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Viernes, 3 de agosto de 2012

LUX VA A LA PRESENTACION DEL LIBRO DESEO. PALABRAS EN EL VIENTO, DE GUSTAVO PECORARO.

A rimando

Amante de la poesía como de tantos y variados géneros, nuestrx cronista tuvo una noche de meta metáfora y camas voladoras

Como siempre, yo estaba caliente. Así rimando lo digo, con azaroso músculo poético, porque sabrán que el Inconsciente de Lux comunica en soneto cuando se enciende su glándula pituitaria. Yo estaba caliente, repito, pituitariamente hablando, aunque el público no lo notase (y ese presentador Gastón Malgieri cada tanto se frotaba el paquete, como al pasar, en medio de su brillante discurso, sin quitarme los ojos de encima, hasta que le exigí en el lenguaje de los sordos —que aprendí a través de un curso del Vaticano a distancia— que la cortara, porque estaba a punto de hacerme saltar el alien de la lujuria y no quería enchastrar a nadie). Ya bastante enviagradx estaba, como reina porno en su jubileo, sin haber absorbido otra cosa que unos poemas de Gustavo Pecoraro del libro Deseo. Palabras en el viento. Bajo los angelados techos de la Casa Brandon, que es como la casita de Tucumán de la comunidad glttbiq más alternativa, pura independencia del mercado, volaban en la noche los versos de la pasional Peco, que me revolvían la entrepierna. Fichen éstos: Hurgo que te hurgo, a tiempo, mezclando la pana con el terciopelo azul, la lana y el muaré, la salvia y la sal/ Abajo, donde quizá no lleguen nuestros dedos, llegará nuestra boca/ En un dominó de brazos y manos abarcaremos todo el terraplén, derramando gritos de locura porque sí/ La ocasión lo merece.

No sé si será lo mejor del libro, pero tiene tanto que ver con mi biografía, que adopté el poema de inmediato. Otro de los presentadores, Alejandro Modarelli, gorda como un toro ella, descubría a la muerte en medio de los cantos de la Pecoraro, evocación que medio me cortó el mambo porque sabrán que Lux, desde que toma Prozac, no admite que le recuerden la finitud de los seres queridos, y mucho menos asociándola al deseo. Por eso me gusta tanto Vida Morant, a la que haciéndole honor al nombre nunca se le apaga el vicio. Cada vez que la miro en escena es como si me tragase una pildorita energizante y en nuestro último encuentro sexual le confesé que me había enamorado de ella al extremo de pensar en proponerle casamiento. “Lux, estás desvariando”, me contestó, y me condujo de inmediato al consultorio de Carlos Mendes, que mientras me conversaba sobre el filósofo Baruch Spinoza trataba de calmarme la angustia con su aparato de luz pulsada, pero me dejó secuelas alucinatorias.

Como leen: Lux ahora padece de alucinaciones. Como a Washington Cucurto en El curandero del amor, me persiguen camas voladoras cuando me caliento. ¿Será la culpa reprimida por dejarme arrastrar también por el fango de la baja poesía, barroca, roja y pasional? Lo cierto es que cuando se me enciende la pituitaria, ahí aparece el catre ese, llevando encima a los personajes que abandoné cuando ya me aburrían. “Cómo me dejaste a mí, Lux del Infierno, y ya ni te acordás”, me increpó la Peco cuando le conté, “pero mi venganza es ni nombrarte como sí lo hago con todos mis viejos amores”. Y cuando llegó la hora de los agradecimientos en Casa Brandon pasó revista a todos los amigos y amigas —César Cigliutti agitaba su abanico emocionado cuando se rememoró el paso de los dos por la CHA y GaysDC— pero de mí ni mu.

En esa presentación en Casa Brandon había muchos personajes que tenían cuentas que arreglar conmigo. Se ve que el libro Deseo les despertó la memoria y empecé a oír sus reproches como voces paranoides. Lo peor de todo es que cuando bajé las escaleras (¿para cuándo esa escalera para lxs veteranxs, capacitadxs especiales y siguen las formas?) rumbo a la calle Drago sentí el crujido de la cama voladora detrás de mí. Llegué jadeante a la farmacia esa que es como una cadena de fast food, rogando por más Prozac. El chico de guardia me lo negó tres veces, por falta de receta. La cuarta, ya no. A mí la angustia nunca me detiene y, si es necesario vender el alma al diablo, pues se la alquilo.

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Imagen: Javier Fuentes
 
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