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Jueves, 6 de marzo de 2014

AGUAS(RE)FUERTES

¿Quién se banca la pelusa?

Arden las redes sociales contra las grillas de Lollapalooza, pero...

 Por Lola Sasturain

Todos indignados con el circo del Lollapalooza. “¿Puede ser que nos caguen siempre?”, se preguntan algunos en las redes sociales. Es que Nine Inch Nails y New Order tocan al mismo tiempo, los abonos para ambas fechas del festival (1º y 2 de abril) aumentan todos los días (saliendo ahora una entrada lo que costaban las dos al principio), y ni hablar de que los line-ups fueron revelados mucho después de puestas en venta las entradas. Básicamente, si se las quería baratas, había que jugársela. Y ni hablar de si la única banda que te resulta interesante del día dos toca sólo media hora y a las cinco de la tarde.

No es la primera vez que hay quejas por los festivales internacionales. El campo VIP fue el gran flagelo de la última década (por suerte, parece estar, lentamente, cayendo en desuso). Calle 13 dando un show mucho más largo de lo esperado antes de Sonic Youth, y dejando sin Teenage Riot gracias a la mala educación de los organizadores. ¡Los precios de las entradas! Hay recuerdos con nostalgia –y con una sensación parecida para todos los que no pudieron ir– de aquel primer Personal Fest, en el cual tocaron PJ Harvey, Morrissey, The Mars Volta (con John Frusciante), Primal Scream (con Kevin Shields) y Blondie... ¡por 70 pesos! Está bien, para entonces era caro también, pero los recitaleros se sienten “cada vez más boludos”.

¿Tiene sentido enojarse con Lollapalooza? En principio, el festival no funciona así sólo aquí: en Lollapalooza Chile del año pasado, bandas aclamadas por los indie kids como The Hives y Passion Pit también tocaron al mismo tiempo ¡y los nocturnísimos Crystal Castles a las cinco de la tarde! En 2012 también había que decidir entre terminar de ver a Arctic Monkeys o correr a ver el principio de Calvin Harris... ¡y lo mismo con MGMT y Skrillex! Las grandes marcas y empresas que organizan grandes festivales no lo hacen por amor a la música. Y no son Satanás por eso. Pero también está el mea culpa del público. Sin clientes no hay trata: ¿es realmente tan imprescindible asistir a todos los festivales? Y después, ¿cómo es que aquel que pagó las entradas dos meses antes para tener un descuento no se planteó la posibilidad de que tantas bandas en dos o tres escenarios iban a generar superposiciones?

Tal vez todo esto de los grandes festivales sea una necesidad inventada. Y ellos son los que la inventan. Pero el público es el que hace posible que, básicamente, para disfrutar el durazno, haya que bancarse la pelusa.

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