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Domingo, 18 de diciembre de 2005

PáGINA 3

Gran insecto

 Por Homero Alsina Thevenet

El mosquito cambió decisivamente las estructuras políticas mundiales durante los siglos XIX y XX, pero su trascendencia ha sido subestimada por historiadores que prefieren creer en personalidades (Napoleón, la reina Victoria o Roosevelt), en ideas (las de Marx o las de Hitler) o en guerras (todas). Aunque los mosquitos no se han ofendido por ese desdén, algo debe decirse de su trayectoria.

Hacia 1650 algunos millones de mosquitos pasaron de Africa a América, a bordo de los barcos que transportaban esclavos negros. Todavía no tenían el elegante nombre Aëdes aegypti, ni se sospechaba siquiera que merecieran la atención de los seres humanos, excepto por su zumbido y por otras molestias ocasionales. Pero ponían sus huevos en los toneles de agua y así se las ingeniaron para importar desde Africa el virus de la fiebre amarilla, que hasta entonces era una enfermedad selecta de los monos y de otros mamíferos de la jungla. En las décadas siguientes, y favorecida por las altas temperaturas y por la humedad, la fiebre amarilla se hizo indeseablemente popular en toda América Central.

En 1802 Napoleón Bonaparte envió una fuerte expedición militar al Caribe, para intervenir en un sitio que fuera conocido primero como Isla Española (desde Colón), después como Hispaniola y hoy como Haití-República Dominicana. Allí se había rebelado el líder negro Toussaint-Louverture, que pretendía nada menos que abolir la esclavitud, en sucesivas luchas y negociaciones con españoles, ingleses y franceses. La expedición comandada por el general Leclerc (cuñado de Napoleón) triunfó militarmente, pero un año después ese ejército había sido diezmado por la fiebre amarilla, que causó una enorme mortandad. Entre las bajas figuraba el propio Leclerc, muerto en 1801 a los treinta años de edad. El dato incomodó a Napoleón y fue uno de los motivos que lo indujeron poco después a vender a Estados Unidos el territorio de Louisiana.

La obra del mosquito no terminó allí, sin embargo. Sucesivos gobernantes franceses habían tomado nota de la pérdida de posiciones nacionales en América, donde sólo se conservaban una Guayana francesa y una Isla del Diablo que ya tenía mala reputación. En 1869 se había inaugurado al este de Africa el Canal de Suez, que en buena medida fue la creación del francés Ferdinand de Lesseps, aunque con apoyo de capitales británicos. En 1879 el gobierno francés y el mismo Lesseps se lanzaron a un proyecto similar, dispuestos a construir el Canal de Panamá. A ese efecto se constituyó una empresa privada, dirigida por Lesseps y por su hijo Charles, con aporte de diversos capitalistas franceses. Diez años después, el proyecto francés debió ser abandonado con grandes pérdidas. Como lo señalara el historiador William H. McNeill, “los costos se habían disparado hasta niveles intolerables, como resultado de la fuerte mortandad provocada en el personal obrero por la malaria y la fiebre amarilla”. El fracaso provocó en Francia un notable escándalo político y financiero. Algunos funcionarios y parlamentarios franceses fueron acusados por haber aceptado sobornos de la Compañía del Canal. En 1893 Lesseps y su hijo Charles fueron condenados a cinco años de prisión, fallo que después fue anulado por una corte de apelaciones.

En esos mismos años Estados Unidos daba otros pasos adelante, triunfando en una guerra contra España y apoderándose de Cuba (1898). Todavía le quedaba por derrotar a la fiebre amarilla, y allí les ganó un segundo partido a los franceses. El médico cubano Carlos Finlay había sostenido hacia 1881 que el mosquito era el agente transmisor de la fiebre amarilla, pero sus opiniones fueron escasamente escuchadas durante veinte años por los gobernantes y por otros hombres de ciencia. En 1900 el norteamericano Walter Reed interpretó correctamente las enseñanzas de Finlay. Cuando se produjo en La Habana un brote muy serio de fiebre amarilla, Reed presidió un comité de investigación, diagnosticó la índole y origen de la enfermedad, inició una campaña sanitaria. Varios de sus colaboradores murieron en esa crisis, pero en 1901 el comandante William Crawford Gorgas aplicó radicalmente algunas medidas y eliminó en noventa días la epidemia de La Habana. Los procedimientos habían sido resueltos en los tres años previos, cuando Gorgas se vio obligado a incendiar totalmente un campo en Siboney (Cuba) para destruir un foco. En La Habana ordenó segregar a los enfermos, establecer cuarentenas, implantar una higiene general, destruir todo depósito de agua que pudiera contener larvas de mosquitos. En 1904 Gorgas fue llevado a la zona donde se haría el Canal de Panamá. Aplicó medidas idénticas, en enorme escala, y así los Estados Unidos pudieron construir el Canal, lo inauguraron en 1914 y tuvieron desde entonces una llave política de enorme importancia, porque la conexión marítima entre el Atlántico y el Pacífico se reunía, en el caso, a la gravitación norteamericana en el Caribe, hecho del cual llegaron a enterarse después en Cuba y en Nicaragua.

Tras haber contribuido a la derrota de Francia y a la expansión territorial de Estados Unidos, tanto en América del Norte como en América Central, el mosquito no fue debidamente homenajeado con monumento alguno. La mejor parte de su fama fue que William Faulkner dio el nombre de Mosquitoes a su segunda novela (1927). Fuera de ello, los mosquitos nunca tuvieron buena prensa.

Este texto pertenece al segundo volumen de la Enciclopedia de datos inútiles, del gran periodista cultural uruguayo Homero Alsina Thevenet, maestro de la crítica cinematográfica rioplatense, que murió la semana pasada en Montevideo.

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