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Jueves, 3 de enero de 2008

EL LIBRO “RELATOS DEL AVE FENIX” (MEMORIAS DEL INFIERNO)

Cromañón, en primera persona

Especialista en medicina interna, rockero de la generación “Redondos”, hincha de Independiente, productor, conductor de radio, periodista y escritor: Mariano Comínguez fue a ver a Callejeros el 30 de diciembre de 2004, y sobrevivió de milagro (o, mejor dicho, por oficio de ex compañeros de residencia que lo encontraron tirado). Acaba de editar un libro por Editorial Dunken relatando en primera persona aquella noche demente, y va más allá de la escalofriante crónica: delimita culpabilidades y reflexiona sobre el estado de descomposición del rock. Aquí, extractos de ese “viaje sobreviviente del eterno retorno al 30/12/04”, como dice él.

 Por MARIANO C. COMINGUEZ

Un laberinto efímero

Un fantasma sobrevuela Once. No es igual que las noches previas. Todo está enrarecido, húmedo, carcomido. Entramos, subimos ya cansados de algo que no comenzó (¿o estaba terminando, así como así, como en un sueño?). Pero todos brillábamos en la oscuridad.

La neblina se viene de golpe, como una piña en la trucha, algunos charlando sentados, otros en pleno baile y goce gurú, la locura chinesca con velocidad de ciempiés de algunos para escalar las escaleras.

Cuando algo Distinto se enciende sobre el escenario, partimos intergalácticamente como dioses, con el estado de ánimo intacto. Somos todos uno, lamiéndonos y salando nuestras heridas. Miles de estrellas cósmicas y cometas acuden a nuestro regazo para impulsarnos hacia el abismo de ser uno en todos.

Pero la nave explota, apareciendo la celosa dama, hoy vestida más que de negro. Se acalla el universo. Golpeamos el piso. Nos invade una nube gaseosa, grasosa, fétida de muerte. ¿Algunos gritos? No lo sé. Remera a la cara y a ubicarse.

El aire se extingue, comprimido por calores derretidos de huesos. Sacamos a los pibitos. ¿Pero dónde mierda está la escalera? Nos ubicamos y bajamos reptando como serpientes, sin ver, sin escuchar, sin poder respirar. Es la muerte que te rodea. Sólo sentís caídas, empujones, piernas, brazos, manos, cabezas, tumulto y la pared, ésa del fondo. Ahí nomás, la salida.

Fotocopias en blanco y negro, el terror de morir en la cámara de gas preparada simple y llanamente por alguno de nosotros (la argentinidad).

Es la sensación completa de la nada, la sensación de que la vida no vale un centavo. Pero ese día la cobraban diez mangos.

Hay sombras y grises, flashes continuos de estos dos fenómenos, un cuerpo que se cansa, un hombro que se agota, los brazos pesan. “¿Cuántos sacamos?”, me preguntaron recién cuando pude volver a hablar. (...)

Gustavo Mujica

En ese bulo que nunca cierra sus puertas

¿Cuántos sacamos? ¿Quiénes son? ¿Están o no? Desde mi brazo extendido los busco y me buscan, según cuentan en la fábula de amigos y familiares. Subimos a la ambulancia, y seis personas, muertas o en camino al sepulcro, nos trasladan en chata hacia algo más seguro –al purgatorio–. Si me preguntan, no recuerdo. Para algunos colegas llego como la primavera con la primera bandada. Hay otros que no recuerdan. Seis en la chata. ¿Cuántos no respirábamos de todos nosotros? ¿Quiénes boqueaban? ¿Para quién el tren tocaba el silbato o sirena de partida? Al llegar al Hospital Argerich, según duendes y brujas, me reconocen por la cédula de identidad azul y federal con vencimiento, ya vencido como un jabón mugriento.

Los colegas me buscan al igual que El Barba y El Corneta del Subsuelo. ¡Menos mal que éstos no me tenían en sus programas! De pronto me abren los ojos ciegos, o muertos de espanto. Me reconocen, más allá del disfraz de muerte. Y sin dudarlo o lagrimear por un compañero, es ahí donde laringoscopio, tubo en el garguero, ambu... Y ¡¡¡arriba!!!

Estos son relatos que luego me contaron. Mientras mi yo o como lo quieran llamar estaba pacíficamente viviendo en gratitud con los suyos, con el mar y el bosque.

Si quieren, lo pienso y es fácil. Siempre lo hicimos: camillero, vía gruesa, ventilación por el tubo, los chicos de terapia esperando (noche larga... interminable).

¿Sabés lo que es jodido? No me acuerdo de nada. Todo es relato de terceros. Pero, a ver... Lo primero que recuerdo es la entrada de aire del lavarropas que me ventila, o intenta hacerlo. De pronto... a las 8, como había prometido, estaba la flaca a los pies, mirándome, preguntándose qué mierda había hecho o nos habían hecho. Pero estábamos los dos.

No falta el aire. El viejo “Drean” cumple tirando bocanadas de aire que me mueven la media sombra en los bronquios. Duele todo: desde el alma hasta un simple meo en el papagayo.

Hay recorrida de sala, y el clásico “vas a salir, tranquilo” de los colegas amigos y conocidos. Pero, en el fondo, no doy más... ¿Qué hago acá? Si estoy muerto, mientras paso las horas junto a los viejos, Juancho, amigos y hermanos del aguante. Pero pesan los mocos que no aspiran. Simplemente, pasa el 31/12/04. Ese mismo 31 donde fiebre, delirio, moco, dolor, miedo, tristeza, desolación, son compartidos con Connie. Al resto, la mirada del aguante que supimos aprender. Hay fiebre, mucha y quejosa. Molesta el tubo en la boca. Arde mear... “¡¡¡Aspírenme!!!” Me duermo gracias a mis dos amigos, fentanilo y midazolam.

(...)

Llegó la noche del 31/12/04. La terapista me dice: “¿Qué mierda hacías ahí?”. La respuesta falta. Es difícil hablar con un tubo en la tráquea. El ambiente se siente acomplejado con enfermeras colapsadas por la cantidad de pacientes, pasillos habitados como los castillos del siglo XVI. Pero no olvido el o uno de los mejores dichos... 23.50 del 31/12/04, “Negro, vamos a dormirte. Descansá, mañana es otro día.” ¡Puta madre! ¿Cuántos días, horas pasaron? ¡¡¡Gracias por dormirme!!! El último recuerdo sos vos, vida, mirándome, y yo viajando hacia la nada... ¡Feliz Año Nuevo! No sé si me escucha desde el infinito que es la frontera con la muerte. Es hora que pasen los familiares. Es hora de romper la piñata. Es la hora de partir dejando las migajas para encontrar el retorno... ¡¡¡Buenas noches y gracias!!!

La mosca en la sopa

El otro día, mientras preparaba el fuego para un asadito, se cerraron las puertas de la parrilla, y la pintura de éstas tomaron temperatura. Las abro y además del calor viene un espantoso, fantasmal y retrospectivo olor y aroma llenos de ceguera.

Nuevamente, como todos los severos días, revivo la masacre que los medios fascistoides se encargan de repetir y reavivar con chispazos todos los fines de mes.

Si no estuviste en la cocina, los blancos a los que apuntás son poco claros. Pero... ¿si estabas mirando desde hacía tiempo cómo esos satánicos monos revolvían la mosca en su sopa, hasta que estalló el polvorín...? Ahí las perspectivas cambian ciento ochenta grados aproximadamente; y, ahora, redoblando la apuesta, aparece el “somos chicos”, “nosotros no controlábamos los lugares”, y el famoso argentinismo: “¿Usted, señor? ¿Yo, señor? No, señor”. Pero a la hora de cobrar la teca hacían callejeras colas en Sadaic. Hasta metían la mano en algún cagadero de Constitución para tener el vento saqueado de la República.

Si nos plantamos sobre las diversas posturas, hay algo que es irreprochable para cualquiera: hubo gente a la que rescataron los vecinos mientras que la telaraña que se encontraba ahí no fue un sortilegio. Son ustedes, pseudo profesionales, que llenaron sus espacios vivos de muertos, ya que habían visto el techo noches anteriores y no evaluaron los riesgos potenciales que pudieran llegar a suceder y así solucionarlo (por ejemplo, no tocando, o yendo a otro espacio de rock).

Como alguien escribió una vez: “Tuviste un muerto en la puerta de tu casa, esa casa a la que vos te habían invitado y no hiciste nada por él...”, salvo algún sollozo por merca o vergüenza. Chicos: no los culpo desde el sentimiento. Los culpo, los culpo y responsabilizo por estar en el tablado y no definir ninguna situación preventiva.

Sigo preguntando: la gente disfrazada de azul, que se encontraba solamente donde ahora está el santuario, ¿en ningún momento previo pidió refuerzos o especuló que algo iba a suceder y no avisó preventivamente a bomberos? Yo estuve merodeando la zona por quince minutos, y había más pólvora que en Fabricaciones Militares.

Señores: la pirotecnia estaba “ya prendida” desde Plaza Once. No hay excusas. Y ahí nomás entro como un gil, una rata más aplastada por el sistema, del que todos mamamos y ayudamos pasivamente a construir a diario. ¡¡Háganse cargo ahora de sus falencias!! Desde la rata que saltó por el tirante, hasta las ratas bigotudas y antárticas de Balcarce, ya que a los azules los manejan ustedes.

¡¡Háganse cargo de su responsabilidad y de sus homicidios dolosos del 30/12/04!! La culpa no es del mendigo que fue a buscar a él y a otros. Es ahí donde les canto el “¡¡Quiero!!, pero, también, ¡¡¡quiero el retruco!!!”.

Contacto del autor: [email protected]

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