Vie 27.12.2013
soy

ESPECIAL 28 DE DICIEMBRE ¡QUE LA INOCENCIA TE VALGA! > LUX VA CAMINO A LA HETEROSEXUALIDAD

LA SEXUALIDAD ES UN CHICLE GLOBO

Todo empezó como empieza todo en esta vida: con la promesa de cambiar de vida. En ese mar me zambullí de llenx, aunque en el intento tuviera que vender lo único que me queda sin subastar de mi madre, sí, su miembro embalsamado por mi tía Henry, más cachivachera que taquiderma a juzgar por los resultados. Resulta que por mi amiga Jenifer Lepes, y gracias a las nuevas tecnologías que me permiten no sólo chatear con seres de mi misma especie (que entre paréntesis, según los “me gusta” que vengo cosechando, me entero de que somos una bocha, tantxs como lxs fanáticxs de las Mac, los devoteés y wannabes, que de parásitos pasamos a parafílicos, y los asexuados, que de la frigidez pasamos a la frivolidad), me vengo a enterar de que en su país, los Estados Unidos, acaban de retirar del mercado los chicles con gusto a pene para curar la homosexualidad. ¡Deben ser efectivos! El lobby gay, que ha infiltrado a la Iglesia con tantos curas pedófilos y corruptos, también ha conseguido librarse de estos chicles, me dije en un rapto de luxidez sacropolítica. Que vengan para acá, me dije con ímpetu importador. Y ahí es cuando acoté para mis adentros: Lux, ano nuevo, negocio nuevo. Basta de invertir en el mal sentido. ¡Masticate ésta! Con lo golosas que son las locas, van a sacarme los chicles benditos de las manos. Basta de escribir en un suplemento gueto, ya es hora de uno más cheto o por lo menos más abierto, menos diverso, más plural. Fue así: un papá canadiense presentó una queja al descubrir que su hija de 12 años las tenía en su mochila y las tomaba porque tenía dudas sobre si era lesbiana y, sin más, las legales huestes de la corrección sacaron la cajita de chicles del mercado. El envase prometía “Gay Away” (“Fuera el gay”, traduce la Jenifer) y que “si transcurrido este tiempo la carne flaquea y todavía te gusta llamar a la puerta de atrás, aumenta la dosis a 4 pastillas al día”. Ahora que Moreno se fue a Sevilla, la importación de todo el stock sobrante de estos chicles desechados en el hermano del Norte va a ser pan barato y comido por todxs los que siempre hemos querido veranear con sombrilla y heladerita en las playas de la normalidad, y que este año avanzamos con pasitos de catrasca gracias a un Código Civil en orden y barriendo con el codo lo que habíamos escrito ya saben con qué lápiz japonés. ¡Qué digo japonés! Ya veo en las góndolas de los supermercados chinos los chicles globo, motivo de sanitarios saqueos. ¿Todavía no lo probó? ¿Que se me fue la mano? ¿Que sueno más reaccionarix que de costumbre, me advierten desde la cabina de edición...? Si no les gustan mis principios, tengo otros: nos, los representantes de tantas través, trans, putos y tortas que pisamos el suelo argentino, mascaremos estos chicles en solidaridad contra una ley del aborto abortada, la madre de todas las leyes que ha sido cajoneada y que tantas veces hemos tenido que soportar de nuestros propios labios viperinos y progres, la sugerencia de que quedó trabada y camuflada tras otras leyes “que a la final no joden a nadie”, como la del matrimonio igualitario, de identidad, de fertilización. Sea por una cosa, sea por la otra, comencé a redactar esta nota, repartí chicles a troche y moche entre redactorxs de este suplemento y cuando me iba a tomar mi propia medicina recibí un tweet de Jenifer: “Es un bolazo. Las notas que están saliendo no aclaran un detalle nada menor: lo que prohibieron eran chicles chasco”. En menos de 140 caracteres la gringa me bajó el container. Y como si fuera necesaria más síntesis, mandó: “¡Acaban de sacar un chiste del mercado! Nos van a normalizar a fuerza de leyes”.

Los chicles los vendo igual, pueden hacerse amigos y encargarlos en el Face del suplemento Soy. Irónicos o ialurónicos, están dando sus resultados; y si no me creen, lean las dos notas que siguen. Mi mensaje de fin de año: pongámoslo en nuestras bocas, mastiquemos, paladeemos y por si acaso no lo traguemos. Que la inocencia nos valga y que ninguna niña ni niño del mundo nunca más se coma el amague.

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