Vie 27.12.2013
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CINE

Has recorrido medio camino, muchacha

La vida de Adèle, que se llevó el oro en Cannes y se estrenó ayer en Buenos Aires, promete sexo voraz entre dos chicas. Fue prohibida en algunos países por pecaminosa y criticada por feministas como pornografía barata para caballeros. ¿Con quién cumple?

› Por Laura A. Arnés

Con la última Palma de Oro va a llegar el debate también a la Argentina. Porque no es sólo una palma lo que la película del franco-tunecino Abdellatif Kechiche ostenta. Es también una (o varias) palmada, unas manos, un par de dedos lesbianos. Y, por supuesto, los cuerpos de dos mujeres tan gozosos, tan intensos, que incomodarán a más de unx. En Buenos Aires, la avant première se presentó en el Gaumont, a sala llena. Y en enero estrena oficialmente en las salas del país.

Con La vida de Adèle, Cannes apostó, finalmente, por la pasión entre mujeres. Pero, además, Steven Spielberg, quien presidió el jurado, insistió en que el premio fuese aceptado por el director y, también, por las dos jóvenes protagonistas (indirectamente, así las nombró cocreadoras): la ya reconocida Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, a quien Kechiche dice haber descubierto cuando la vio comer una torta con gran placer (no intento hacer un chiste). Sin lugar a dudas, se merecen el reconocimiento: el trabajo de ambas es impecable.

Sin embargo, no todo fueron laureles en este estreno. En algunos países sabemos que el film será censurado. Tampoco se presentará en algunos estados de Norteamérica, donde lo lesbiano parece seguir atentando contra la moral e incluso contra la ley. Por otro lado, Julie Maroh, la escritora de Le bleu est une couleur chaude, la novela gráfica en la que se basó el film, criticó duramente la película y denunció las escenas sexuales como fantasías pornográficas de una mirada heterosexual: para ella no habrían resultado creíbles. Parte del feminismo francés también alzó su voz indignada y, para caldear más el ambiente, las actrices en cuestión acusaron a Kechiche de abusivo y tirano. Sostuvieron, ofendidas, que las escenas de sexo fueron rodadas durante más de diez días, que fueron obligadas a darse nalgadas y a lamerse lágrimas, mocos y transpiración. Conclusión: no volverán a trabajar con él, nunca. El director, a cambio, amenaza con hacerles juicio. Y sin embargo, o justamente, la película no puede dejar de ser aclamada por su exuberancia, por su atrevimiento. Por la carga emocional que ya es propia del potentísimo realismo al que Kechiche nos tiene acostumbradxs –recordemos Cous-cous (2007) o Juegos de amor esquivo (2003).

En La vida de Adèle es el amor lo que reterritorializa todo. Una mirada que se dirige a quien no debe y en un instante el mundo es otro. En un parpadeo aparece y desaparece una joven de cabello azul y piel traslúcida: la versión moderna del príncipe, encarnada en la hermosísima Seydoux. Entonces los ojos de la protagonista se desorientan y la cámara acompaña. Desde ese momento la ciudad modifica sus límites y sus posibilidades; los deseos se expanden y el cuerpo ya no va a poder contenerlos: besos prohibidos, salidas clandestinas y una temperatura que requiere bálsamos onanistas desesperados. Finalmente, los cuerpos de la joven estudiante de clase trabajadora (Adèle) y de la artista plástica sofisticada (Emma) se encuentran y dan lugar a dos escenas de alto voltaje. Sexo explícito y voraz. Sexo ruidoso y transpirado. Una de las escenas dura diez minutos, varias posiciones e incontables gemidos. Se ve real y se siente real (aunque, llamativamente, Seydoux se encargó de informar a la prensa que nunca hubo contacto genital: se habrían usado protectores. Por favor, no lo olvidemos). De cualquier modo, las caras de las protagonistas están desencajadas, húmedas y el cuerpo de la audiencia reacciona, es inevitable. Para algunxs resulta demasiado y se retiran del cine, nerviosxs. El film se carga de intensidades, las subjetividades de las protagonistas son expuestas por la cámara sutil, poéticamente, y los silencios se complejizan, expresan la premura y el desconcierto: una urgencia y una desorientación. O, mejor dicho, la prisa y la re-orientación.

Tengo que decirlo. Hay sexo, hay dos mujeres, hay acusaciones de pornografía y no se muestra ni un milímetro de concha. Me pregunto: ¿es que no hay nada para mostrar, acaso? En este siglo, al decir de Freud, ¿la vagina sigue siendo falta, agujero negro inconmesurable que horroriza? ¿O es que, quizá, la mojigatería todavía no lo permite? (No nos olvidemos que de ahí salen los bebés.) Pero no, en realidad, miento un poco: se expone una concha bien abierta y pelada cuando Adèle posa para Emma. Sí, como las prostitutas que posaban para Tolouse-Lautrec, como cuando Winslet posa para DiCaprio en Titanic. Adèle será la musa de Emma, su modelo, el objeto de su deseo escópico. Y aunque quien pinta es mujer, el lugar es común. Lamentablemente no va a ser el único. En La vida de Adèle no falta casi ningún cliché.

Pero, volviendo a los sentimientos, lo que les sucede a las protagonistas nada tiene que ver con el primer amor. Sí con la violencia del deseo. Ellas son valientes. Ellas no dudan. Se entregan a los cataclismos destructivos y sensuales, a las catástrofes subjetivas que provocan las verdaderas pasiones. Pero sabemos que nada dura para siempre, y menos ese amor-arrobamiento tan ciego, ese amor-intensidad que altera todo y tarde o temprano se consume a sí mismo, aunque deje cenizas. Como consecuencia: tres horas de prolija lógica narrativa. Introducción, nudo y desenlace. Apasionamiento, aburrimiento y tristeza; y el transcurrir de lo cotidiano a veces como telón de fondo, a veces en primer plano. Y es que La vida de Adèle tal vez sea, simplemente, esa historia. Quiero decir, una historia que narra los años que transita una adolescente hasta convertirse en adulta; los tiempos y velocidades diferenciales que vive una persona hasta ser su propio sueño (elegir, equivocarse, intentar, retroceder, confiar, insistir, llorar, dudar, entregarse, aceptar y luchar).

Si hay algo que no se puede negar es que esta película es muy francesa (y que sea tunecino quien la dirigió tampoco es un detalle menor). Todos los elementos esperables están presentes: el compromiso político, la literatura clásica como intertexto, la discusión sobre la educación y los modos de transmisión del conocimiento, las sexualidades disidentes, los diálogos cultos y la presencia de la bohemia progre y libertaria. Y justo ahí enraíza la crítica social (o lo que yo espero sea una crítica porque, a decir verdad, no queda muy claro). Cuando reaparece la bisexualidad de una Adèle que se siente sola y malquerida, al grito de “puta” se desmorona cualquier ideal amoroso, cualquier fantasía sobre la posibilidad de pasiones más justas. No falta la ropa en la valija, el golpe (que esta vez busca el rostro), ni el empujón que obliga a atravesar el umbral. Entonces, Adèle no puede sino reconstruirse sobre las ruinas: purificarse y renacer. El pelo de Emma ya no es azul. Su historia, desde ese momento, será otra.

La vida de Adèle, que en francés lleva como subtítulo “Capítulo 1 y 2”, insiste en la autodeterminación de las mujeres, en la importancia de perseguir los deseos y de llevarlos a cabo en los propios términos; y tiene mucho que decir, también, sobre la construcción del mundo, sobre lo político. Pero no se afirma narrativamente en los términos planteados por el realismo hollywoodense. Yo diría, en cambio, que la película condensa instantes de vida. Afectos, intensidades. Este film es energía pura.

Por supuesto, recomiendo que la vayan a ver (e insisto en que después la discutan con una copa de vino en la mano). Y si, además, les gustó, pueden descansar tranquilxs. Kechiche piensa presentar en poco tiempo otra versión. Cuarenta minutos más larga.

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