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Domingo, 7 de agosto de 2005

El ladrón

Según lo cuenta Ricardo Darín

¡Caco, delincuente, ladrón!, te pueden gritar cualquier cosa si te quedás con algo que no es tuyo. Todo el mundo te va a mirar de reojo y tratará de evitarte cada vez que aparezcas. Pero, ¿qué puedo hacer? Yo no elegí esto. Antes no era así: tenía un trabajo honesto y, lo juro, la gente me respetaba. Pero un día lo perdí y todo cambió. Sí, sí, ya sé que no me creen porque soy... bueno, no me gusta la palabra “ladrón”, pero trato de ser sincero.

El asunto es que, a veces, vengo caminando por la calle y voy encontrando algunas cosas que me hacen falta. Nada importante, tonterías, cosas que a lo mejor otros no valoran, pero para mí son la salvación: relojes, anillos, monedas, billetes de cien pesos. Ya les dije, nada importante. Hay que vivir y dejar vivir. Imagínense mi cara cuando veo pasar a una golondrina muy flaquita transportando en su pico algo parecido a doradas hojas de fresno. No sé muy bien qué eran, pero brillaban de una manera que, les aseguro, yo no pude resistir... ¿entienden, no? Era uno de esos días malos para mi “oficio”.

Fue demasiado tentador para mí y empecé a correrla por toda la ciudad, corría y miraba para arriba para no perderla de vista; tropezaba con todo lo que iba apareciendo: la gente, los caballos, ¡hasta un policía! Un perro flaco llamado Fito se me unió en la carrera sin saber muy bien por qué (los perros hacen esas cosas). Para colmo no paraba de ladrar y llamar la atención, el hijo de perra... No pude ni siquiera tocarle las plumas a la golondrina. ¡Ni hablar de las hojitas doradas! Horas tratando de saber de dónde venía o a dónde iba, todo el día corriendo por la ciudad y nada. Pero empecé a darme cuenta de que la gente que siempre andaba por ahí estaba rara. Se reían. Sí, se reían todos, se reían porque estaban contentos, alegres; incluso bailaban, todos bailaban y reían. Algunos se abrazaban y lloraban de tanta alegría.

Era muy lindo; como un sueño. Yo no entendía nada. Como tampoco entiendo por qué el perro, moviendo la cola, me señalaba con su hocico el lugar en donde hacía un rato volaba la golondrina.

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