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Jueves, 12 de marzo de 2009

ROSARIO BLEFARI HABLA DE CALENDARIO, EL DISCO EN EL QUE SE ANIMO A RETRATAR LAS RELACIONES AMOROSAS

“Cualquier canción de amor es un grito”

La ex cantante de Suárez se cansó de tener que esperar a que su banda procesara sus nuevas composiciones antes de llegar al estudio y decidió patear su propio tablero: así nació Calendario, un disco con doce canciones fresquitas, grabadas sin batería, en las que, dice, ahora puede cantar “te quiero” sin que le parezca una bobería romanticona.

 Por Julia González

La determinación de Rosario Bléfari de no esperar a nadie para grabar Calendario, su cuarto trabajo, habla de su personalidad, que parece dibujar a una nena encerrada en el cuerpo de una mujer. Y, aunque a simple vista su naturaleza delgada suponga debilidad, ella tiene la fiereza de las bestias que no encaja con ese tópico color de rosa. Bléfari aporta a su aura cierta delicadeza y a partir de allí intenta vengar el hecho de que a las mujeres nunca se les da el papel protagónico. Lamentablemente, el llamado sexo débil nunca pasaba al frente en las historias que ella leía: los héroes eran hombres, no había heroínas; las damas sólo acompañaban. Entonces decidió cambiar sumisión por acción. “Siempre me gustaron las heroínas que cruzaban un poco esa raya”, confiesa. “Incluso en otros rubros, con artistas como Tita Merello, que eran mujeres en un mundo mucho más de hombres que el que tenemos hoy. Y sin embargo llevaron su arte y su capricho adelante.” Desde chica, la ex cantante de Suárez se sintió atraída por los personajes femeninos que irrumpen con descaro en ese mundo masculino. Para ella era normal tirarles con la gomera a los zorzales que se comían las cerezas del Bariloche de su infancia, perderse en los bosques o tirarse de un cantero. Eran comportamientos casi de Tom Sawyer o personajes varoniles por el estilo, como el John Singer que Carson McCullers creó en El corazón es un cazador solitario, y por el que Bléfari enseguida se sintió atraída. “Se supone que el rock es como con los autitos, subirse al árbol y todo eso”, compara Bléfari. “Siempre fui a colegio de monjas, o sea que siempre nenas, no tenía varones, no había... Empecé a tener relación con varones cuando empecé a ir a bailar, en la pubertad. No tenía ninguna experiencia, ni de tener un amiguito. Nada”, dice.

–Un universo sólo de mujeres.

–Sí, sí, horrible. Además, era medio varonera. En Bariloche tenía un espacio para ese lugar varonil. Aunque no lo veo varonil, y trato de explicarle a mi hija, que se pone loca con que “esto es para hombres y esto para mujeres”. A ella le gustan más las cosas que son “para hombres”, entonces se hace un quilombo. Le digo: “Sos mujer y también pueden gustarte los autos. Mirá, ahí va una mina manejando, allá va otra, por ahí diseñan autos las mujeres”. Trato de explicarle todo eso porque le chifla. A mí me pasaba eso. En un universo de mujeres, como puede ser un colegio de monjas, los roles masculinos y femeninos se reparten como en una obra de teatro, y tenés que hacer de varón, por ejemplo. Entonces hay un montón de cosas de los gestos varoniles, o lo que puede ser una relación con la naturaleza más bruta, por llamarlo así.

–¿Y qué personajes femeninos te gustaban?

–Había pocos. Me acuerdo de que me encantó El corazón es un cazador solitario, donde había un personaje femenino. Después eso me pasaba con todas las novelas que empezaba a leer. Me gustaba mucho Stendhal, pero los personajes eran todos masculinos y las todas chicas eran la tía, la novia, por la que mataban o por la que morían los protagonistas varones. Sí, todo divino, pero la mujer no hacía nada, se aburría. El personaje femenino era adorado o perseguido, pero no hacía nada, no tenía acción. ¡La acción la tenían siempre los varones! Entonces ése es el dilema: soy una mujer y me quiero como tal, no es que soy un varón atrapado en el cuerpo de una mujer (se ríe). Pero me gusta treparme a un árbol y me gustaría que en la novela haya una heroína. Igual, ningún problema, me identificaba con el hombre. Naturalmente me sentía más Julián Sorel que la tía, porque era más divertido lo que le pasaba a Julián: quería ser el protagonista.

Tal vez no haya actitud más independiente en la carrera de Bléfari que la de haber grabado Calendario, en la calle desde el año pasado. La ex cantante de Suárez le dio una patada al tablero y grabó ella misma todas las canciones a piacere, sin ese peso que es grabar primero las baterías, después el bajo, luego las guitarras, las voces y por último todo el proceso de mezcla y masterización. Esta cantautora, actriz y escritora, que con su banda anterior fue emblema de la independencia, sigue por la senda del “hacelo vos mismo”. Su debut solista fue en 2002, con Cara, y dos años después sacó Estaciones, de canciones diáfanas y limpias, acompañadas por esa lírica tan dramática y afectada que ya es marca registrada de esta mujer del rock. Misterio relámpago apareció en 2006 y trajo un aluvión de temas perfectos para ser tocados con la banda en su esplendor. Ese tercer trabajo fue algo más ruidoso, distorsionado y pop que Estaciones, con las canciones que respetaban cada célula reconocible del rock o el punk. Pero no es extraño: todos los discos de Bléfari se diferencian en el sonido y en cierta visión conceptual, característica que hace que cada obra cierre redondita, y que seguramente, por algún rasgo particular, sea distinta a la próxima.

Tampoco es casualidad que Calendario se llame como se llama. “Quise hacer mi propio calendario, ya que Julio César nos dejó el suyo, intentar armar mi propia cuadrícula y hacerlo a mi tiempo sin dependencias externas. En este caso tomarme mi tiempo fue no esperar, no ser demorada por causas externas, en la medida de lo posible”, explica. Hasta hoy, Bléfari tuvo una continuidad de dos años entre la salida de los discos. Ese tiempo era el que les tomaba a los integrantes de su banda aprender las canciones, ensayarlas, apropiárselas y luego grabarlas. “Generalmente todos esos tiempos no tienen nada que ver con la música, son cosas de cada persona con la que trabajás, de su estado de ánimo, de su humor... Entonces tiré todos los temas que tenía, los dejé para el disco de 2010. Algunos, como Intacto, sí iban a estar, pero el resto pasó al siguiente.” A la cantante le gusta estar a tono con la vigencia de sus temas, que no se le pasen de moda a ella. Por eso mandó al tacho todas las canciones que eran para ser tocadas con toda la banda, y grabó otras nuevas.

Calendario, entonces, contiene doce canciones frescas, recién compuestas, registradas sin batería en el afán de no depender de todo lo extramusical que se cocinaba en el seno de su banda de entonces. Primero se alejó la bajista Andrea Di Nápoli: llegaba tarde a los ensayos y eso no sólo llenaba de ansiedad a Bléfari, que quería tocar sus canciones más recientes, sino que también dilataba los tiempos de grabación del disco. Además, después de una recordada presentación en Casa Brandon donde el artífice del nombre de su ex banda (y marido de la cantante), Fabio Suárez, tocó el bajo, cayeron los fantasmas de aquel primer amor. Ella tuvo que dar más de una explicación. Y por último, porque las cuestiones humanas o personales no le interesan cuando de canciones se trata. “Ya cuando estábamos en Misterio relámpago se acumularon muchas canciones. Tenía ganas de tocarlas y siempre estaban esperando su turno. Eso fue el detonante de este disco, que es onda ‘bueno, a ver qué canciones hay’. Y hay toda una fila de canciones detrás, porque tengo que esperar a las que siguen y después esperar a grabar el año próximo este tema que hice hoy”, cuenta.

–¿Cómo fue volver a tocar con Fabio?

–Fue lindo, pero difícil en esta situación en particular que él entró a tocar. El se moría de ganas de tocar pero, al mismo tiempo, tal vez no era la situación ideal para que tocara. El la pasó re bien. Es más: se quedó con ganas, porque después se disolvió todo. Tal vez después haya otra situación nueva... El error mío fue traerlo a esa situación; me parece que hubiera sido mejor volvernos a encontrar en una situación nueva. Igual entre nosotros estuvo todo bien, fue lindo revivir algunas cosas de cómo era la banda. Me hizo extrañarlo mucho. O sea, cuando toqué con él, me pasó que extrañé a los demás. Venía Fabio a ensayar y la relación que tenía con los otros se nublaba porque venía él. Y al mismo tiempo, cuando venía él, venían el fantasma de Diego (Fosser) y Gonzalo (Córdoba) también. Como que los extrañaba. No sé, fue un quilombo, me sentía rara, todos nos sentíamos raros. En realidad, el que menos raro se sentía era Fabio, porque para él era algo nuevo, porque se metía en una casa nueva y yo ya estaba ahí con la situación. Supongo que también habrá sido fuerte para los chicos. Tal vez yo no me doy cuenta porque él era mi marido y al mismo tiempo era de Suárez. Era Suárez, Fabio Suárez. Y yo viví todo lo de Suárez sin darle mucha importancia, pero para Pablo (Córdoba), que había tocado en los comienzos de Suárez y que era alguien muy cercano a Fabio y a mí, debe haber sido raro. Ahora venía el Fabio de hoy, pero supongo que también vendría un poco el Fabio del pasado. No sé, mucho quilombo.

El factor tiempo, se ve, es clave en Calendario, cuyo arte está formado por doce pinturas (tamaño CD) de Matías Perego, que retratan las situaciones de las canciones. Una curiosidad del disco es que el cineasta Martín Rejtman (quien dirigió a Bléfari en la inconseguible y ya de culto Silvia Prieto) toca la flauta dulce. El aspecto teatral de las letras es algo que la cantante trabajó en Calendario, partidaria de que en las canciones hablaran otras voces. “Quería que la canción no fuera la ideología del autor. Está buena la posibilidad de que la canción pueda presentar otros personajes”, dice. Para esto se basó en la Teoría del cielo, un libro que escribieron Arturo Carrera y Teresa Aguijón, que consiste en acostarse a dormir bajo el cielo de otros artistas, sentir esas influencias y hablar como si fuera otro. A partir de una idea que Roland Barthes llamó biografema (unidades mínimas de biografías de artistas construidas sobre la base de los trazos que dejó el mismo biografiado, como obras, cartas o entrevistas), Bléfari tomó prestada esta imagen y dispuso su potencial de actriz para sentir como cualquier otro. “Aunque lo pensé de ese modo, la gente interpreta cosas diferentes. Por ejemplo, había pensado que el que hablaba en Reservado era un hombre, pero es terrible la flecha de la identificación”, sentencia.

–La letra de esa canción parece la declaración de amor a un chico, habla de cosas que tienen que ver con la infancia. ¿En qué momento personal estabas para escribir algo así?

–Supongo que tiene que ver con la inmadurez sentimental o emocional. Otra que la infancia, es casi de bebé: “Quiero todo y cuando no lo tengo, lloro”. Son canciones que piden, reclaman, se encaprichan. En el caso de Reservado, es el colmo de... La pensé desde el personaje que habla, alguien que quiere que el mundo se adapte a lo que necesita, no está experimentando nada. Me parece hasta incorrecto, su cabeza está psicológicamente incorrecta. O sea, tenés que vivir un poco, no estar esperando a una persona determinada que creés que es parecida a vos y pensar en cuando la encuentres. ¡Es un disparate! Tenés que conocer gente, ver cómo es, pasar por un desengaño, tenés que enamorarte. No sé, le diría eso a alguien que me viene con que se está reservando para alguien. Es una demencia, no está bien. Es medio frustrante, es una exigencia. Pinta algo rosa, pero en realidad es una patada, es un bajón. No sé, no te reserves nada. ¿Cómo te vas a reservar? Vas a morir: el que se reserva, muere.

Cuando era más chica, cuenta Rosario, le costaba más escribir canciones de amor tan directas, por el prejuicio de que si se es nena, se habla de romanticismo y de la boludez de estar enamorado. Por eso, de alguna manera se las rebuscaba para camuflar el inevitable tópico amoroso. “Las canciones de amor son infinitas”, se planta hoy. “Podría decir que todas las canciones son de amor. Hasta la que habla de protesta o política esconde ese sentimiento. Porque termina siendo un recipiente posible, una excusa para hablar de la muerte, del miedo a la vida, a la imposibilidad de vivirlo todo. Siento que ahora puedo darme el lujo de entregarme al tema amoroso, tal vez por ser más grande. Cuando era más chica, la mirada por ser mujer era muy severa. Hablar de esos temas podía ser visto como romanticón o una pavada. Antes ni se me ocurría. Pero noto que la forma de presentarme cambió y podría cantar ‘te quiero’ de una forma más libre y a los gritos”, dice. Y, sacando a relucir esa ternura de nena, sonríe para explicar lo que se entiende al escucharla cantar: “En realidad, cualquier canción de amor es un grito”.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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