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Viernes, 31 de julio de 2015

TEATRO

Dos a quererse

En Humo, una habitación se transforma en escenario del encuentro de dos hombres y las polisémicas reinvenciones del vapor que corre entre sus cuerpos.

 Por Walter Romero

Mallarmé dijo que la carne es triste, pero aun así uno se empeña en escribir –en esa sustancia vulnerable– el grafema posible de un amor. Dos hombres encerrados en un estrecho cuarto reinventan esa ceremonia que, muchas veces, puede arrancar sólo con un husmearse bien. A veces la previa es más intensa que la consumación, y esa previa puede ser más animal que lo que uno se imagina. La búsqueda ciega de estas dos corporalidades arranca de un apelmazamiento terrenal y ctónico, para adoptar después los mil y un devenires que hacen de un homínido un posible homo erectus. Dos cuerpos que juegan al escarceo pueden volverse montura, sostén, trapecio, acople; las extremidades juegan a multiplicarse; las ancas, a salirse de la piel, los cuellos –como de hambrientos jamelgos– se entrechocan y los pies –asumiendo, una vez más, el rol de divinos fetiches– muestran una desnudez que tiene, en parte iguales, la magia o el súbito rechazo que da un artrópodo o un cangrejo que se detiene y al instante camina de costado. El amor –que es pura metamorfosis– suele esconderse en el cuerpo del otro en los mil intersticios que hay que salir a testear: ¿la comba de una rodilla, acaso?, ¿el atrás muy atrás de una oreja? El amor vive en el pliegue deleuziano, pero nunca basta con oler, tensar la carne o salir a buscarle los plisados. Poner de pie un amor es mucho más difícil.

Desde el rincón de una habitación iluminada por los reflejos de la calle Corrientes haciendo mapping y frente a un reducido grupo de espectadores que son la “cuarta pared” más carnal del teatro porteño, Gustavo Lesgart y Martín Piliponsky reinventan, en riguroso “huis clos”, una puja para lograr que el amor –el viejo y noble amor que puede celebrarse en una canción francesa cualquiera– venza las miserias de la puta carne. Esta “lucha libre” –alejadísima de los muy mentados dúos de varones que en los últimas temporadas han poblado la cartelera, más cercanos a las pinturas de un Bacon que a este bello adagio– insiste en la voluntad de dos cuerpos por recorrer –en la contundente media hora que dura la obra– el pathos que nadie puede obviar si es que quiere amar o seguir amando.

Con el faulkneriano título de Humo, esta obra –que esconde y muestra– trata del amor, pero nos deja fantasear con el bendito y cantarino flip flop de la cópula. Su singularidad inusual acaso tenga que ver con la necesidad de estos cuerpos por romper las limitaciones pequeñoburguesas encarnadas –de manera brillante en el rectángulo de este cuarto– por un sillón, una alfombra, una silla encastrada a una mesa y un velador que –como ese maldito velador que Tennessee Williams hace apagar al final de la homoerótica La gata sobre el tejado de zinc caliente– parece contarnos todo. La luz –en este caso a cargo de Paula Fraga– siempre cuenta.

En el acucharamiento a que nos conducen todos nuestros sentidos cuando están embebidos por Eros, en la búsqueda insana por dominar o ser dominado, en la tenacidad con que los cuerpos siempre saben –ellos más que nosotros– que la mejor posición siempre está por llegar, Lesgart –reconocido maestro, coreógrafo y bailarín– y Piliponsky –de una ductilidad ya madura en su propia práctica danzante y en su reciente creación Clásica, aún en cartel– nos regalan un teatro físico como si quisieran grafitear en sus propios cuerpos la premisa de un Rimbaud días después de ser baleado por Verlaine: es cosa sabida, hay que reinventar el amor.

Humo de Gustavo Lesgart,
con Martín Piliponsky
Ciclo Teatro Bombón La Casona Iluminada/ Corrientes 1979/
domingos 20 y 21 hs.

Clásica de Martín Piliponsky
Espacio Callejón/ Humahuaca 3759/ domingos 18 hs.

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