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Viernes, 21 de octubre de 2011

TELEVISION

Un espectro bajo la bombacha

¿Qué amenaza a la feminidad representa Flor de la V? ¿Quién será menos mujer si ella existe? Preguntas absurdas que la polémica mediática deja en suspenso

 Por Alejandro Modarelli

Nada le fue fácil en la vida, salvo el protagonismo. En el escenario, la pasarela y el set de televisión tomó revancha contra las penurias del pasado: la madre muerta cuando ella no había cumplido los tres, las maestras preocupadas por su afición a los vestidos, el humilde mundo familiar donde no entraba la maqueta del futuro y la violencia del Estado encarnada en un DNI abominable cuando no en los códigos contravencionales.

Siempre se habló de su carisma, la amaron en masa y ella recompensaba el amor con glamour y frescura, y lo que se sabía habitaba en su ropa interior (fantasma pródigo) le confería a Florencia de la V materia prima personalísima para el éxito. Gerardo Sofovich la introdujo definitivamente en los carteles de la avenida Corrientes, pero unos años después pasó de ser la hija predilecta a la hija aborrecida por un desencuentro. Despechado como un padre incestuoso al que se le deja el nido vacío, él llamó a su última revista teatral Flor de pito y, como respuesta, ella llamó a la suya El Padrino.

Nadie sentía que con su éxito ella le hubiese robado nada, sino más bien que aquello que había atesorado en esos años de fama de algún modo también les pertenecía a todos. El ascenso social, la transformación de un nadie en diva, la gracia natural hurtada a la desgracia del origen eran el testimonio de la suerte buscada con obstinación; así también el triunfo sobre el dogma de la biología, cuya ganancia más notoria fue el título de Mujer del Año, honor contra el cual un periodista en decadencia como Jacobson oponía la prueba del WC: “No puede ser que la figura femenina destacada sea alguien que hace pis de pie”... Acaso fuera entonces la primera vez que alguien se refería a los genitales de Florencia de la V, ya no como la picardía que hace reír a la platea pero sin apelar a la maldad, sino como la prueba misma de la maldad de una época en la que se banalizan las diferencias sexuales.

Las sucesivas ceremonias de casamiento con el hombre de siempre —con ley de matrimonio igualitario o sin ley vivirá venerando la institución— la acercaban no sólo a la mujer que había definido ser cuando soñaba de niña (“Cris Miró, en cambio, nunca terminó de definir la mujer que quiso ser”, dijo Florencia a la revista El Teje), sino a la imagen que las familias querían atribuirle. A diferencia de las mujeres devoradoras de la tele, en ella la sensualidad está dulcemente matizada con fidelidad de pareja, y su histrionismo, su verba, hasta su bien administrada escatología, jamás califica para el daño. Sin ser militante de otra causa que no fuese individual y según ella amparada por Dios, Florencia viene acreditando para la representación de la travesti un espacio simbólico fuera de la esquina prostibularia, y eso es algo que se le agradece, aunque Lohanna Berkins recuerda que así como no hay injuria contra una de ellas que no sea a la vez infligida contra todas, no hay tampoco triunfo singular que no haya nacido del estremecimiento de una lucha colectiva.

Pero cuando llegó el deseo de ser madre, y Florencia regresó del viaje más importante de su vida con mellizos concebidos a través del costoso y selectivo contrato de subrogación de vientre, el calor sentimental del carisma no alcanzó ya para cohesionar a las plateas y entonces tuvo que recurrir, para explicarse, a lo que jamás había pensado: los argumentos. Pero muchos prefirieron no entender una palabra sobre elementos básicos de sexo y género ni de parentalidades alternativas, porque alegar ignorancia es para ellos una vía regia para la discriminación. Dijeron que aquello que habita omnipresente bajo la bombacha de Florencia la inhabilita para llamarse madre. En un programa de la televisión chilena los conductores simulaban no saber si dirigirse a ella en femenino o en masculino, ni si sus hijos podrían prescindir de una teta con leche para alimentarse, como si no supieran que existe la mamadera. Las estrategias de la ignorancia tuvieron acá sus epígonos, e inteligencias mediáticas como las de Gisela Marziotta y Pamela David que salieron al rescate de las ficciones inapelables del sentido común llamadas realidad objetiva y sexo binario. Con Florencia de la V devenida madre —ya no sólo esposa— emergió un excedente insoportable, un fantasma que les ha robado a ellas la dignidad exclusiva de un concepto. Les robó un tesoro propio útil contra la intrascendencia, un relato de vida aprendido de niñas. Como vindicación, Marziotta le recordó a la diva que si quiere ser mujer tendrá que cortar por lo sano, como hicieron otras.

No sé si estas recientes violencias verbales preanuncian un declive –una “desublimación”– en la historia de amor entre la princesa travesti y el pueblo, efecto quizá de una felicidad materna percibida ahora como exceso. Y si, a fuerza de acercarse demasiado al tocador de la estrella, las Marziotas y Pamelas habrán rasgado el velo que la embellecía. Un fenómeno de impugnación como este, si realmente adviniera, encontraría un campo propicio en el que alguien como Eduardo Duhalde ahora siembra contra el matrimonio igualitario y el empresario de medios Daniel Vila contra el concepto de identidad de género. Abono reaccionario de la Cosa Nostra.

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