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Domingo, 8 de mayo de 2016

UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA: SANTIAGO ITURRALDE Y DE MI ESTUDIO, DE FORTUNATO LACáMERA.

COMO SI EL AIRE FUERA LUZ

 Por Santiago Iturralde

Me gusta pensar la pintura como un misterio que habita un objeto. Su presencia nos despabila y nos traspone a otro sitio, otro tiempo y otra realidad. Hay pinturas y pintores que existen en los ojos, en las manos, en la mente o en la boca. Podría crear una lista de pintores hasta construir una especie de cuerpo que me sostiene: Vuillard, Van Gogh, R. Hamilton, Noé, Hockney, Antonio López, Georgia O’Keefe ... Entre todos ellos ubicaría a Lacámera entre mis ojos y mis pulmones porque su pintura me ilumina y me permite respirar.

En algún momento del año 2000, visitando el Centro Cultural Recoleta, me encontré con una muestra que de lejos tenía toda la pinta de ser amarronada y aburrida. Lo cierto es que no recuerdo los detalles pero en esa época, siendo un joven apenas recibido, uno se hacía muchas preguntas sobre Gravinese y no tantas sobre los artistas de la Boca. Sin embargo, ese día, ocurrió el “flechazo de pintor”. Algo muy parecido a enamorarse pero no de una persona sino de un rectángulo.

Para mi sorpresa me encontré frente a un cuadro que, virtualmente, era una ventana. Mostraba una habitación con la puerta del balcón abierta a través de la cual se precipitaba el sol recortándolo todo. En el fondo había un barco que pasaba con ingenuidad frente a todo lo que allí ocurría. La luz, de algún modo mágico, perforaba el muro, cruzaba la habitación, salía del cuadro y se transformaba en una flecha que llegaba hasta mis ojos. La luz es algo que está vivo, los pintores lo sabemos bien.

Aquel cuadro probablemente era la versión de Desde mi estudio de 1938 que hoy está en el Museo de Bellas Artes. Y sí, ya sé que no es el cuadro del cual me propongo hablar pero ése fue el inicio de una complicidad inquebrantable entre dos pintores. Lacámera es en esencia esa luz detenida en el tiempo, es un interior que se vuelve universo y mira a través de una ventana para contemplar su propia belleza.

Fortunato Lacámera nunca salió de la Boca. Incluso, si pensamos en su obra, el viaje que hizo fue siempre hacia adentro. Luego de sus primeros paisajes de la Isla Maciel, las pinturas evolucionaron hacia escenas que mostraban el interior de su estudio. En algunos se puede ver una ventana desde donde ingresa el sol con la fuerza de Cupido. Pero en los siguientes la luz comienza a ser esquiva: el paisaje aparece reflejado en un vidrio, recortado por una cortina o tamizado por una celosía. Finalmente la luz se vuelve solamente un reflejo sobre distintos objetos, floreros y frutas. Con una construcción geométrica y una representación realista, esas últimas naturalezas muertas esconden un secreto profundo: Lacámera logró progresivamente transformar la luz en objeto; contener la energía del sol en una manzana o en una pera hasta elevarlas a un estado espiritual.

En el medio de ese viaje místico entre luz y materia se encuentra el cuadro que más me interesa: De mi estudio (1949). En esa pintura, como si estuviera tendiendo una trampa, Lacámera construye un escenario mucho más complejo. La luz que antes entraba directamente desde una ventana y que en mayor o menor medida atestiguaba el paisaje exterior ahora desaparece. Detrás de la puerta sabemos que la ventana existe en algún lugar de ese primer espacio y la luz se refleja en paredes y objetos perdiendo su fuerza que encandila (y enamora). Así entramos en un interior más profundo, en un segundo cuarto que se encuentra en penumbras. Aquí las leyes son otras. La puerta entreabierta segmenta la luz y la transforma en triángulos. Fortunato es astuto. Usa una cuerdita para sostener esa grieta en el punto justo. Casi como si fuera el lazo que le permite domar a una fiera salvaje. Todo el dispositivo se vuelve una especie de prisma que logra descomponer la luz hasta darle forma sin perder su espíritu.

A partir de aquí ya todo cambia, en el interior la pintura es quien ordena el mundo. Los pintores entendemos la soledad de ese espacio íntimo, ese pacto que supone muchas renuncias pero resulta ineludible. Y no hablo aquí de melancolía o de fatalidad. La pintura es sin dudas algo vital y es por eso que la pienso como si fuera un cuerpo. Lacámera ocupa el lugar de un pulmón porque su pintura ocurre en ese pasaje entre lo exterior y lo interior. Si el aire fuera luz, entonces sus cuadros son objetos que respiran.

Pablo Suárez sabía esto (que no es poco). Por eso sus pinturas de los años 70 muestran el afán por descifrar a Lacámera. Supongo que existe cierto código entre los pintores que nos hace cómplices a través del tiempo. Probablemente ese sea el “flechazo de pintor” que antes mencionaba. Todos pintamos nuestros propios cuadros y todos pintamos el mismo cuadro.

Como era de esperarse, la crítica de la época no supo interpretar realmente el acto místico que ocurría en ese taller de la Boca. Llenos de prejuicios por el origen proletario de Lacámera y su formación casi autodidacta no lograron dejar de filtrarlo según el tamiz de moda. En aquel momento se pertenecía a la Academia o a la Vanguardia así como hoy todo se intenta encuadrar dentro de cierta contemporaneidad (muchas veces plagada de esquemas). Por suerte fuera de ese marco, tanto ayer como hoy, el misterio de la Pintura sigue ocurriendo en silencio pero intensamente.

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