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Jueves, 8 de abril de 2010

ANA Y MATEO, DE NATURAL ARPAJOU, GANO EL 32º UNCIPAR

Demasiado ego

Semillero de firmas que amenizarán otros festivales y tal vez lleguen a la pantalla grande (Celina Murga, Ariel Winograd y Pablo Parés, por ejemplo), este encuentro puso en evidencia el incremento de la autorreferencia.

 Por Luis Paz

Desde Villa Gesell

Es Semana Santa y, mientras las familias católicas del país entregan su hígado al chocolate, en Mar del Plata se celebra el Congreso Nacional de Ateísmo y en Villa Gesell otro credo, con sus pastores, textos sagrados y ceremonias, se reúne en torno del festival Uncipar 2010: los realizadores independientes de cortometrajes. Martín Piroyansky es uno de los fieles, conocido por su participación en el programa Magazine For Fai, la novela Amas de casa desesperadas y las películas Excursiones y XXY. Está sentado en el patio de Benita, un bar de la costanera gesellina, temblando de frío y admitiendo: “Amo y odio a los directores, igual que a los actores. Pero hay tanta genialidad y pelotudez en el ambiente que todavía no decido”. En el bar, otros directores se miden con silencios, buscando dar forma a sentencias suntuosas; o discuten lo fiel del HDV, los 16 mm y el Súper 8.

Semillero de firmas que amenizarán otros festivales y tal vez lleguen a la pantalla grande para renovarla con proyectos reconocidos (Celina Murga, Gustavo Taretto y Pablo Parés participaron en ediciones anteriores), este Uncipar 2010 puso en evidencia, según la productora del corto que ganó el Primer Premio Nacional, Ana y Mateo de Natural Arpajou, una cuestión que atenta contra el futuro mismo del cine argentino: “El ego es cada vez más grande y, por ende, también lo son las boludeces que escuchás. Es cierto que el jurado no prestó atención a cortos muy buenos, pero hubo muchas cosas lindas desde la estética, sin historias que contar”, editorializa La Productora Anónima, que prefiere mantenerse así, por capricho y desconfianza a la prensa, en ese marco de brindis, críticas y vestuario importado desde Palermo Hollywood al Uncipar en Villa Gesell. Y no por falta de ego, claro, sino por estar algo excedida de alcohol y no querer que su nombre quede manchado con un lamparón color borravino.

El fogón en la playa, programado para el sábado al final de la jornada, quedó suspendido por la crecida del mar y la llegada de un frente frío, pero Pablo (o Diego, ni él decidía cómo llamarse) quiere que los cineastas lo acompañen al boliche Km 20, para mostrarles su mundo. El no dirige, ni escribe, ni actúa: es soldador para YPF, vive “cerca de la villa, pero no en la villa”, y se acaba de comprar una moto con lo que le cobró a la ART por un accidente con una amoladora. Algunos directores lo escuchan, ríen y comentan entre ellos, pero ninguno lo acompaña. ¿Bailar cumbia? ¡Herejía!

Pablo (o Diego) se va como llegó, sin entender de HDV, de 16 mm ni de Súper 8. Pero antes saluda a Piroyansky, más por conocerlo de la tele que por saber que ganó la mención especial a Mejor Actuación Masculina por Un juego absurdo, de Gastón Rotschild, uno de los dos cortos que protagoniza. El otro es No me ama, su segunda obra, una road movie filmada en Uruguay en la que, con recurso al humor y una gran construcción de guión y personaje, cuenta el momento en el que un pibe se da cuenta de que su piba no lo ama.

Las problemáticas jóvenes fueron cenitales en la 32ª edición de Uncipar, el festival de cine independiente más longevo del país, con cortometrajes nacionales con subtítulos en inglés; y otros serbios, suizos e iraníes sin subtitular. Entre las propuestas mejor recibidas por las tribunas del cine de la Casa de la Cultura de Villa Gesell (donde Claudio O’Connor tiene una Silla de Honor por la contribución cultural de Hermética y O’Connor) están Tercerizado (de Ezequiel Mársico), una suerte de El método Grönholm, pero de comedia; Feliz Navidad (de Marcelo Pitrola y Ezequiel Yanco), que juega con la tensión entre un cincuentón y un pibe de la calle; Un paciente en disminución (de Damián Slipoi), una lograda comedia negra sobre la ética científica; y Distancias (de Matías Luchesi), una buena alegoría sobre las parejas jóvenes con hijos.

En animación, On Line (de Federico Santillana) se llevó, en poco más de dos minutos, los aplausos de la sala, pero perdió en la premiación con Copia A (de Pablo Díaz y Gervasio Rodríguez), seis minutos de metacine, práctica de lo más común en la mesa del bar: si, en los festivales de rock, los músicos hablan más de comida, chicas del público y hasta del clima que de música, en éstos no se charla sobre arte, política o sexo. Los cortometristas hablan de cine (o de instrumentos para hacerlo) y el jurado premia hablar de cine. ¿Eso es ego, complejo de inferioridad, excesivo amor propio, o qué? Los directores no concuerdan.

Sí admiten que hay estéticas agotadas, como el relato futurista sobre la pérdida de la condición humana, los cambios de rol en el hogar, la viveza de los nenes. Y, narrativamente, lo mismo: mucho final abierto, anécdota y poco concepto. O de eso, al menos, se quejan Slipoi, Piroyansky y La Productora Anónima cuando piensan en el futuro del cine de corta entrega. Desde la mesa de al lado se suman algunos a la ronda de vino, humo y cine. Ninguno ve Showmatch. Pero ninguno, tampoco, vio Logorama, el corto de animación que acaba de ganar un Oscar. ¿Demasiado ego?

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