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Domingo, 24 de mayo de 2009

LOS ADIOSES

Poeta, novelista, ensayista y periodista, militante, exiliado durante la dictadura uruguaya y hasta perseguido por la Triple A, la figura completa de Mario Benedetti parece eclipsada por la imagen del autor de versos románticos que citan y plagian los adolescentes. Sin embargo, el duelo nacional decretado en Uruguay tras su muerte el domingo pasado y la masiva despedida que se le dio en Montevideo hicieron evidente la cantidad y diversidad de lectores que consiguió a lo largo de más de 80 libros. Dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas en Cuba, fue parte de la revista Brecha, fue director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de la República, pero sobre todo supo captar un color y una época (como en sus Poemas de oficina, de 1956), un país (como en Montevideanos, de 1960) y una sensibilidad particular (como con La tregua, de 1960, una novela que con más de 150 ediciones en castellano fue llevada al cine, a la televisión y al teatro). Por eso, Radar despide también a todos esos Benedetti detrás de sus versos más conocidos.

Por Juan Pablo Bertazza

Además del morbo, además de la superstición, con la muerte llega el –otro– reconocimiento porque, a veces, la muerte permite diseccionar vidas, pluralizar a una persona en su justa medida.

Así como detrás de su marca registrada –Mario Benedetti, a secas– había un nombre excesivo, barroco, literario, demasiado literario –Mario Orlando Ardí Hamlet Brenno Benedetti Farrugia–, poco a poco su figura, especialmente para los más jóvenes, se fue reduciendo a una faceta indivisible: el masivo poeta con look de Yepeto, leído por los malos poetas, citado por los que no leen, querido por los que no saben querer.

Y es que, por suerte o por desgracia, un escritor no es lo que escribe, sino lo que hace con lo que los otros escriben de él. Tienen la desgracia los escritores de encarnar, hasta las últimas consecuencias, aquello de que cada persona es completada por la mirada de los otros si es que, claro, tienen la inmensa suerte de acceder a esa mirada. El lector no completa el sentido de un libro o de una obra. Es el escritor el que tiene la posibilidad de moldear esa mirada que los lectores van trazando no sólo de sus libros sino también de su propia vida; una mirada totalizante y, sin embargo, hecha con los retazos de charlas apretadas, páginas leídas por la mitad, libros que se cierran antes de tiempo por haber caído, acaso, en el momento y en el lugar equivocados.

Benedetti –sería injusto negarlo– es casi una mala palabra para la actual poesía, a tal punto que pocos, muy pocos osarían tomarlo en cuenta. Y eso puede deberse a varias razones: tal vez su inventario poético terminó devorándose al resto de su obra, tal vez su poesía envejeció mal, tal vez no se pueda ser tan popular y de culto al mismo tiempo. Lo indudable es que en el mayor porcentaje del Benedetti poeta hay un Benedetti letrista. Lo curioso es cómo todos los otros Benedettis fueron muriendo a manos del Benedetti de Poemas de la oficina o Sólo mientras tanto, a manos de poemas que le gustaban a nuestros malos maestros de literatura, a manos de poemas que inundan las orillas de la red: el Benedetti periodista, el Benedetti militante de izquierda, el Benedetti crítico de cine, el Benedetti humorista, el Benedetti exiliado y desexiliado, el Benedetti narrador que despabiló al cuento uruguayo con las luces de neón de la ciudad, el kafkiano Benedetti de La tregua, el Benedetti maldito de ese conmovedor relato que es “Sábado de gloria”, donde Benedetti reza a Dios “una oración aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración a mano armada” para que no se la lleve a su compañera.

Todos esos Benedettis que, ahora, paradójicamente, quizás renazcan.


La persona y la obra.

Por Mauricio Rosencof

Con Mario hicimos migas en el semanario Marcha: él tenía una sección de humor, “La espada de Damocles”, y yo tenía otra. El publicó ahí algunos de los cuentos que después formaron parte de Montevideanos: recuerdo “Los pocillos”, por ejemplo. Eran los días en que había sacado Poemas de la oficina: eso sí que fue elegir una temática insólita, porque son versos dedicados al destino, a la vida, a la perspectiva de los funcionarios públicos. Y se dio un fenómeno impresionante en Ciudad Vieja, donde estaban los bancos: salían los bancarios y se iban a las librerías. Agotaron varias ediciones. Con un lenguaje sencillo y coloquial, él convirtió eso en poesía.

También estuvimos muy vinculados en el ‘71, con el nacimiento del Frente Amplio, que hoy es gobierno y, como decía Mario, segundas partes también son buenas –-pensando en El regreso de Martín Fierro y también en el Quijote–. El fue uno de los fundadores y le dio al Frente la cultura, la sobriedad, el equilibrio, el talento y el buen decir: él, además, leía los discursos. Luego la cosa entró a convulsionarse y él se refugió, con Zelmar Michelini, en Buenos Aires.

El asunto es que con Mario es imposible desvincular su obra de su persona. Aunque nunca fue ni quiso ser un dirigente político, era un hombre absolutamente comprometido con todas las causas nobles de su tiempo. Nos deja un libro, El olvido está lleno de memoria, que es un poco la gran consigna que tenemos en el Río de la Plata, porque seguimos escarbando papeles y tierra en los cuarteles para encontrar a nuestros desaparecidos. El premio en metálico más importante que recibió pasó directamente al Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Eso más o menos lo pinta. A pesar de que su espíritu estaba golpeado por la muerte de Luz, y de muchos de sus amigos, no perdió nunca el amor, ni la ternura, ni la poesía ni el humor.

La escritura era el acto más importante de su vida. Sobre todo en los últimos años: luego de darnos prosas como La tregua o Gracias por el fuego, y un libro tan especial como El cumpleaños de Juan Angel, dedicado a Raúl Sendic, él sentía que escribir poesía era el recreo que le daba la vida. Tenía esa capacidad de captar los sentimientos, las sensaciones, los paisajes, de integrar todo eso y combinar, a la vez, lo que se piensa con lo que se siente. Y, además, nunca fue un trabajo: escribir, para él era una fiesta, un alegría.

Mauricio Rosencro es escritor y secretario de Cultura de Montevideo

Foto: Daniel Mordzinski

Entre Vallejo y Neruda

Por Mario Benedetti

Hoy en día parece bastante claro que, en la actual poesía hispanoamericana, las dos presencias tutelares se llaman Pablo Neruda y César Vallejo. No pienso meterme aquí en el atolladero de decidir qué vale más: si el caudal incesante, avasallador, abundante en plenitudes, del chileno, o el lenguaje seco a veces, irregular, entrañable y estallante, vital hasta el sufrimiento, del peruano. Más allá de discutibles o gratuitos cotejos, creo sin embargo que es posible relevar una esencial diferencia en cuanto tiene relación con las influencias que uno y otro ejercieron y ejercen en las generaciones posteriores, que inevitablemente reconocen su magisterio.

En tanto que Neruda ha sido una influencia más bien paralizante, casi diría frustránea, como si la riqueza de su torrente verbal sólo permitiera una imitación sin escapatoria, Vallejo, en cambio, se ha constituido en motor y estímulo de los nombres más auténticamente creadores de la actual poesía hispanoamericana. No en balde la obra de Nicanor Parra, Sebastián Salazar Bondy, Gonzalo Rojas, Ernesto Cardenal, Roberto Fernández Retamar y Juan Gelman revelan, ya sea por vía directa, ya por influencia interpósita, la marca vallejiana; no en balde, cada uno de ellos tiene, pese a ese entronque común, una voz propia e inconfundible. (A esa nómina habría que agregar otros nombres como Idea Vilariño, Pablo Armando Fernández, Enrique Lihn, Claribel Alegría, Humberto Megget o Joaquín Pasos, que, aunque situados a mayor distancia de Vallejo que los antes mencionados, de todos modos están en sus respectivas actitudes frente al hecho poético más cerca del autor de Poemas humanos que del de Residencia en la tierra.)

Es bastante difícil hallar una explicación verosímil a ese hecho que me parece innegable. Sin perjuicio de reconocer que, en poesía, las afinidades eligen por sí mismas las vías más imprevisibles o los nexos más esotéricos, y unas y otros suelen tener poco que ver con lo verosímil, quiero arriesgar sobre el mencionado fenómeno una interpretación personal.

La poesía de Neruda es, antes que nada, palabra. Pocas obras se han escrito, o se escribirán, en nuestra lengua, con un lujo verbal tan asombroso como las primeras Residencias o como algunos pasajes del Canto general. Nadie como Neruda para lograr un insólito centelleo poético mediante el simple acoplamiento de un sustantivo y un adjetivo que antes jamás habían sido aproximados. Claro que en la obra de Neruda hay también sensibilidad, actitudes, compromiso, emoción, pero (aun cuando el poeta no siempre lo quiera así) todo parece estar al noble servicio de su verbo. La sensibilidad humana, por amplia que sea, pasa en su poesía casi inadvertida ante la más angosta sensibilidad del lenguaje; las actitudes y compromisos políticos, por detonantes que parezcan, ceden en importancia frente a la actitud y el compromiso artísticos que el poeta asume frente a cada palabra, frente a cada uno de sus encuentros y desencuentros. Y así con la emoción y con el resto. A esta altura, yo no sé qué es más creador en los divulgadísimos Veinte poemas: si las distintas estancias de amor que le sirven de contexto o la formidable capacidad para hallar un original lenguaje destinado a cantar ese amor. Semejante poder verbal puede llegar a ser tan hipnotizante para cualquier poeta, lector de Neruda, que si bien, como todo paradigma, lo empuja a la imitación, por otra parte, dado el carácter del deslumbramiento, lo constriñe a una zona tan específica que hace casi imposible el renacimiento de la originalidad. El modo metaforizador de Neruda tiene tanto poder que, a través de incontables acólitos o seguidores o epígonos, reaparece como un gen imborrable, inextinguible.

El legado de Vallejo, en cambio, llega a sus destinatarios por otras vías y moviendo quizás otros resortes. Nunca, si siquiera en sus mejores momentos, la poesía del peruano da la impresión de una espontaneidad torrencial. Es evidente que Vallejo (como Unamuno) lucha denodadamente con el lenguaje, y muchas veces, cuando consigue al fin someter la indómita palabra, no puede evitar que aparezcan en ésta las cicatrices del combate. Si Neruda posee morosamente a la palabra, con pleno consentimiento de ésta, Vallejo en cambio la posee violentándola, haciéndole decir y aceptar por la fuerza un nuevo y desacostumbrado sentido. Neruda rodea a la palabra de vecindades insólitas, pero no violenta su significado esencial; Vallejo, en cambio, obliga a la palabra a ser y decir algo que no figuraba en su sentido estricto. Neruda se evade pocas veces del diccionario; Vallejo, en cambio, lo contradice de continuo.

El combate que Vallejo libra con la palabra tiene la extraña armonía de su temperamento anárquico, disentidor, pero no posee obligatoriamente una armonía literaria, dicho sea esto en el más ortodoxo de sus sentidos. Es como espectáculo humano (y no sólo como ejercicio puramente artístico) que la poesía de Vallejo fascina a su lector, pero una vez que tiene lugar ese primer asombro, todo el resto pasa a ser algo subsidiario, por valioso e ineludible que ese resto resulte como intermediación.

Desde el momento que el lenguaje de Vallejo no es lujo sino disputada necesidad, el poeta-lector no se detiene allí, no es encandilado. Ya que cada poema es un campo de batalla, es preciso ir más allá, buscar el fondo humano, encontrar al hombre, y entonces sí, apoyar su actitud, participar en su emoción, asistirlo en su compromiso, sufrir con su sufrimiento. Para sus respectivos poetas-lectores, vale decir para sus influidos, Neruda funciona sobre todo como un paradigma literario; Vallejo, en cambió, así sea a través de sus poemas, como un paradigma humano.

Es tal vez por eso que su influencia, cada día mayor, no crea sin embargo meros imitadores. En el caso de Neruda lo más importante es el poema en sí; en el caso de Vallejo, lo más importante suele ser lo que está antes (o detrás) del poema. En Vallejo hay un fondo de honestidad, de inocencia, de tristeza, de rebelión, de desgarramiento, de algo que podríamos llamar soledad fraternal, y es en ese fondo donde hay que de hay buscar las hondas raíces, las no siempre claras motivaciones de su influencia.

A partir de un estilo poderosamente personal, pero de clara estirpe literaria, como el de Neruda, cabe encontrar seguidores sobre todo literarios que no consiguen llegar a su propia originalidad, o que llegarán más tarde a ella por otros afluentes, por otros atajos. A partir de un estilo como el de Vallejo, construido poco menos que a contrapelo de lo literario, y que es siempre el resultado de una agitada combustión vital, cabe encontrar ya no meros epígonos o imitadores, sino más bien auténticos discípulos, para quienes el magisterio de Vallejo comienza antes de su aventura literaria, la atraviesa plenamente y se proyecta hasta la hora actual.

Se me ocurre que de todos los libros de Neruda sólo hay uno, Plenos poderes, en que su vida personal liga entrañablemente a su expresión poética. (Curiosamente, es quizás el título menos apreciado por la crítica, habituada a celebrar otros destellos en la obra del poeta; para mi gusto, ese libro austero, sin concesiones, de ajuste consigo mismo, es de lo más auténtico y valioso que ha escrito Neruda en los últimos años. Someto al juicio del lector esta inesperada confirmación de mi tesis: de todos los libros del gran poeta chileno, Plenos poderes es, a mi juicio, el único en que son reconocibles ciertas legítimas resonancias de Vallejo.) En los otros libros, los vericuetos de la vida personal importan mucho menos, o aparecen tan transfigurados, que la nitidez metafórica hace olvidar por completo la validez autobiográfica. En Vallejo, la metáfora nunca impide ver la vida; antes bien, se pone a su servicio. Quizá habría que concluir que en la influencia de Vallejo se inscribe una irradiación de actitudes, o sea, después de todo, un contexto moral. Ya sé que sobre esta palabra caen todos los días varias paladas de indignación científica. Afortunadamente, los poetas no siempre están al día con las últimas noticias. No obstante, es un hecho a tener en cuenta: Vallejo, que luchó a brazo partido con la palabra pero extrajo de sí mismo una actitud de incanjeable calidad humana, está milagrosamente afirmado en nuestro presente, y no creo que haya crítica, o esnobismo, o mala conciencia, que sean capaces de desalojarlo.

Este ensayo fue escrito por Benedetti en 1967 y publicado en Letras del continente mestizo, de Montevideo, en 1972.

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