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Domingo, 19 de mayo de 2002

PERSONAJES

Yo fui testigo

Nació en Polonia. Luchó contra la ocupación soviética. Estuvo preso en Siberia. Se convirtió en camarógrafo y filmó el frente de batalla en Italia. Estuvo en Alemania durante la liberación. Pero terminada la guerra fue perseguido por “guerrillero”. Entonces recaló en Buenos Aires, donde se conviritió en el camarógrafo de “Sucesos Argentinos” y filmó buena parte de la historia argentina del ‘50 para acá. Tadeo Bortnowski recibe en su casa de Olivos a Radar y habla de lo difícil que se le hace hablar sobre todo lo que vio.

 Por Mariano Blejman

El camarógrafo Tadeo Bortnowski, de 78 años, tuvo una vida agitada: estuvo preso en Siberia durante la Segunda Guerra Mundial, fue integrante del Ejército Polaco como corresponsal de guerra, filmó en la línea de fuego contra Alemania y capturó las imágenes del horror en los alrededores de Nuremberg durante el juicio a los jerarcas nazis. Es, según él mismo cree, único sobreviviente entre quienes se animaron a testimoniar el Holocausto en imágenes. Cuando terminó la guerra se instaló en la Argentina y entró en la historia del país detrás de las cámaras del primer noticiero cinematográfico de Latinoamérica: Sucesos Argentinos. Hoy, a 57 años del fin de la Segunda Guerra –y dentro de su casa ubicada a tres cuadras de la residencia de Olivos–, Bortnowski recibe a Radar para develar su historia y mostrar, también, algunas imágenes de aquellos días de espanto.

El soldado polaco
Tadeo Bortnowski nunca hizo el servicio militar. Tal vez por eso su mirada envuelva con ojos amables a quien lo escucha de cerca. Tiene una memoria visual prodigiosa, bien guardada en sus relatos. Una parte de sus imágenes se oculta dentro de un estrecho placard que da a la calle: es su medio siglo en la Argentina. La otra parte de sus imágenes, esos cinco años en la línea de fuego de la Segunda Guerra Mundial, están nada más que en sus propias retinas. De miles de horas capturadas tiene, sólo, pocos minutos en VHS. El resto descansa en fílmico, en algún lugar del mundo. Su pelo castaño y sin canas le dan cierto aire cincuentón. Aún así, habiendo perdido dos décadas de apariencia, parece no haber olvidado sus mañanas de guerrero.
¿Por dónde quiere comenzar Tadeo?
–...
Él quisiera contar todo pero no le salen las palabras. Están detrás de la garganta amontonadas junto a las condecoraciones. Dentro de esa carpeta donde acurrucó celosamente aquellos papelitos que guarda desde que estalló la guerra en 1940. “Tenía 16 años y era un estudiante de secundario”, dice por decir algo. Polonia era ocupada por Alemania al Oeste y por la Unión Soviética al Este. En agosto de 1939, Hitler y Stalin habían firmado el pacto de “no agresión” con el que se repartieron Polonia. “Yo vivía en Piñsk, a 150 kilómetros de Rusia. Pero lo que ahí dentro sucedía era un misterio”, recuerda hoy a pocos días de cumplir 78 años. Bortnowski tenía, sin saberlo, el destino marcado. Nació con una fecha patria argentina: el 25 de mayo de 1924.
“Al principio luchamos contra los alemanes y contra los rusos.” El joven Bortnowski fue militante de una organización estudiantil subversiva. “Cuando ellos llegaron pensamos que iban a durar poco: ataban sus fusiles con piolines, no tenían zapatos de cuero sino de telas engomadas, no llevaban relojes, ni siquiera los oficiales. Creímos que sería fácil vencerlos. Los alemanes, en cambio, estaban bien equipados.” Bortnowski nunca imaginó que la guerra podría perderse, ni que iba a durar tanto tiempo. Pero los rusos lo arrestaron por opositor y lo enviaron a la lejana Siberia. “Recién ahí conocí la URSS por dentro.” Su madre y sus hermanos, de familia católica, sobrevivieron a los años con los dientes apretados. Ahora, en un rincón, Bortnowski cuelga un afiche del Papa paisano Juan Pablo II. Ya, en aquel entonces, Dios no pudo salvarlo de la cúpula stalinista. Pero le iba a dar una pequeña recompensa llamada Argentina, si es que puede llamarse recompensa. Entre Siberia, el norte próximo al Artico y países satélites como Uzbekistán, Kasajstán y Turkmenistán hubo casi dos millones de “opositores” a los soviéticos. Un verdadero ejército de reserva.

Estepas rusas
Tadeo Bortnowski ofrece un café sin azúcar y, mientras lo hace, desempolva una carpeta prolijamente guardada en un cajón. Sus papeles certifican lo que cuenta.
¿Por qué guardó todo esto?
–Siempre tuve alma de archivista. Tengo todos los papelitos...
El joven Bortnowski pasó dos años en Siberia acostumbrándose a la muerte, pero nunca le llegó en carne propia. De allí le quedan los recuerdos de veranos calurosos e inviernos donde la saliva caía al piso convertida en escarcha. “El aire era tan cristalino que se podía escuchar a dos personas hablar a 20 kilómetros de distancia.” Al principio cortó maderas, limpió la nieve de las vías y realizó trabajos forzados. Su ración diaria de comida llegaba a 400 gramos de pan y una sopa. “Al que se debilitaba le reducían las raciones y ya no trabajaba. Ni tampoco comía. Y al poco tiempo se moría. Usaban siempre el mismo cajón para enterrarlos a todos.”
Bortnowski podría haber tenido esa suerte: cayó enfermo, pero fue justo cuando los alemanes rompieron el pacto con la URSS e invadieron el resto de Polonia en dirección a las estepas. Cuando el ejército nazi sitió Leningrado y rondó las periferias de Moscú, Stalin pactó con Winston Churchill y Wladyslaw Sikorski, jefe de los polacos en el exilio, la organización de un ejército con cien mil polacos que salieron de Siberia. El Primer Cuerpo ya se había formado en Francia con aquellos que habían escapado de los alemanes. Según muestra el certificado en polaco emitido por el Ejército Soviético el 18 de junio de 1942, Bortnowski estaba incorporado al Segundo Cuerpo del Ejército Polaco. Permaneció en el hospital durante mayo de 1942 y sus primeros encuentros con la muerte lo encontraron acostado: “Al lado mío se morían de tifus y malaria tropical. Yo tuve malaria pero me salvé”. El 17 de junio de ese mismo año fue dado de alta. Como no tenía fuerzas para realizar el viaje hasta el Ejército Polaco, el delegado del hospital lo envió cerca de Tashkent, en Uzbekistán.
–Para llegar me dio 150 rublos, dos dólares para la época.
Tadeo muestra su certificado médico que diagnostica una “cronosepsis y endocarditis aguda”. Es decir, una inflamación del corazón por el frío y la falta de alimento. “Hasta ese momento nadie había salido de Rusia. No se podía constatar lo que sucedía.” Pero de pronto la “reserva” polaca fue evacuada: los problemas de abastecimiento acuciaban a Stalin. “Nos dieron víveres, armamento y vestimenta y nos dejaron salir a Persia (hoy Irán), donde los barcos ingleses se cargaban de petróleo.” Pero la guerra todavía no comenzaba para Bortnowski.

Un deportado sin escalas
El nuevo ejército polaco armado en la Unión Soviética se evacuó por el Mar Caspio. Pero su enfermedad le dio dos ventajas: viajó en camión por el borde del Himalaya y cuando llegó a Persia le propusieron que aprendiera a filmar. Necesitaban un camarógrafo para contrarrestar la propaganda nazi. En esa época intentó un primer contacto con su gente. Ahora enseña una carta que recibió de respuesta a otra que había enviado a su familia. La respuesta llegó de puño y letra de su madre desde su pueblo natal, fechada en junio de 1943. Vía Turquía. Y no traía buenos augurios: una estampilla de Hitler estaba en el dorso.
Bortnowski se perfeccionó en El Cairo con técnicos polacos. Y todavía guarda boletos de hoteles de la ciudad. “Cuando estuve entrenado me mandaron a Italia para filmar en el frente de batalla.” Había dos cameramen mayores que no estaban preparados para la guerra y, también, soldados polacos, neocelandeses, británicos, norteamericanos; hasta un pequeño batallón de brasileños.
Desde las bases militares de Italia se editaba el noticiero del Ejército Polaco y se enviaba material a Inglaterra para el famoso programa “WorldVictorial News”, que se repartía por el mundo aliado. En el frente, Bortnowski no tenía asistentes ni ayudantes. Contaba sólo con un permiso otorgado por el Ejército Polaco que estaba bajo el mando del Octavo Ejército del General Montgomery de Inglaterra, una cámara liviana (“era una Debrai de origen norteamericano”), y un trípode. Había conseguido ser nombrado Oficial, aunque su único métier era el de corresponsal. Todavía guarda el papel escrito en polaco e inglés que le habilitó para llegar varias veces donde muchos estuvieron por última vez. Simplemente pedía que lo acercaran en tanque o un camión y “de ahí me manejaba a pie”. Llegó a estar delante de las tropas aliadas: “Estaba todo camuflado. Los soldados tenían una equis blanca detrás de la mochila para que supiéramos que eran nuestros. Había momentos bravos. Hubo que vadear arroyos para poder avanzar y había que proteger a los ingenieros que hacían puentes para la tropa. Nunca sabíamos si sobrevivíamos el próximo minuto”. Cuando comenzó a filmar, no había cumplido los 20 años.

En pie de guerra
Entre el ‘43 y el ‘45 Bortnowski filmó miles de movimientos de tropas, combates y muertes en vivo y en directo. Que se emitieron, por supuesto, en diferido. Aunque sufrió algunas heridas, nunca lo tocó una bala. De todos esos combates tiene pegadas en el iris aquellas sórdidas imágenes de las primeras horas de la posguerra. Con el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945, y la inminente rendición incondicional del 8 de mayo, el ejército lo envió a Alemania para documentar. “No sabíamos qué íbamos a encontrar, pero sí que iba a ser un testimonio para la posteridad”, dice Bortnowski, que salió de Italia en “ayuda humanitaria” para los recién liberados de campos de concentración.
“Camuflé mi misión: tenía miedo que los rusos se quedaran con las cintas.” Y así, sus retinas comenzaron a quemarse con fuego: captó esos rostros famélicos que vagaban por las calles alemanas después del fin, tomó vestigios de cuerpos recién exhumados, de las fosas comunes, de hombres colgados de sus testículos, de torturas de todas las formas y sus restos. La resaca del horror se le hacía presente a cada momento. Y todavía le aparece cada tanto. Pero Bortnowski no podía detenerse. Era su oportunidad de testimoniar el delirio encarnado en el odio. Por eso visitó Munich: “Las casas estaban como ahora se ve en la Franja de Gaza o como quedó Afganistán. No había dónde parar, ni dónde dormir. Nos acostábamos en nuestros camiones. El único lugar que estaba bien era en los edificios de Frankfurt donde se encontraba Eisenhower”.
El joven camarógrafo llegó a Nuremberg en el momento que comenzaba el juicio a los responsables del Holocausto. Fue entre el 20 de noviembre y el 1º de octubre de 1946, pero la Cruz Roja ya investigaba el fusilamiento de 15.000 oficiales polacos por balas soviéticas en Katyn, durante la primavera de 1940. El gobierno de Inglaterra había mandado delegados polacos para constatar de quiénes eran las balas, y Stalin, enfurecido, cortó relaciones con Polonia. Cuando llegó el juicio, Bortnowski no pudo ingresar a la sala: por polaco. Ingleses, norteamericanos y soviéticos tuvieron los derechos exclusivos. Entonces, se dedicó a filmar los alrededores. “Después seguí hacia el norte de Alemania, donde estaba estacionada una tropa polaca que liberó Holanda. Ahí me enteré de una batalla en la que un grupo de paracaidistas británicos y polacos se lanzó sobre el río Rin. Los alemanes los estaban esperando, liquidaron en el aire a gran parte del batallón y los aliados tuvieron que replegarse. Cuando escuché esto, pedí que se reconstruyera la batalla.” Y así se hizo. Muy cerca, la locura de la guerra había hecho un paréntesis curioso: el hospital de la zona curó, a la vez, a los alemanes y a los aliados.

El fin y los medios
“¡Qué ironía!”, se resigna Tadeo. El fin de la guerra lo encontró con 21 años y una verdadera paradoja: “Los polacos fuimos losprimeros atacados, los primeros que nos defendimos y los primeros en morir como moscas. Pero en el desfile de la victoria aliada marcharon franceses, norteamericanos, ingleses, rusos, neocelandeses y los polacos no fuimos invitados”. Cuando todo terminó, Bortnowski pensó en volver a Polonia. “Nunca se me ocurrió que íbamos a tener un gobierno comunista.” Yacía sobre su cabeza una sentencia de muerte por haber sido “guerrillero” contra los soviéticos. Y había perdido también su nacionalidad de polaco.
Volvió entonces a Italia y fue evacuado por los ingleses, con su archivo audiovisual completo, hacia Londres. El ejército le otorgó una indemnización y le dio transporte gratis a “cualquier lugar del mundo”. Muchos se dispersaron por Canadá, Australia y Estados Unidos. Otros terminaron en Israel. Entre ellos Menahem Begin, el entonces suboficial del Ejército Polaco que organizó el Estado de Israel. Otros, como Bortnowski, terminaron en la Argentina. Todo eso en 1948.
¿Por qué eligió la Argentina?
–Porque fue el único lugar que pude elegir. Iba a trabajar en Londres con un cineasta escocés haciendo documentales en todo el Imperio Británico, pero cuando el gremio se enteró de que era polaco, me prohibió. La lista de ingleses desocupados eran tan larga como la de Schindler. Y para entonces Norteamérica ya no tenía cupo de ingreso. Bortnowski recuerda aún el diálogo con un superior:
–¿Pero a dónde me puedo ir ya mismo? –se enojó.
–Puede ir a la Argentina.
Se dirigió a la Embajada de la Argentina en Londres. Le dieron el ok. Y embarcó de inmediato. A pesar de haber filmado tanto, eligió sólo dos latas como compañía de viaje: la primera es una imagen de cuando fue condecorado con “La Cruz de los Valientes”, por estar en el frente; la otra es de la famosa batalla donde fue tomado el claustro de Montecassinos, en Italia, en mayo de 1944. Además, recibió “La Cruz de Alberto”, “La Cruz por la acción en Italia” y varias distinciones inglesas.
¿Qué sabía de la Argentina?
–Nada. Pensaba que Buenos Aires estaba sobre el mar.

Sucesos Argentinos
Bortnowski llegó en pleno gobierno de Perón. Se acercó al Ejército a pedir empleo pero lo derivaron a la Marina, que tenía un departamento de filmaciones. “Les gustó mi currículum y me recomendaron en Sucesos Argentinos, con quienes colaboraban.” Catorce años después llegó a ser director del primer noticiero cinematográfico de Latinoamérica. Y el más famoso “house organ” que ofició de antesala acartonada e informativa de los cines hasta su cierre definitivo en 1974. Aprendió el español mientras miraba por cámara, consiguió una mujer, cuatro hijos y nueve nietos.
Como habitante expulsado de un viejo continente destruido, la Argentina era, para él, un país de ascenso y destino esperanzador. Aunque a los pocos años ya volvía al ruedo, y filmó una nueva contienda: la Revolución Libertadora de 1955, que despojaba a Perón del poder a puro cañonazo; las peleas entre Azules y Colorados, el levantamiento de Paracaidistas contra Onganía y los bombardeos a Plaza de Mayo. Volvió a Polonia recién en 1960 para ver a su familia con miedo de que lo arrestaran. “Iba con pasaporte de No-Argentino que daban a los residentes. Viajé a Suiza desde Buenos Aires a filmar para Sucesos Argentinos la inauguración de los vuelos de Swiss Air y cuando llegué me obsequiaron un viaje a donde quisiera.” Y visitó su tierra, aunque pronto retornó al país. Después del cierre de Sucesos Argentinos fundó una productora cinematográfica que llamó Notrus Film. Y tuvo la primera herida grave de guerra: se le reventaron los intestinos en Campo de Mayo en 1990, cuando filmaba dentro de un tanqueque cayó en un cráter. Le hizo un juicio al Ejército y se lo ganó. Aunque todavía espera la paga.
Su archivo personal resguarda imágenes de Sucesos Argentinos. De la guerra, en cambio, ni siquiera tiene lo de Montecassinos que mandó de vuelta a Polonia. “Cada tanto descubro mis filmaciones en documentales norteamericanos.” En su pieza tiene frescas las imágenes de un país .éste– que ya no existe: hay en un collage despintado, un hombre de pelo engominado filmando revueltas pasadas en blanco y negro; un diploma otorgado por la Asociación de Reporteros Gráficos; una foto filmando los Saltos del Moconá; otra tomada al Che Guevara durante la visita a Uruguay en 1962; una película que filmó con Borges y todavía guarda “porque ningún canal quiso comprármela”; una vieja cámara de origen francés, comprada en Norteamérica; y un proyector de “cine portil” de 100 kilos de peso. Ahora, frente al televisor se anima a descubrir unas pocas imágenes de su pasado que acompañan un especial que le dedicó la televisión polaca en 1998. Tadeo se dice Tadeusz en su idioma. Pero él piensa que ya no es de donde es: “No tengo pasaporte polaco”.
Sobre la crisis argentina, laconiza: “Esto es lo más oscuro que he vivido en la Argentina. Veo nubarrones sobre el país, aunque tengo mucha fe, porque la Argentina no puede tener hambre. Nuestra crisis no es la que vivieron Rusia o los países europeos después de la Segunda Guerra. Acá la gente no muere de hambre como lo hicimos nosotros”.
¿Podría elegir una sola imagen entre las que filmó?
–Me queda claro el precio que pagó Alemania por haber seguido a Hitler, que pregonaba una raza superior. El nazismo demostró la pequeñez humana.
Pero cuénteme una sola imagen...
–No puedo. Le juro que no puedo.

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Fotos: Rafael Yohai
 
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