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Jueves, 23 de octubre de 2014

CELEBRACIONES FOLCLORICAS INVISIBILIZADAS

ESPEJITOS DE COLORES PRIMARIOS

 Por José Totah

Vista de lejos, la escena recuerda al bar Acá Sí Que No Se Coge, de Peter Capusotto y sus videos. Es sábado 12 de octubre y en Parque Los Andes, Chacarita, hay como cincuenta puestitos que venden artesanías y enarbolan propuestas vinculadas con los pueblos originarios y el cuidado de la tierra. “Somos desaparecidos sociales para el Estado. El genocidio continúa”, es una de las consignas. De fondo, suenan sicuris y flamea la bandera wiphala con sus siete colores.

Habrá a quien le den ganas de pasar por ahí rápido, enjuagar la culpa pequeñoburguesa y seguir hasta el bar de la esquina a tomar un licuado de banana. Siempre les quedará tiempo para justificarse y aceptar que las causas justas, por más nobles que sean, también son un poco aburridas. Pero si se bucea un poco más, está la posibilidad de revertir todos los preconceptos acerca de lo tediosas que pueden ser estas celebraciones “de la tierra”. Quizás hasta se descubra que el Festejo Contrafestejo, un contrafestival que se hace hace ocho años el 12 de octubre, logró lo que parecía imposible: ponerle onda a una fecha nefasta y transformar la consigna original de Capusotto en un feliz Acá Sí Que Se Coge.

En octubre de 1992, cuando se cumplieron los 500 años del día en que el Imperio y la cristiandad llegaron para romper todo, empezaron a circular más fuerte las consignas del antihomenaje a Colón y sus muchachos, desde la pluma de Eduardo Galeano y la voz de los Cadillacs, con aquel “Quinto centenario, no hay nada que festejar”. El Día de la Raza, rebautizado en versión amigable como Día de la Diversidad Cultural Americana, ya no tenía buena prensa.

“En 2007 hicimos el primer Contrafestejo. Tocó Imperio Diablo, una banda que reivindicaba la música andina desde la cultura rock y participó el Ballet Amerindia”, cuentan los organizadores, que son sólo cinco y bancan toda la movida vendiendo rifas. Casi sin recursos y con autogestión pura, logran convocar a miles de personas todos los años. Esta vez fueron casi 5 mil las que se acercaron al Parque Los Andes, bajo la consigna de conmemorar el mestizaje y la diversidad americana.

“Hay una idea de que estas cosas son un embole, pero nosotros no queremos un bajón, queremos una fiesta”, avisan. El evento aglutina propuestas que van desde colectivos de la resistencia qom hasta redes solidarias con Chiapas, el “No a la minería” y todo tipo de iniciativas relacionadas con el cuidado de la tierra, el comercio justo y la producción independiente. También hay talleres, grupos de danza y charlas abiertas de idiomas y cultura quechua, guaraní y mapuche. Lo interesante del asunto es que se da una circulación de contenidos de colectividades, como la boliviana y la peruana, que según los organizadores “están invisibilizadas”. Insisten: “Hicieron una matanza, pero nosotros estamos acá para festejar, resistir y hacer que circule esta celebración”.

Desde lo musical, siempre se prioriza el baile. Tocan bandas de cumbia y ritmos latinoamericanos que calientan la tarde-noche. También hay clases de danzas andinas y es gracioso ver a más de cien personas practicando pasitos al mismo tiempo. “Claramente son contenidos que la gente está pidiendo, como la cumbia”, justifica uno de los gestores del Contrafestejo.

No es el único de los festivales culturales que no sale en los diarios, por más gigantescos que sean. Hay rituales invisibles y poderosos, como la fiesta tradicional boliviana en honor a la Virgen de Copacabana, que se celebra hace más de 40 años en el Bajo Flores. El domingo 19, una semana después del Festejo Contrafestejo y como siempre a esta altura de octubre, miles de personas desfilan a lo largo de 15 cuadras, cerca de la cancha de San Lorenzo. El espectáculo es fascinante: a la manera de comparsas de carnaval, avanzan por la calle grupos de música y baile de los distintos estilos andinos: caporales, morenadas, diabladas y tinkus. Cada bloque con no menos de 50 personas. Conmueve el timbre de las interminables bandas de bronce, los trajes típicos y tanta gente tocando, bailando y alentando. Las 54 fraternidades que participan aportan su comida tradicional y productos típicos del altiplano. Eso sí: al día siguiente, los diarios no publican una línea. Así funciona, parece, la invisibilidad.

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