Dom 03.07.2016
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LOS MANTEROS SOVIÉTICOS

En los ‘80, cuando Ceaucescu gobernaba con mano de hierro la Rumania comunista, un ex jerarca del régimen, Teodor Zamfir, ingresaba películas norteamericanas en VHS al país. Terminator, Alien, las de Van Damme, las de Chuck Norris. Para comercializar sus copias, contrató a la voz oficial del gobierno, Irina Nistor, la mujer que daba las noticias y doblaba algunas películas, para que las tradujera. Así se empezaron a ver películas en casas, en secreto, y esa es la historia que cuenta el documental Chuck Norris Vs. Communism, de Ilinca Calugareanu, que se puede ver por Netflix, una reflexión sobre el encierro y la aspiración a un sueño occidental tan lejano como contradictorio.

El encierro produce sus propias imágenes y leyes, su propia forma de crear contenidos e historias. Incluso, su propia ética para mirarlas, procesarlas e interpretarlas. En El enigma de Kasper Hauser Werner Herzog llevaba al cine aquella vieja fábula de Rousseau; ¿qué pasa cuándo un ser humano es encerrado durante dieciséis años hasta que finalmente entra en contacto con la luz y descubre la dinámica de la sociedad por primera vez? Pregunta que también persiguió François Truffaut en El niño salvaje. Mientras que para el francés el chico mantiene su rebeldía como una forma natural de manejarse en sociedad, para el alemán esa enajenación le permite desarrollar una capacidad para juzgar y entender (al mismo tiempo que criticar) al medio social que lo estudia. Ahora, ¿qué pasa cuando no es solamente una persona ni siquiera un grupo sino un país entero?

La historia en Chuck Norris Vs. Communism parece una copia de Searching for Sugar Man, aquel documental dirigido por el difunto Malik Bendjelloul, sobre un mítico músico de folk norteamericano con apellido latino, totalmente desconocido en el mundo y de escasa obra, que sin embargo generó una revolución cultural en la Sudáfrica del Apartheid. Dirigido por Ilinca Calugareanu, basado en un corto anterior titulado VHS Vs. Communism, realizado con sendos apoyos de HBO y emitido por Netflix (que también puso plata), el documental de esta editora rumana tiene en el centro de su argumento una revolución cultural parecida a la generada por Rodriguez en el país de Mandela. Bajo el totalitarismo de Nicolae Ceaucescu, un hombre comenzó a piratear películas en VHS. Cruzaba la frontera en un pequeño auto comunista y volvía con el baúl lleno de películas: Terminator, La última noche en París, Alien, las de Van Damme, todas las de Chuck Norris. Rumania, como todos los países de la Unión Soviética (y del resto del mundo) a mediados de la década de los ochenta, no podía frenar el eco que resonaba por todos lados de la cultura norteamericana. Una invasión cultural que generaba una industria cada vez más afianzada y un mercado que se copiaba a sí mismo como un virus. Ese hombre, llamado Teodor Zamfir, un ex jerarca del régimen, necesitaba comercializar sus copias truchadas, y no tuvo mejor idea que contratar a quien daba las noticias oficiales del régimen y doblaba las pocas películas (cuando no eran censuradas por los motivos más irrisorios) para traducirlas. Irina Nistor se convirtió en la voz de ese cine extraterrestre y generaba un efecto extraño en el espectador: en el pésimo doblaje, en simultáneo con los diálogos de los personajes de las películas pirateadas, se escuchaba, bajito, como un susurro, la voz de Irina en rumano, que parecía estar al lado de todos los espectadores reunidos en casas de particulares que cobraban entradas, y se apelotonaban en cines hogareños improvisados.

“Yo solo quería ver películas”, dice la voz de Irina en over entrevistada para el documental. Y en el fondo, con algo de ingenuidad consciente, la película pretende ser simplemente una película de gente que mira películas. Pero, son las mismas imágenes, y las declaraciones que Ilinca Calugareanu obtiene de sus entrevistados, las que se vuelven en contra de las propias decisiones que toma como realizadora. Chuck Norris Vs. Communism tiene una clara manifestación triunfalista, y de un modo un tanto naive pretende afirmar que fueron las películas norteamericanas, traficadas en el prehistórico VHS, las que permitieron que el 25 de Diciembre de 1989 millones de personas se manifestaran en las plazas de Bucarest para pedir la caída de Ceaucescu, algo que suena rarísimo y hace oídos sordos a lo que significa un proceso histórico. Las recreaciones de época, por otra parte, no alcanzan a transmitir la opresión del sistema que se vivía en Rumania, también aislado de la vieja Unión Soviética, durante el crepúsculo inevitable de la tiranía totalitaria. Sin embargo, y más allá de todas las cuestiones éticas o estéticas, son los detalles en las declaraciones sobre las películas norteamericanas vistas en esos helados monoblocks rusos, las que sorprenden y encandilan al resto del documental. Como por ejemplo, ver por primera vez autos que parecen naves espaciales. Los lamborghinis, los DeLorean, los autos compactos. También la ropa y la moda, los colores, las luces, el neón. “Me sorprendían los locales llenos de provisiones”, dice un viejo en el clásico modo de cabeza parlante que asume la película. “Era como ver vida en otro planeta”.

“La gente siempre necesita de historias” insiste Irina, quien al final revela su rostro y genera el efecto adverso al buscado por su realizadora. No glorifica al hombre común que solo quiere una casa y un auto, sino que defrauda con su normalidad al lado de las imágenes de estrellas ochentosas. La frase tiene mucho que ver con esa gran película sobre el encierro que también puede verse (y debería verse en paralelo a Chuck Norris Vs. Communism) en Netflix: The Wolfpack, donde un grupo de chicos son encerrados por un padre tirano en el Lower East Side de Nueva York. Con las persianas de sus cuartos siempre bajas y el mandato de no hablar con extraños, los chicos se educan acerca del exterior mirando películas, hasta reproducir en su propia vida cotidiana la lógica de los filmes. “Si no tuviera películas, la vida sería muy aburrida” dice uno de los chicos. Algo que terminarían entendiendo años después en Rumania al descubrir que las imágenes que en un principio les llegaban por contrabando como símbolos de una revolución, terminaron por convertirse en oficiales.Y, en el fondo, tampoco eran tan reales como ellos habían creído.

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