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Domingo, 8 de mayo de 2005

Los inevitables: Salí - Video x4

Anatomía de un asesinato

Sensibilidad, ambigüedad moral y grandes actuaciones en un amargo avatar del indie americano.

POR MARIANO KAIRUZ
Pese a haber sido concebido como un proyecto low budget, el debutante Matthew Ryan Hoge recién consiguió financiar El crimen de Leland cuando Kevin Spacey se comprometió como productor y actor secundario. Según Hoge, todo el mundo lo veía –y lo sigue viendo en los pocos lugares en que llegó a estrenarse– como un relato cargado de amargura. The United Status of Leland (según su menos obvio título original) comienza con el asesinato de un nene retardado a manos de un adolescente, Leland P. Fitzgerald, hijo de un reconocido escritor. En boca del asesino, el único móvil del crimen parece ser “la tristeza”.

El crimen... propone muchos personajes secundarios y muchas, tal vez demasiadas, situaciones alrededor de cada uno. En algunas de ellas están sus momentos más interesantes. Por ejemplo, en los intentos de uno de los profesores del correccional que hospeda a Leland (Ryan Gosling), el aspirante a escritor Pearl Madison (Don Cheadle), que cree haber hallado una buena historia para un libro en su joven y aparentemente sensible criminal. O en la conflictuada Becky Pollard (Jena Malone, especialista en teenagers sufridas), hermana del nene asesinado, o en los demás integrantes de su familia.

Hoge, que trabajó un tiempo en un correccional, tiene algunas ideas sobre los vestigios de sensibilidad que pueden hallarse en gente que comete actos monstruosos. Su película apuesta a desplegar un aire vago de ambigüedad moral y presenta un puñado de grandes actuaciones, la de algún veterano del circuito del off Hollywood como Martin Donovan y las de algunos actores jóvenes cuyos rostros empiezan a hacerse reconocibles.

Chicos difíciles

Entre La ley de la calle y Larry Clark, Río maldito vuelve a la carga con los matones adolescentes.

POR M.K.
Aunque desde sus primeros minutos Río maldito (Mean Creek) evoca títulos como El señor de las moscas (no hay adulto que se haga cargo de la toma de decisiones morales a la que se enfrenta el grupo de protagonistas adolescentes) o Cuenta conmigo (por su ambientación pueblerina y el inevitable background de “familias disgregadas”), su director, el debutante Jacob Aaron Estes, parece más dispuesto a citar films como The River’s Edge (otro relato de crimen adolescente de mediados de los ‘80) o la desoladora La ley de la calle, de S.E. Hinton y Francis Ford Coppola.

Aunque la crítica norteamericana hizo foco en la figura del bully –el pequeño matón, en este caso escolar, que abusa de los otros chicos– y el film comparte lo suyo con Bully (Larry Clark), donde un grupo de adolescentes se carga a otro que suele fastidiarlos, el interés de esta pequeña producción independiente pasa por la manera en que construye las relaciones entre sus protagonistas.

En Río maldito, el bully es el regordete George, un nene de mamá que arrastra algún eco de dislexia y a veces puede ponerse bastante pesado. Aunque los demás chicos también tienen un plan para escarmentarlo, el film de Estes es más bien un drama de inocencia quebrada. Porque aquí, a diferencia de lo que ocurre en la película de Clark, sí queda todavía alguna inocencia por quebrar.

Río maldito tiene un mérito indisputable en su reparto de actores adolescentes, encabezado por Josh Peck (George), la rubia Carly Jayne Schroeder y Rory Culkin, el menor de los hermanos Culkin (Mi pobreangelito), una familia que no se cansa de producir potenciales Holden Caulields cinematográficos.

Todos juntos ahora

Scarlett Johansson deslumbra en una pintoresca historia de convivencias forzadas.

POR M.K.
Los primeros diálogos profetizan de entrada que Secretos del pasado no es una gran película. Pero de golpe entra en escena Scarlett Johansson, más linda y encantadora que nunca, y todo cambia, y aparece Travolta y queda claro que de todos los papeles malos que asumió en los últimos años, éste, al menos, será uno de los más simpáticos. De modo que uno puede limitarse a disfrutar de la película como de otra convencional comedia dramática de Hallmark: ingerida con ligereza, no puede causar demasiado daño.

Hay mucho de melodrama televisivo en el planteo de la película de la directora Shainee Gabel, que debuta en la ficción después de haber codirigido seis años atrás Anthem, un documental en el que un gran elenco de estrellas de la cultura opinaba sobre la noción de “sueño americano”. Adaptación de una novela de Ronald Everett Caps, Secretos... cuenta cómo Pursy (Johansson) conoce al ex profesor de literatura Bobby Long (Travolta) y a su “discípulo”, el aspirante a escritor Lawson Pines (Gabriel Macht), un par de borrachos alegres que viven en la casa que acaba de dejar la madre de ella, una yanqui recién fallecida. Historia de convivencia forzosa entre personajes descarriados, el guión no se caracteriza por sus sutilezas, pero hay algo en sus personajes, en el pintoresquismo white trash de la ambientación y en su bohemia musical que debe tener algo que ver con ese efecto entrañable que a menudo tienen ciertos especímenes de melodrama.

Esplendor en el césped

En Wimbledon no todo es como parece. Y el DVD cuenta por qué.

POR M.K.
¡Así que para esto servían los extras de los DVD! No para dar fe de las chupadas de medias de directores y productores a actores y guionistas, y viceversa, sino para explicarnos cómo es que la pantalla sigue mintiéndonos tanto y tan bien. Es decir, en el caso de Wimbledon: cómo hicieron para que dos actores desgarbados que no parecen haber tocado un encordado desde la escuela primaria casi nos convenzan de que son deportistas capaces de ranquear en los más altos puestos de la ATP.

Wimbledon es una comedia romántica despareja, pero muy simpática, dinámica y bastante disfrutable protagonizada por Kirsten Dunst (una de las chicas más versátiles del cine norteamericano actual) y el británico Paul Bettany (otro talento todavía un poco secreto: el médico de a bordo en Corazón de mar y guerra) y ambientada a lo largo del torneo de Grand Slam del título. Entre entrevistas al director –el inglés Richard Loncraine, un hombre que viene de la publicidad y tiene en su currículum el Ricardo III de Ian McKellen–, comentarios de técnicos y declaraciones de algunos protagonistas, el DVD ofrece pistas para entender cómo es que Dunst y Bettany fingen hacer eso que no hacen, confirma que todos esos globos que parecen dibujados están, efectivamente, dibujados (en una computadora) y desnudan una puesta en escena donde unas quince cámaras secuenciadas permiten crear la ilusión de que este héroe deportivo al borde del retiro es capaz de volar sobre la red. Y vemos y escuchamos al mismísimo JohnMcEnroe –un hueso duro de roer que aceptó hacer un cameo en el film– recordando cómo era estar de verdad en los céspedes del Reino luchando a brazo partido por la gloria.

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