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Domingo, 8 de junio de 2008

Tengo un sueño

 Por Barack Obama

Soy el hijo de un negro de Kenya y de una blanca de Kansas. Fui educado con la ayuda de un abuelo blanco que pasó la Gran Depresión y sirvió en el ejército de Patton en la Segunda Guerra, y de una abuela que armaba bombarderos en Fort Leavenworth mientras él peleaba. Yo fui a algunas de las mejores escuelas de América y viví en uno de los países más pobres del mundo. Estoy casado con una negra norteamericana que tiene sangre de esclavos y de esclavistas, una herencia que les pasó a mis dos adoradas hijas. Tengo hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos, tíos y primos de cada raza y cada color repartidos en tres continentes, y mientras tenga aliento nunca voy a olvidar de que mi historia sería imposible en otro país del mundo. Es una historia que me hace un candidato atípico pero que marcó en mis genes la idea de que un país es más que la suma de sus partes, que de muchos podemos realmente hacer uno. (...)

Los comentarios del reverendo Wright no son simplemente controvertidos. En rigor, expresan una visión profundamente distorsionada de este país, que ve al racismo como endémico y pone lo que está en EE.UU. por encima de lo que está bien en EE.UU. Una visión que dice que el conflicto en Medio Oriente tiene raíces en las acciones de aliados fieles de Estados Unidos como Israel y no de la perversa y odiosa ideología del radicalismo islámico. (...)

Pero yo no puedo repudiar al reverendo, como no puedo repudiar a la comunidad negra. No puedo repudiarlo como no puedo repudiar a mi abuela blanca, una mujer que me crió, que se sacrificó una y otra vez por mí, una mujer que me ama como nada en el mundo, pero también una mujer que una vez me confesó que les tenía miedo a los negros que pasaban por la calle y que más de una vez hizo comentarios racistas. Estas personas son parte de mí. Y son parte de los Estados Unidos, el país que amo. (...)

El racismo es un asunto que nuestra nación no puede darse el lujo de ignorar en este momento. Estaríamos cometiendo el mismo error que el reverendo Wright en sus sermones sobre Estados Unidos: simplificar y crear estereotipos y amplificar lo negativo hasta el punto en que la realidad queda deformada. El hecho es que los comentarios que se escucharon y las cuestiones que asomaron en estas últimas semanas reflejan complejidades del racismo en este país que nunca elaboramos realmente, una parte de nuestra unión todavía a perfeccionar. Si ahora le damos la espalda, si simplemente nos retiramos, no vamos a poder resolver desafíos como el de la medicina pública, la educación o el desempleo. Entender esto implica recordar cómo llegamos a este punto. Como dijo William Faulkner, “el pasado no está muerto ni enterrado, ni siquiera es pasado”. No hace falta ahora repetir aquí la historia de injusticias raciales de este país. Pero sí necesitamos recordar que muchas de las disparidades que existen en la comunidad afroamericana de hoy tienen sus raíces en la desigualdad que sufrió una generación anterior bajo la herencia brutal de la esclavitud y la discriminación legal. (...)

El profundo error del reverendo Wright no es que habló sobre el racismo en nuestra sociedad. El error es que habló como si nuestra sociedad fuera estática, como si no hubiéramos progresado, como si este país –que hizo posible que uno de su rebaño compitiera por la presidencia y formara una coalición de blancos y negros, latinos y asiáticos– todavía estuviera irrevocablemente atado a su pasado trágico. Lo que sabemos –lo que vemos– es que América puede cambiar. (...)

Entre los blancos, el camino a una unión más perfecta pasa por aceptar que lo que afecta a la comunidad negra no es algo que existe apenas en la imaginación de los negros. Que la herencia de discriminación –y los hechos actuales de discriminación, que son menos descarados que antes– es real y tiene que enfrentarse. Y no sólo con palabras sino con hechos, invirtiendo en nuestras escuelas y comunidades, haciendo cumplir las leyes de derechos civiles y asegurando la igualdad ante la justicia, dando a esta generación oportunidades de mejorar que no tuvieron las anteriores. Todos tienen que aceptar que los sueños de uno no pueden cumplirse a costillas del sueño del otro, que invertir en la salud, el bienestar y la educación de los chicos negros, marrones y blancos ayuda a que prospere todo el país.

Estas palabras de Barak Obama son parte del discurso que dio en Filadelfia durante su campaña por las internas demócratas, apenas después de que salieran a la luz los comentarios racistas del reverendo Wright, el pastor de su Iglesia que lo casó. Lejos de atenuar el tema, Obama sorprendió ahondando en la compleja pero esperanzadora realidad racial de Estados Unidos.

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