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Jueves, 3 de enero de 2008

CUENTOS BORGEANOS Y SUS CANCIONES DE AMOR Y DE MUERTE

“La muerte me rompe mucho las bolas”

Borges, Cortázar, Silvio Rodríguez, Nietzsche y Kierkegaard –¡a googlear ya mismo!– son algunas de las referencias conceptuales y compositivas de Abril Sosa, quien tuvo un buen año con Cuentos Borgeanos, banda que terminó siendo “soporte” de Beck y The Police.

 Por Cristian Vitale

“Siento que Borges escribía para mí, que yo solo puedo entender ciertas cosas... soy medio estúpido, ¿no?” Abril Sosa dice cosas así y cada vez que llega a las eses expira un silbido gracioso. Tiene los dientes paleta separados como los nenes de seis cuando pierden los de leche. Pero su ventanita es natural, o casi: dice que es porque de chico se comía las uñas todo el tiempo y desoyó la solución odontológica. “Me daba vergüenza ponerme aparatos, y así quedé. Pero son graciosos, ¿no? Cortázar tenía lo mismo”, resuelve. Vean: Abril Sosa tiene 26 años, hace seis que dejó de tocar la batería en la banda que lo largó al ruedo (Catupecu Machu), y otros tantos que está al frente de la que él mismo creó: Cuentos Borgeanos. Es chico, es rocker, vive en una Argentina minada de superficialidad y ya metió, entre diente y diente, a Borges y Cortázar.

Es una constante... para entrar al mini-mundo de Felicidades –tercer disco de la banda– falta que todavía hable de Nietzsche y de Kierkegaard. De Silvio Rodríguez y de Spinetta. De literatura y de música, en suma. Dice que muchas canciones no hubiesen salido así de no haber ojeado el tratado de la desesperación del filósofo danés. O los pasajes menos “prusianos” del soberbio alemán. “Yo creo que este disco es muy nietzscheano, muy instintivo y natural. Está hecho desde el corazón, desde el deseo real. Onda ‘ya no quiero preguntarme más’, viste. Es vivir, es soñar, es sentir las cosas”.

Y algo –mucho– de eso hay. Toda la lírica del disco destila un péndulo de sentimientos reales, vivenciados. Abril opta por el amor y no por el pensamiento. Abril prefiere el alma y no la razón. Abril se enfrenta a la muerte, la padece todo el tiempo, y el resto (Agustín Rocino, Diego López y Lucas Hernández) le pone música a este caos. “Es inevitable salirse de uno... las letras están llenas de cosas que tal vez entienda sólo yo, pero creo que representan a la humanidad. A diferencia de Spinetta, hoy estoy lejos de escribir poesía críptica, abstracta o elitista... eso no puede ser universal. ¿Por qué creés que Shakespeare fue un grande? Porque hablaba de amor y muerte, de sentimientos que no prescriben para el género humano”, dice. Un puñado de estas canciones, desgarradas pero audibles, sonaron en River, como previa de The Police y Beck. Porque a Cuentos, por esas cosas del destino, le tocó abrir uno de los tres recitales más importantes que hubo en el año rockero.

–Algunas canciones de Felicidades, Si despertás o Mil palabras, por ejemplo, rozan de cerca el tema de la muerte. ¿Cuánto tuvo que ver el accidente de tu amigo y ex compañero Gaby Ruiz Díaz?

–Lo de Gaby fue radical para mi vida. La letra de Felicidades la escribí dos semanas después de su accidente. Fue como hacerme cargo de la queja. La muerte me rompe mucho las bolas, pero antes mi visión era tomar este temor como un impedimento, una desazón... ahora es vitalidad. Tenés que aprender a bancártela, porque sos parte del dolor. Gaby me enseña todos los días la fuerza de vivir, del ser por el ser... me llena de vida.

Más claro queda en una frase que encierra el corpus pasional de este baterista devenido cantante: “Para ser feliz sólo debes entender que eres parte del dolor”, un principio ya latente desde Misantropía (el disco anterior), pero que esta vez es presentado con otro vestido: menos moño y más simpleza. “Misantropía era más hermético. Ahora, durante el proceso de composición, dejamos de sentir la necesidad artística de ser artistas originales, nuevos o raros. Creo que nos soltamos a hacer canciones y no enciclopedias o cuadros complejos. Tiene que ver con que soy muy autocrítico, soy de escuchar mucho lo que me dicen. Con Misantropía me decían: ‘Tenés que bajar un poco con la poemática... a veces no se entiende’. Al principio no lo entendía, pero terminé cayendo. ¿Sabés por qué? Porque soy muy fanático de Silvio Rodríguez.”

(Otro) rasgo atípico. Hace tiempo que el cubano dejó de ser referente para el rock argentino. A lo sumo se lo respeta pero, ¿idolatrarlo? “Yo sí –se manda Abril–; sólo él puede escribir una frase tan maravillosa como ‘un pacto eterno con la claridad solar’” (Leyenda). Hay más: el nombre del track 8 de Felicidades no puede ser más Silvio: Sortilegio. Y las primeras palabras de la canción, entremezcladas, remiten a una de las más bellas piezas del Silvio de los ‘90: Mariana. “Yo siempre quise ser Silvio... es más, me encantaría alguna vez componer como él. Su genialidad es, precisamente, escribir cosas profundas de una manera tan clara, capaz de hacer entender su esencia a todos. Silvio me emociona, me genera cosas con la vida.”

–¿Igual que Borges?

–Totalmente. Hay mucho prejuicio con Borges, viste. Le dicen facho, pro milico y demás, pero él estaba lleno de vida... Qué sé yo: todos somos un poco poliédricos.

La eses siguen resbalando y ya no hay más café. En un momento, Abril se frena y sentencia: “Esto parece una sesión de psicoanálisis”. Luego se acomoda el pelo, advierte que ya se chocó con mil paredes y se autodefine: “Soy un existencialista”. El grito tácito de Mírame, canción clave de Misantropía –que Catupecu suele versionar en vivo– reaviva la llama “Cuesta más si sos un soñador”. “Ojo, yo no me tiro en el piso a soñar, más bien voy en busca de un sueño al que por ahí llegás a los 90 años, cuando estás frito. Mi cabeza hizo un click con Nietzsche: cuando uno logra entender la tristeza y la muerte, la vida tiene otra cosa.”

–¿Por qué las canciones suenan más simples que en los discos anteriores?

–Tuvo mucho que ver el productor (Pablo Romero). El vino a entender qué le faltaba a la base rítmica con respecto a cómo tengo que cantar un tema... Entendió eso y para nosotros fue crecer. Unió los caminos, que es básicamente la función del productor, algo muy diferente a lo que hizo Gaby en Misantropía, que estaba más relacionado a la cuestión técnica más que artística. En éste, donde había samplers, ruidos o notas raras, pusimos una nota... la mayoría de las canciones tienen una línea de guitarra y de bajo. Eso, más un toque de batería simple, basta para generar una linda armonía. Esta es la clave de la música y así empecé a entender a U2, a Calamaro, a Lennon. Igual nos llegaron algunos mails muy graciosos, parecidos a cuando empezamos a ser conocidos con Catupecu... “Ey, se vendieron”, esa cultura que marca que si tu música pasa a ser más popular, pierde valor. Buscamos ser pop, ser populares y hacer canciones para todos, ¿cuál es el problema?

–Fernando Ruiz Díaz suele invitarte a tocar en los vivos. ¿Igual te sentís un ex Catupecu?

–No. Es algo muy raro: a Fernando lo conozco desde que yo tenía 12 y él 24. El venía a la noche a buscarme para andar en bicicleta hasta la plaza de las seis esquinas de Devoto... ¡y yo le daba consejos de amor, siendo virgen! Ese vínculo no se puede romper jamás, por más que no forme parte de la banda. Definitivamente, no me siento un ex Catupecu.

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Imagen: Carolina Camps
 
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