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Domingo, 18 de julio de 2010

RICARDO PIGLIA: FRAGMENTO DE UNA DE LAS CONFERENCIAS A DOCENTES

Leemos a la misma velocidad que en los tiempos de Aristóteles

 Por Ricardo Piglia

1 Quisiera preguntarme por los modos de leer que han persistido y qué es lo que se ha transformado mirando esto con una perspectiva más histórica. Yo tiendo a pensar que los juegos de leer, más allá de los modos o de los espacios, se han mantenido estables. Siempre leer ha sido pasar de un signo a otro. Hay que pasar de un signo a otro, de una palabra a otra, y en eso leer se parece mucho a escribir. Escribir supone poner primero una palabra y después otra, y otra. Y escribir un libro también es eso: es poner una palabra, y una palabra, y otra. Leer tiene algo de eso. Uno va de un signo a otro, descifrando. Después puede estar en distintas escenas o puede tener interrupciones, o no. Pero el modo de leer como tal se ha mantenido a lo largo de los siglos.

Yo digo siempre, en broma, que leemos a la misma velocidad que en los tiempos de Aristóteles. Lo que ha sucedido es que tenemos más circulaciones rápidas de textos. El inconveniente que tienen las formas actuales de hacer circular los textos es que los lectores tienen un tiempo para leer cada uno de los textos. Entonces, por más que exista una circulación muy activa, de muchísimas posibilidades de acceso a los textos, no han podido todavía inventar un chip para que los lectores puedan leer más rápido todo eso que llega ahí. O esa información que ninguno tiene interés en conocer.

Hay una tensión entre la transformación extraordinaria y la capacidad extraordinaria de la circulación de los textos que hace que todos tengamos la sensación de que no alcanzaremos a leer todo lo que está disponible, y el hecho de que la velocidad de lectura se ha mantenido estable. Cada vez que escucho esa frase tan antipática de que “una imagen vale más que mil palabras”, quiero discutirla. Yo creo que lo que sucede es que la imagen es instantánea y para leer mil palabras se necesita un tiempo. Esa es la definición. No es que vale más sino que el tiempo necesario para leer mil palabras es distinto. La imagen es inmediata mientras que la posibilidad de descifrar un texto supone siempre una relación con el tiempo muy personal. Y sabemos que las ideas que ya pasaron de moda, pero que en algún tiempo parecían apuntar a la lectura veloz (había incluso instituciones de lectura veloz), eran una tontería. Esa idea de que uno podía aprender a leer más rápido. Un intento de hacer más rápida una experiencia que siempre está ligada con el propio cuerpo y por lo tanto con las experiencias que el propio cuerpo va generando en esa cuestión.

(...)

2 La vocación de enseñar a leer está ligada con lo que hacen los escritores. Porque deliberadamente o no, los grandes libros cambian el modo de leer. Se puede decir que la enseñanza de la literatura supone un aprendizaje de un modo de leer que puede ser usado luego para descifrar cualquier mensaje. Porque la literatura y la poesía tienen una complejidad que si uno se acostumbra a utilizar, si entra en la perspectiva de ese lenguaje de la poesía o de la lírica, se da cuenta de que la velocidad a la que se aspira a veces ahora se ubica después de la poesía, desde luego. Velocidad en el sentido de condensación, de decir muchas cosas con pocas palabras.

La enseñanza de la literatura está conectada con un saber que es el del desciframiento de signos. Por eso, la literatura tiene un grado de densidad o de complejidad tal que si uno aprende a enfrentarlos, luego es muy apto para leer con mucha mayor soltura los lenguajes políticos, económicos, o cualquiera que sean los otros usos del lenguaje. Incluso el desciframiento de los signos todavía sigue siendo la clave de cualquiera de los modos nuevos y de las nuevas tecnologías (frente a las cuales, desde luego, uno tiene que tener una actitud auspiciosa).

Quizás ustedes sepan que los griegos aprendían a leer recién a los dieciséis años. Luego de una serie de aprendizajes múltiples, llegaba el de la lectura que tenía el aire del aprendizaje de algo muy especial, muy valorado. Hay una cita de Jean-Pierre Vernat, un historiador de la cultura clásica, sobre los primeros textos de La Odisea que, como saben ustedes, fueron fijados en la escritura alfabética hacia el 560 antes de Cristo. “Los jóvenes griegos aprendían a leer con Homero. El texto se presentaba en rollos, llamados en latín voluminas (de donde viene la palabra volumen), incómodos de leer. Con frecuencia se servían de un esclavo. Los voluminas estaban escritos en papiro o en pergamino, piel de carnero curtida y tratada.” Me parece que, por un lado, Vernat se concentra en la idea de que los jóvenes griegos aprendían a leer con Homero –ojalá nosotros podamos aprender a leer con Hernández o con Sarmiento–, pero la idea del esclavo que estaba ahí sosteniendo esos papiros da la idea de que la literatura siempre está acompañada por situaciones sociales.

(...)

3 Para terminar, me gustaría contarle sobre el primer libro que leí. Yo tendría cinco años, calculo, porque mi abuelo estaba vivo todavía. Siempre lo veía leer y eso me producía una especie de fascinación. Entonces, un día fui, subí a una silla, agarré un libro de la biblioteca de mi abuelo y me senté en el umbral de la puerta de mi casa. Nosotros vivíamos en Adrogué, en una calle que estaba muy cerca de la estación. Aunque el barrio era muy tranquilo, la gente que venía de la Capital pasaba por la puerta de mi casa. Cada media hora, un mundo de gente que había tomado el tren. Evidentemente, yo me senté ahí para que los que pasaran me vieran leer. Y, desde luego, yo no sabía leer. Pero estaba ahí sentado mirando ese libro para que vieran cómo leía y de repente apareció una sombra que me dijo que yo tenía el libro al revés. Y ahí está el futuro mío: siempre habrá un crítico que me diga que tengo los libros al revés. A veces imagino que fue Borges el que me dijo eso, que andaba por ahí en esa época. Porque, si no, ¿quién sería ese individuo al que se le ocurrió decirle a un chico que tenía el libro al revés? Un criterio absolutamente particular de darle a un chico una especie de lección. Esa ha sido mi primera experiencia de lectura y ha sido un gusto compartirla con ustedes.

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