo mesas” (risas).

Así debutó en 1994 con el disco 45 RPM, que lo colocó en la categoría de “secreto para pocos” en el ambiente house europeo, para consolidarse dos años más tarde con la edición de Seven Ways. A partir de ese momento comenzó un largo periplo como remixador, productor, activista político y trotamundos, llegando a ser convocado en el 2003 por el director mexicano Carlos Salces para musicalizar Zurdo, su opera prima. La aparición en el 2005 de The Politics of Dancing, Vol. 2 confirma la vigencia de un tipo que, lejos de la frivolidad, define su estilo como “un estado de ánimo”.

–¿Recordás cómo fue tu primer show?

–Sí, fue en el Tresor Club de Berlín en 1991. Estaba muy nervioso y me sentía shockeado por el simple hecho de que nadie te prepara para esa experiencia. Porque una banda de rock puede estar acostumbrada a tocar en un sótano o en un garage y hasta puede hacer shows en vivo para poca gente, pero el choque no es el mismo. Vos acá estás solo y pasás de hacer tu música en una habitación a encontrarte en una disco con casi mil personas dispuestas a que las hagas bailar. Y no podés fallar. Fue muy loco, pero la gente por suerte respondió muy bien.

–Después de tantos años de carrera, nuevamente ocupás el primer puesto del ranking mundial. ¿Cuánto te importan los reconocimientos?

–Recibir un premio es siempre un honor, y ocupar la primera posición también me hace sentir orgulloso, pero al mismo tiempo eso no cambia nada, no me cambia a mí. Soy un apasionado de lo que hago, amo mi trabajo, y siempre doy el ciento por ciento, y así seguirá siendo.

–¿Cuál es el principal objetivo una vez que estás sobre el escenario?

–Tengo una idea muy clara de lo que me gusta y trato de hacer los mejores esfuerzos para que el público comprenda lo mágico que tiene este tipo de música. Cuando estoy en el escenario puedo tener todo organizado, pero como los públicos son distintos lo que tenía armado puede irse al demonio y salir hacia otro lado; el que más me emocione en ese momento. No hay forma de dejar de apasionarse.

–¿Cuál es el secreto para que la electrónica no se vuelva predecible?

–Mirá, si amás la música electrónica tenés que entender su principal característica: la apertura. Siempre vas a encontrar nuevas influencias. Pero esto no pasa por ganar más o menos dinero, porque si te ponés a pensar en eso te metés en un circuito donde todo se vuelve comercial y predecible. Es definitiva: hacer música electrónica para ganar plata te vuelve predecible. Yo solamente tengo una idea y trato de llevarla delante de acuerdo con mi estilo, al que considero un estado de ánimo.

–En los últimos años, muchos músicos que cultivan la electrónica o el dance se presentan ante verdaderas multitudes, casi como estrellas de rock. ¿Cómo explicás ese fenómeno?

–Lo que sucede es que mucha gente ama la música electrónica y existe hoy una nueva generación que continúa buscando nuevas experiencias. Yo, cuando era adolescente, amaba a Madonna, pero hoy los chicos han crecido con otros referentes, entre ellos, la electrónica, que es un género que sigue desarrollándose y permite el ingreso de nuevos instrumentos. Pensá que la electrónica es la única música entendida como cultura global y que se alimenta de otras corrientes, algo que a veces no le pasa al rock.

–¿Por qué denominaste a dos de tus trabajos “Las políticas del baile”?

–Creo que cuando lo hice sólo quería llamar la atención de la gente sobre la manera de poder disfrutar de un club, porque la forma de bailar es casi la misma en todo el mundo. Y la música electrónica tiene la ventaja de pertenecer a una cultura joven y global, como si fuera una gran comunidad. En la pista de baile no te va a interesar si estás haciéndolo con un iraquí, un palestino o un japonés, porque la atención siempre está puesta en la música. Se trata de un asunto político y de aunar a mucha gente de distintas culturas. Esa es la política del baile. Ha quedado demostrado que la democracia es el mejor método para vivir en paz, pero hay que involucrarse, no alcanza con ir a votar.

–Colaborás con Amnesty Internacional, Greenpeace y otras organizaciones que ayudan a los niños en todo el mundo. ¿Qué te llevó a hacerlo?

–Creo que es necesario colaborar con este tipo de causas, porque aunque vos no te enteres hay chicos que se mueren de hambre y por maltratos todos los días y viven en un estado desesperante. Cuando tuve la chance de ir a Bombay me encontré con cosas que no voy a poder olvidar nunca, fue devastador para mí. Lo que vi en México, Africa y, especialmente, Bombay, me destrozó el corazón. Me fui inmediatamente al consulado alemán para pedir ayuda para esos chicos, que para el sistema están perdidos. Tratamos de ayudarlos con proyectos, pero es una lucha desigual. Los esfuerzos no alcanzan.

–¿La música tiene el poder de cambiar cierto aspecto de la realidad?

–Yo no diría “la música”, pero la popularidad sí puede ayudar a la gente. Es decir: cuando tomás como ejemplo a U2 te vas a dar cuenta de que si bien todas sus canciones no son políticas, sí lo es la banda. Y Bono tiene el poder de utilizar su popularidad para ayudar y molestar un poco. Ese tipo de cosas pueden hacerte feliz un rato, pero poner la cara solamente no va a cambiar nada, es muy difícil. Yo puedo tomar mi popularidad para que la gente vea qué es lo que pasa, teniendo como marco, siempre, la democracia. Mi lema es: “No esperes más, hacelo”.

–Si tuvieras la oportunidad de organizar la fiesta más grande del mundo, ¿dónde la harías?

–En Berlín. Porque después me iría caminando a mi casa (risas).

Paul van Dyk estará hoy en el pabellón 5 del Centro Costa Salguero. A las 22.

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