Dom 17.01.2010
rosario

CONTRATAPA

Los que viven el día al minuto

› Por Gary Vila Ortiz

No quisiera referirme a todos aquellos que padecen de una enfermedad terminal y que entonces sufren el día al instante. No quisiera o en realidad siento que no debo hacerlo ya que me parece una absoluta falta de respeto. También esa ausencia de respeto al otro podría encontrarse en estas pocas líneas, por lo cual debo disculparme de antemano. Tal vez, después de unos cuantos años de ejercer este oficio, la memoria me contaría todas aquellas veces que he sentido la necesidad de expresar este sentimiento a la vez que me preguntaba si tenía algún derecho para poder hacerlo. Es que no puedo evitar sentir un estremecimiento en la conciencia al hablar de algo que observo desde un sitio de privilegio: el simple hecho de estar vivo, de poder pensar con libertad y expresarme, de amar de la manera que amo, de estar con la salud un tanto averiada, pero comprendiendo que a mi edad debo agradecer estar como estoy.

Mirando el mundo de la manera que puedo hacerlo, es decir a través de los diarios, la televisión, los libros, no es difícil llegar a la conclusión de que en esta población mundial que no deja de crecer de manera sorprendente, existen aquellos que se van salvando, y que en línea general podríamos calificar como afortunados, esos otros que ya han muerto por miles de causas menos de muerte natural y unos terceros que siguen y que merecerían ser llamados sobrevivientes, pues la vida depende casi de manera exclusiva de esa terrible estupidez que parece contaminar a todos aquellos que de tantas formas (y a lo largo y ancho de este planeta que se encuentra a la deriva), al menos en lo que hace a quienes lo habitan, ejercen eso que llamamos poder.

Flaubert no fue el primero, en decirnos que todo poder es por esencia estúpido, pero fue quien insistió hasta su muerte en retratarnos en esa enfermedad que padecemos (la de anhelar el poder) y lo que es más, hacemos gala de esas ansias que no tienen límite alguno; en este sentido su inconclusa obra "Bouvard y Pécuchet", representa un verdadero tratado sobre la estupidez. Es cierto que existen las excepciones. Buda, Sócrates, Jesús, nunca quisieron el poder, tal cual lo entendemos hoy en día, y buscaban la primacía de aquello que llamaríamos lo espiritual. ¿Pero cuáles han sido los resultados de su prédica? ¿Es necesario explicar que ninguna o apenas alguna en casos aislados? Y esos seres humanos que apostaron a una reverencia absoluta por todo lo vivo sufrieron, como Gandhi entre otros pocos, la misma suerte adversa. La estupidez humana es contaminante.

A los hombres les parece más satisfactorio seguir los lineamientos dictados por Hitler, Franco y Mussolini, entre otras yerbas malignas, que pensar o adecuar sus conductas a quienes predican una convivencia pacífica. Es verdad, creo, al menos en este instante de escribir lo creo, que la utopía es aquello que no puede alcanzarse. Es decir, se alcanzan aquellas utopías de las que nos hablaron Aldous Huxley o George Orwell, diríamos que vivimos inmersos en ellas, pero no esas otras en las que ofrecieron un retrato de un mundo mejor. Al comenzar estas líneas dispersas pensaba en muchas de esas cosas que suceden a la vuelta de la esquina, pero que no se quieren ver y mucho menos aún tener en cuenta. Todos los días observo niños, chicos y adolescentes, gente mayor también, que sobreviven gracias a lo que encuentran en uno de esos modernos tachos de basura. Ya lo he dicho, muchas veces, pero de ninguna manera creo que se trate de eso que en un lenguaje que proviene del catolicismo, se llamaría un pecado mortal. Y no todos los días, pero con la frecuencia que exige el subsistir, concurro al banco a donde cobro mi jubilación. Como en múltiples ocasiones me toca esperar a quienes están cobrando y suelo observar, tal vez sin quererlo, acaso queriéndolo, cuánto es lo que cobran, sobre todo gente mayor, es decir de mi misma edad o quizá un poco más. Entonces me siento un privilegiado, tan sólo por el hecho de cobrar más que ellos. No puedo dejar de reconocer que en el banco donde me toca cobrar la atención es excelente, pero quienes hacen que la misma sea así no pueden modificar lo que cobran algunos. Lo digo por experiencia, para que no se entienda que hablo por hablar. Puedo decir que hace unos años estuve sin cobrar un peso durante siete meses. No me quejé. No podía quejarme porque Kafka escribió su "No me quejo" y ¿Quién soy yo para quejarme a la par que Kafka? No he visto a quienes cobrando algo que ignoro cómo les alcanza para vivir, se quejen. Pero si no he escuchado sus palabras de lo que sería una justa queja, si les he visto la cara y algunos gestos de resignación.

Creo que el reino de los cielos es para aquellos que padecen de una cierta pobreza, no para quienes con toda justicia se considera que no merecen conocer ese posible lugar ni por fotografía, que por cierto no la hay. Y me importa bastante poco, es decir nada, las explicaciones que suelen darse en torno a la pobreza, a los ricos, a esa puerta estrecha y a otras cosas por el estilo al que nadie les quiere dar el sentido que tuvieron cuando fueron dichas.

Pero me gustaría, en la medida de lo posible (y también de lo imposible) que se hiciera vivir, a una gran mayoría, un poco de ese imaginario reino de los cielos en este sitio de las galaxias en el cual sobrevivirán finalmente las cucarachas, las hormigas o las ratas, que han sabido lograr sociedades más eficientes. Nosotros vivimos en una sociedad donde se vive un western de "celulares", es decir un western decadente. Tenemos al alcance de nuestras manos el poder incomunicarnos a través de las computadoras como esta en la que estoy escribiendo. Hasta ahora, con respecto a las computadoras, me había mantenido virgen. Lo sigo siendo en lo que hace a los celulares. Pero es probable que tarde o temprano pierda esa virginidad. ¿Cómo habrán hecho Cervantes, Shakespeare y Montaigne para escribir lo que escribieron sin celulares y computadoras? Alguien me dice que se trata de una pregunta estúpida. Debe ser cierto. Pero al hablar de sentirme un privilegiado es por poder escribir, ya sea en una computadora o en la máquina de escribir, o a mano, fumando un cigarro (no de los cubanos sino de los más baratos) y teniendo a mano un vaso con una buena mezcla de "dry gin" con jugo de naranja, mientras escucho una grabación de los años veinte de Jelly Roll Morton.

Una memoria. Al comienzo de la guerra civil española, que perdieron los mejores, los anarquistas dominaron Barcelona y parte de Cataluña. George Orwell estuvo por allí en ese "corto verano de la anarquía". Y al observar que el sueño de la igualdad y la fraternidad que llevarían a la libertad era posible se sintió feliz. Uno de esos pocos momentos que alguien, que sin duda lo merecía, acarició el imposible territorio de la utopía.

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