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Jueves, 20 de junio de 2013

LOS DIBUJOS ANIMADOS SE PUSIERON FLASHEROS

De regreso a la fantasía

Colores en alto contraste, formas raras, humor grotesco, amígdalas extirpadas, pedos, culos peludos, noños y el cuelgue sustentable; del Gato Fritz a Finn y Jake de Hora de aventura, cómo crecer limando cartoons para bebés y niños.

 Por Hernán Panessi

Algo pasó, de un tiempo a esta parte, con el mundo de los dibujitos animados. Las nuevas generaciones de cartoons cayeron, como Astérix el Galo, en una olla repleta de poción mágica, que bien podría ser ácido lisérgico. En un tendal que une a Ren & Stimpy con Hora de aventura, el público objetivo de este tipo de productos devino, sobre todo, en adolescentes barbudos y adultos criados a fuerza de rayos catódicos. Hoy son furor entre los grandes y los chicos los cartoons lisérgicos. ¿Qué son? ¿De dónde vienen? ¿Hacia dónde van? La respuesta más aproximada probablemente esté en el consumo germinal de quienes ahora son formadores de opinión: las nacidos entre los ‘80 y ‘90. Por cierto, las mediciones de audiencia en Estados Unidos muestran que el mayor público del canal Cartoon Network, por ejemplo, está en la franja de entre los 18 y 39 años. En nuestro país, aquellos jóvenes cultores de la revista Lazer, el Club del Animé, las consolas de videojuegos y las tardes de Magic Kids son, ahora, quienes mueven el pulso de los medios masivos de comunicación y, principalmente, de esa gran máquina replicadora que son Internet y sus redes sociales.

La lisergia tiene distintas arterias de acceso: mientras los más chicos se prenden al estallido de colores y de guiones sin sentido, los grandes se enganchan con las referencias poperas, triperas y descerebradas. Los cereales con leche y las volutas de humo acompañan mañanas, tardes y noches de estos espectadores. Las referencias retro, los ganchos generacionales y los roces con ciertos menesteres de la adultez –edulcorados a puro ¡crack! ¡bang! ¡boom!– son algunas de sus mejores armas. También el apelo a la nostalgia e incluso la nostalgia-de-lo-no–vivido terminan siendo factores cautivantes. De esta manera, y de muchas otras, la resonancia extraña de las modas, sumada a la presión social del hipsterismo contemporáneo, catapultó a Hora de aventura hacia el espacio sideral, convirtiéndolo en el referente natural de los cartoons stoner. Entonces muchos tópicos de alto voltaje quedan camuflados bajo un manto de delirio y cultura pop. ¿Y la censura? Como siempre: actúa, corta, cancela y dispara. No obstante, la figura del adultescente –tan presente en estos tiempos, tan cosmogonía Judd Apatow– sujeta las velas de los dibujitos pensados para adultos. Que les gustan a los chicos. Que les gustan a los grandes. Que les gustan a todos.

¡Crack!

El primer ladrillo del cuento lo puso Ralph Bakshi en 1972 con El Gato Fritz, película de animación basada en un comic de Robert Crumb en el que un felino antropomórfico exploraba algunos ideales hedonistas. Se cogía a todo lo que se movía. Por su parte, la Warner Bros, con el conejo Bugs Bunny a la cabeza, sirvió como colador de ideas adultas: referencias políticas, sexuales, sociales, humor negro. Dos cositas: ver el episodio “Rabbit of Seville”, donde Elmer el cazador se vestía de mujer para casarse con Bugs y, también, buscar en YouTube “Herr Metes Hare” para toparse con el conejo más famoso de todos lookeado de Joseph Stalin.

Asimismo, en la década de los ‘80, se dio una explosión de los colores como estética: Los Ositos Cariñosos, Mi Pequeño Pony y Rainbow Bright. Arco iris, arco iris y arco iris. Referencias homosexuales, psicodelia y un crisol de colores intensos, calidoscópicos, como surgidos de un cartoncito de LSD. O toda esa mitología curiosa que existe alrededor de Los Pitufos, que va desde la magia negra y el oscurantismo medieval hasta el comunismo y las representaciones del Mal. Por eso la que sí va es señalar a Jem and the Holograms, recogida como icono pop casi treinta años después de su estreno en televisión. Remeras con su rostro acompañan pieles de señoritas de Palermo. Es que, sujeto a esa misma lógica, han vuelto los ‘80 en forma de consumismo pop. Según el crítico británico Simon Reynolds en Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado: “Vivimos en una era del pop que se ha vuelto loca por lo retro y fanática de la conmemoración”. ¿Y los cartoons lisérgicos? Meramente inspiracionales, casi de consumo irónico.

¡Bang!

La última década del siglo pasado fue el período de mayor explosión de los cartoons lisérgicos. La casa madre Cartoon Network, que este año sopla 20 velitas, revolucionó el mundo de los dibujos animados a través de Genndy Tartakovsky –creador de El Laboratorio de Dexter–, Craig McCracken –Las Chicas Superpoderosas– y Van Partible –Johnny Bravo–. A esa tríada de realizadores se le sumó más tarde John R. Dilworth, con Coraje, el Perro Cobarde. Estas fueron épocas fundamentales para la incorporación definitiva del adulto frente a canales que se presuponen infantiles. La masificación y democratización del videocable puso en el eje a todos estos productos vistos desde una óptica lúdica. Incluso dice la leyenda que Craig McCracken dibujó por primera vez a Las Chicas Superpoderosas pensándolas para que fueran “un éxito entre universitarios veinteañeros que fuman marihuana”. Dicho y hecho. A propósito, Pablo Zuccarino, gerente de programación de Cartoon Network, dice: “En el caso de Cartoon Network, nuestra programación resuena en esos adultos que disfrutan de nuestra personalidad y conectan con valores que integran el ADN de Cartoon Network, como la frescura, el humor, la audacia, la capacidad de tener una mirada fresca sobre las cosas, de preguntárselas como lo hace un niño”.

Sin embargo, fue Ren & Stimpy el dibujo encargado de plantar la semilla, sembrar el cultivo y fumarse todos los antecedentes para la existencia de programas venideros. Y pese que ahora no están –tanto– en el aire y la semántica del recuerdo siempre tira para donde le parece, existe Internet para revivir aquellos mocos, pedos y tostadas en polvo tan características de John Kricfalusi, su creador. Dato: en 1996, Nickelodeon canceló el show por baja audiencia infantil, ya que la mayoría de los seguidores eran adolescentes y adultos. ¿Cuál era el gancho que los seducía? El humor corrosivo, grotesco, satírico y violento. Así las cosas, todos los palos a la cultura basura norteamericana hicieron de Ren & Stimpy un programa de culto. Comentan los más conservadores que este envío incitaba al desaseo y al asco. Lo interesante: uno de sus personajes más recordados es Olorín, una flatulencia que tomaba vida.

En la misma vereda que Ren & Stimpy caminaba La vida moderna de Rocko, uno de los primeros Nicktoons (caricaturas producidas por Nickelodeon Animation Studios). Esta tira fue, a su vez, germen para la existencia de Bob Esponja, ya que en ambas producciones trabajó el animador Stephen Hillenburg, y hasta pueden verse paralelismos entre sus personajes y devenires. En La vida moderna de Rocko, otro de los súmmum del cartoon lisérgico, Rocko, el wallaby australiano del título, vive aventuras deformes junto a sus amigos. Nunca faltarán las insinuaciones sexuales, los testículos, los pezones y los pechos. Tampoco las parodias a ciertos gestos sociales. Por aquello se convirtieron en furor vía Nick at Nite, la sección nocturna de Nickelodeon. Por consiguiente, a la sazón, quienes degluten este tipo de animaciones lo recuerdan con una mueca de cariño.

Aquí, La Gran Bestia Pop se llama Bob y es una Esponja. Sin dudas generó un antes y un después. Introdujo de un roscazo el concepto de lisergia tierna. Bob Esponja transita un humor diferente, radicalmente efectivo: es ñoño sin serlo. Convertido a la fama mundial, supo también saborear las mieles del fracaso: fue levantado de Nickelodeon en 1999. Aunque, al año siguiente, metería picos de más de 10 millones de espectadores por emisión. Grandes y chicos. Y como el mundo opera con dualidades, la vereda de Cartoon Network paró a Mansión Foster para amigos imaginarios en la senda de la droguita naïf: unos pibes –que podrían ser cualquier sobrinito, cualquier hijito, cualquier vecinito, cualquier huevón– piensan un mundo donde unos monstruos imaginarios toman vida. Sin lo rutilante de la esponjita amarilla, la estrellita rosada y la ardillita inteligente, Mac y Bloo le ponen el pecho a la ternura narcótica de una amistad imaginaria.

Y existen, claro, los anclajes locales. Hubo, por esos años, incluso en nuestro país, algún atisbo en realización: “Nosotros tuvimos a Alejo y Valentina que, desde el feísmo, le sumaba contenido. Pero prefiero a Mercano, el Marciano porque llamó la atención y fue precursor con un protagonista incorrecto, con su lenguaje ininteligible”, dice al NO Raúl Manrupe, autor del libro Breve Historia del Dibujo Animado en Argentina. ¿El primer antecedente? Mac Perro, del dibujante Carlos Constantini, ese que anunciaba, entre otras cosas, la finalización del horario de protección al menor y que –según Manrupe– “fue algo que intentó separarse de lo habitual, en el filo de los ‘60/’70”.

¡Boom!

Parecen cualquier cosa menos un tipo y su mascota. El humano no tiene nariz. Y su mascota se deforma, engoma y estira como plastilina, invitando a formas improbables al son de sus propias patas. Adoptados como emblema por el movimiento hipster, divulgados infinitamente por la viralidad cibernética, Hora de aventura son unos dibujitos creativos, poéticos y humorísticos. La sobreabundancia de influencias hizo de este producto la gran referencia en cartoons lisérgicos. “Aparte, los dibujos son simpáticos. Modernos, pero a la vez con algo de muñeco de peluche. El hecho es que se venden los peluches. Son los típicos dibujos que sorprenden al adulto al pasar frente a la tele cuando sus hijos o hermanitos lo están viendo”, desliza Manrupe. Hora de aventura, cuya canción de apertura ya repiquetea como ringtone en mil y un celulares tan sci-fi como hi-tech, se centra en dos amigos (que son, asimismo, hermanos adoptivos): Finn, el humano, un adolescente de 13 años, y Jake, un perro con poderes mágicos. Muchos la apuntan como el reemplazo a la aburguesada que pegaron Los Simpson.

Con algunos momentos de animación supremos, Hora de aventura capitaliza su revuelo en fans pequeños y adultos. “Hora de aventura es nuestro prime time”, dice Zuccarino. Basta con pararse en la puerta de cualquier tienda de historietas del país para ver quiénes y cuántos son los que preguntan por productos ad hoc. Por caso, Adrián Ruibal, dueño de Planetary Toys & Comics, comercio donde otrora estaría afincada la mítica comiquería Camelot, apunta: “Hora de aventura es una de las series más populares. Vendo mucho sus muñecos y sus peluches a personas de todas las edades. Creo que tiene que ver con lo tierno de sus personajes. Pasa que llega a todo el mundo”. Desde Cartoon Network aseguran que “pese a que algunos de nuestros shows son del agrado del público adulto, nuestro foco está dirigido a los niños de 6 a 11 años, que son nuestro principal target de audiencia”.

La vagancia para en la esquina, en la plaza y en el bar pero, también, en el yugo vertical de los televisores de tubo que se resisten a morir o en el líquido que contienen los plasmas y LCD de últimas generaciones. Ahí, en la plaza o en el yugo, con la barra y con líquidos, hay un vértice del que penden ciertos estándares: que se actualizan y crecen o quedan vetustos y mueren. Y en el colmo del hangout, ese pasado de rosca en modernidad, Un show más entendió todo: es una serie para chicos (y, ajam, para grandes) donde dos amigos de veintipico sólo quieren vaguear y estar de joda. ¿Reflejo generacional? ¿Ruido en el público objetivo? ¿Autores con doble moral? Todo eso y mucho más o nada más que todo eso.

Sujeto a una simpleza digna de campeones, con conciencia o sin ella, Un show más domina con naturalidad temáticas referidas al crecer y sus incomodidades. Para chicos que son grandes, grandes que son chicos o humanos que mañana serán cualquier otra cosa que quieran ser o no serán nada. Como ese episodio donde Mordecai y Rigby, sus protagonistas, están en búsqueda caprichosa del “mejor VHS del mundo”. Ese que fueron a alquilar por primera vez, pero que ya habían alquilado anteriormente (¿alguien dijo “faaaso”?). Ese mismo que, luego, un enano barbudo les robará dándose a la fuga por las alcantarillas. Acá queda claro que, en sus repeticiones nocturnas, Un show más la rompe toda en mil pedazos. Zuccarino: “En el caso de Un show más, los mensajes y la personalidad resuenan bien entre niños de 12 a 17 años. Esta franja de adolescencia, que oscila entre el niño y el adulto, puede conectar tanto con los aspectos más infantiles como con esta propuesta de animación con múltiples niveles de lectura”.

Sucede que esa identificación con las expresiones que le son inherentes a la cultura juvenil (por caso, con mucho de decadentismo: videoclubes, VHS que son los mejores del mundo y, claro, la pavorosa tribulación del colgado que cree hacer algo por primera vez cuando no es tal), dicen presente en todos sus episodios. Cuyo impulso hercúleo es un VHS o una flauta mágica o cualquier otra cosa que haga falta para ser feliz y rascarse las pelotas. Y si eso no es droguita, hay una verdad: siempre nos quedarán Los Teletubbies, Barney o –y éste es un hallazgo de lisergia pura y dura– Baby TV. Todos son para criaturas de 6 a 12 meses. Y para fumones de unos cuantos más pero, eso sí, con la misma cantidad de neuronas que cualquier lactante promedio. O, dado el caso, tal vez menos. Pero, bueno, ¿quién nos quita lo mirado?

  • Hora de aventura. Cartoon Network de lunes a viernes a las 9, 18.30 y 22. Repite los sábados a las 9, 11 y 22 y los domingos a las 9, 16.30 y 22.30.
  • Un show más. Cartoon Network de lunes a viernes a las 10, 19 y 23. Repite los sábados a las 11.30, 13 y 23 y los domingos a las 9.30, 16.45, 19 y 22.45.
  • Bob Esponja. Nickelodeon de lunes a viernes a las 11.30, 15 y 16.30. Repite los sábados a las 10 y 14.30.
  • La vida moderna de Rocko. Nickelodeon de lunes a viernes a las 12.30 y 15.30. Repite sábados y domingos a las 14.

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