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Viernes, 17 de octubre de 2008

PRIMER AMOR

La siesta inolvidable

 Por Juan Fernando García

Si el destino de hijo de clase media criado en Necochea me depositara en La Plata a los 18 años, y ese pasaje es el inicio de un deseo que por reprimido fue natural en su suceder inmediato, el primer amor es, indefectiblemente, en la infancia. O esa forma que para mí tuvo el amor en la primera infancia: un primo y un vecino que venían a tocarme en los recovecos de las casas en construcción o tras el montecito de eucaliptus, fragante en aquellas calles de tierra que me vieron buscar con paso decidido o en bicicleta con asiento banana la mirada de Oscar o de Piru (nunca supe su nombre, siempre volvería esa P pronunciada en el desprecio de mi hermano mayor).

Cómo es la memoria, cuando se aleja del pueblo, del barrio, del barro de la preadolescencia que muda de signo el deseo. No puedo precisar la diferencia de edad. Mi madre no osa pronunciar esos nombres familiares, pero puede que sean 6 o 7 años que los separaban de mis pequeños 7 llenos de putez para nada cándida. Miraba esos bultos y buscaba las bocas para que me besaran, y ellos sabían que me gustaba.

Con Oscar, en el patio de casa, manguereándonos en una siesta de verano que nos alejaba de la mejor hora de la playa. Allí estábamos, mi hermano, mi primo, su slip rojo y unos lunares en la espalda, inolvidables. Mi cuerpecito se tiraba sobre él, resbalaba en la humedad de un enero grabado en mi mirada.

Con Piru, a solas en la que sería la casa de Vázquez, en la esquina, antes de que el banco se la adjudicara. En ese hueco del lavadero, él esquivaba mi boca y me estiraba su miembro por siempre sobredimensionado.

Juntos, en el monte de eucaliptus, aún resuenan sus risas cuando yo repetía, ingenuamente, que me pinchaba en ese terreno tan poco propicio para el amor, pero tan apto para esconderse de las miradas ajenas. A una cuadra del potrero donde mi hermano esperaba en el arco, llorando, sintiéndose ofendido, frente a esos dos muchachotes que venían adelante mío. Y yo, chocho. El final del amor estaba anunciado. Las siestas se llenaban de ajuar.

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