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Sábado, 11 de octubre de 2014

CHANSON AL SUR

MUSICA Nació en Brasil, se crió en Francia y pasó su juventud en la Argentina. A su regreso a Europa, después de terminar sus estudios de cello en Buenos Aires, con apenas 18 años Dominique Pinto tocó junto a Jane Birkin y editó un disco debut bajo el nombre de Dom La Nena: un puñado de exquisitas canciones que giran en torno de la chanson, la música brasileña y el crecer sin una única patria.

 Por Juan Ignacio Babino

Allá la resolana entra con fuerza a través de la ventana. Allá es Lyon, Francia, cerca de las tres de la tarde, y ese oblicuo resplandor que le dibuja a Dom La Nena una especie de aura. Cuando la caprichosa conexión vía web no se corta, la imagen es ésa: casi todo el sol –y sus reflejos– abrazando la humanidad de Dom.

Un poco allí, otro poco aquí, algo un tanto más allá. La crianza, el andar, el devenir por el mundo de Dom La Nena –y su violoncello a cuestas– dibuja trazos que van y vienen sobre el mapa, sobre el planisferio. Y, particularmente, sobre algunos puntos exactos. Dom La Nena es el apodo artístico de Dominique Pinto, nacida en Porto Alegre, Brasil, en 1989. A los cinco años empezó a estudiar piano, luego violoncello y justo ahí es que partió junto a su familia –acompañando al padre, quien iba a hacer un doctorado– a Francia. Allí dejó de lado el piano y se abocó casi exclusivamente al cello. “Dejé el piano, a los diez entré a un conservatorio público –cuenta–. Tuve la suerte de tener profesores realmente buenos y me enganché. Tres años en el conservatorio y estudiando muchísimo. No hacía casi otra cosa, después de la escuela me metía con el instrumento.” Y justo en ese momento, a sus trece años, a hacer las valijas y de regreso a Brasil. Pero Porto Alegre no satisfacía la demanda y las ganas de Dom de seguir estudiando su instrumento. La brújula apuntó, entonces, más al sur: Buenos Aires. “Era medio complicado continuar con el cello en Brasil, entonces entré en contacto con una cellista de la cual yo era muy fanática. En ese momento pude hablar con ella, que justo estaba viajando para Buenos Aires, y me propuso que nos encontráramos en la ciudad. Me dio un par de clases y luego me presentó a un cellista que había estudiado con ella y era estable del Colón. Fue como una solución después de estar un par de meses en Brasil sin poder estudiar. Cuando volví a casa, tuve que convencer a mis papás, porque en esa época tenía trece años. Me apoyaron y fue algo muy importante. Y me quedé cinco años en Argentina, terminé el colegio secundario y seguí estudiando todo ese tiempo en el conservatorio, en el Colón.”

Y allí, sí, Francia nuevamente.

Su segunda estadía en el país galo la encontró, al poco tiempo, grabando y girando junto a Jane Birkin. “Fue la primera vez que salí de la música clásica y que toqué sin partitura, que improvisé y toqué como quería. Hicimos los arreglos todos juntos, fue como muy diferente a lo que estaba acostumbrada, aunque yo estaba ya sabiendo que no quería solamente quedarme en la música clásica, quería hacer algo diferente, estaba medio frustrada con ese ambiente. Y me llamaron para la gira y fue buenísimo. Para esa época ya había terminado el estudio en el Conservatorio. Dos años de gira por todo el mundo, tocando canciones de Gainsbourg, Birkin y de la chanson y fue claro que era eso lo que quería hacer.”

Entonces, con esa naturalidad, a chapotear en las aguas de la chanson. Y de las canciones. “Después de dos años, me quedé un par de meses en casa y ahí me di cuenta de que tenía realmente ganas de componer mi propia música. Y empecé a hacerlo y los temas vinieron en formato canción, con letras, con estribillos, así. Y no era algo que yo pensaba hacer, pero vino así y entonces empecé a cantarlas y me empezaron a dar ganas de escuchar los temas grabados en mejor calidad, de mejor manera.”

Así fue como terminó grabando y arreglando todas esas canciones junto a su amigo y colega Piers Faccini, quien además participa tocando varios instrumentos. Ela (Six Degrees Records, 2013) –celebrado por la crítica francesa, norteamericana y brasileña– no es un disco alegre, bien arriba. Tampoco –de ninguna manera– es un disco que ilustre cierta tristeza. O que la sugiera. Es, en definitiva, un disco que lleva en sí la esencia de esa intraducible palabra: saudade. Exquisitamente arreglado, con cierta impronta clásica y una fuerte presencia de cuerdas (en vivo ella toca muchísimo el cello y un poco menos el ukelele y el piano) el disco es un variado muestrario de géneros de aquí y de allá. Hay, entre otros, chanson (“Anjo Gabriel”, “Ela”), vals (“Buenos Aires”), y ritmos brasileños (“Batuque”, “Sambinha”). Y hay, por ejemplo, una canción como “No meu pais”, con su melodía imbatible, donde ella dice: “No vengo de aquí, no vengo de allí, no vengo de ningún lugar, no sé dónde nací, no recuerdo dónde crecí, mas sé que siempre tuve un lugar”. Pero, en definitiva, ¿de qué material están hechas las canciones de Dom? “En torno de la infancia y la sensación de no tener una sola raíz, sino varias raíces, algo un poco apátrido, o con varias patrias en realidad. Fue un disco que al final, cuando junté todos los temas, me di cuenta de que había mucho de eso, un poco la nostalgia de la infancia y esa sensación de siempre estar en un lugar y extrañar otro. Nunca se puede juntar a todas las personas y a todos los países al mismo tiempo. Para la época del disco recuerdo que estaba un poco con esas cuestiones, de no saber qué era: si era brasileña, francesa, qué carajo era. Y después de todo ese proceso, me di cuenta de que tenía que aceptar que no tenía una única raíz sino muchas o en todo caso que era una raíz movible, y me torné yo misma mi raíz. No sé bien qué es, pero en todo caso acepté que no es una sola.”

Las primeras dos líneas de “Saudade”, última canción del disco, dicen: “Intento acordarme de un lugar que no existe más/ recuerdo de una flor que ya no vive más por allá”. Entre tanto, además de haber grabado un disco con Rosemary Stanley, donde versionan a Yupanqui, Tom Waits y Violeta Parra, entre otros, editó también un EP, llamado Golondrina. Declarándose un poco huérfana de patria –y de matria–, Dom se abraza a ella misma y a sus canciones, construyendo su territorio bajo lo que pisen sus pies. Como un pájaro que inventa su propio canto y que a su vuelo no deja otra cosa que eso: el perfume de la nostalgia.

Dom La Nena se presenta el viernes 24 y sábado 25 de este mes en el Hall del Teatro San Martín a las 19 y el domingo 26 en el Festival del Bosque (Fifba), La Plata.

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