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Viernes, 11 de junio de 2010

¡UFA!

La evangélica

 Por Mariana Docampo

A través de varios medios me enteré de la marcha contra el matrimonio gay organizada por la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina y la Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal , que tuvo lugar el 31 de mayo frente al Congreso. En medio de un importante despliegue de pantallas y altoparlantes, los manifestantes fueron convocados para hacer una “gran plegaria a cielo abierto” a fin de frenar la aprobación de la ley, proyecto que, según el decir de los pastores, verdaderos autorizados (vaya a saber por quién) para opinar sobre estos temas, “va en contra de los designios de Dios”. No faltaron bandas de rock cristianas y elocuentes predicadores. ¡De lo que es capaz el fanatismo religioso, y las energías humanas puestas a circular todas juntas en un mismo rectángulo apretado y lleno de cuerpos, con un miedo propio o implantado desde arriba (¡pirámide cuya cúspide, en este caso, está encarnada en una figura humana de saco y corbata y dama a un costado de pollera y sacón!) Estuvo presente, claro está, la infatigable jefa de “cruzada anti matrimonio gay” Cintya Hotton, hoy famosa y que sin duda obtendrá su anhelada placa a “la guardiana de los valores de su país” en alguna posvida menos progresista, y bajo el lema Un mensaje de los niños: queremos papá y mamá, hubo cánticos y rezos y banderas de todo tipo, por ejemplo una con la imagen de una tuerca y un tornillo que aludía con dramática precisión a la naturaleza heterosexual del ciudadano, u otra con un texto que decía: “La familia es un decreto de Dios”. TN cubrió el evento y Valeria San Pedro, la periodista, pidió la palabra de algunos manifestantes. Un señor exclamó: “Yo lo que quería decirles es que si se remontan a leer el libro del Génesis van a ver que Dios destruyó una ciudad que es Sodoma y Gomorra (no corrijo, por pudor) por el pecado de homosexualidad y de lesbianismo”. Otro señor se hace lugar entre la gente y dice: Lo normal es una madre amamantando a su bebé, un padre guiándolo hacia el fútbol u otros deportes, un matrimonio homosexual no cumple con esos requisitos”. No sé si reírme o llorar. La gente da vueltas con las manos hacia arriba mientras canta y clama, revolea los ojos y sortea las preguntas de Valeria San Pedro, que finalmente acude a un pastor, que le dice: “Si seguimos con estas ideas vamos a tener que sacar a Dios de nuestra práctica, de nuestra vida, porque esto es amor a la patria, amor a la familia y amor a los hijos... Nuestra patria está basada en la familia que está organizada, básicamente, por Dios”. La frase no requirió fundamentos teológicos, ni científicos, ni nada, fue una frase dada y punto final. Termina la nota. Empieza otra nota en un programa que se presenta como más progre: Vértigo. Periodismo verdad, mandaron a Cumbio para cubrir la marcha. La periodista más lúcida de ese programa pero también la más joven, una adolescente todavía que se ha declarado públicamente bisexual. La mandaron a las fieras y se podría decir que salió airosa, pero no que no la pasó mal y a la vista de todos. ¿Era necesario? Qué punto de rating suma ver a las fieras ejerciendo la homofobia. Con varios amigxs coincidimos en que más que enojo la “marcha antigay” de los evangélicos dio tristeza. Por los repetidores de la palabra del pastor, por la precariedad, por la irracionalidad, la violencia que acarrean los miedos. Tristeza por quienes, temerosos de la ira de Dios, ponen ciega confianza en quienes no la temen, y solventan un sistema que en alguna de sus vueltas, o en toda su maquinaria, los deja afuera.

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