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Viernes, 1 de abril de 2016

Christeene conducción

Donde ella pisa, hay quilombo. La rapera y performer drag Christeene Vale es una generadora de escándalos profesional, pero no se queda sólo en eso. Hay otras intenciones…

 Por Ignacio D’Amore

Tiempos tan agitados como los actuales exigen tomar partido con opiniones drásticas. Como muestra, aquí va una: las únicas drag queens que importan son las que están dispuestas a sacudirnos el confort de encima. Siempre fue así y no es menos cierto hoy. Si en otras épocas la ruptura del orden consistía “solamente” en semejar una figura femenina, en este momento las exigencias se han multiplicado: los cánones de belleza se percuden hasta la carcajada, las identidades en mutación se imponen incluso por sobre la coquetería, lo humano se vuelve una anécdota.

Christeene Vale es una de esas drags que importan. Hace lo suyo, claro, y lo suyo es el estremecimiento ajeno, el asqueo general. Lo suyo, también, es recapturar algunos asuntos e imágenes candentes de la actualidad y volverlos vómito performático y rapeado. Se mete, por caso, con la obsesión por la belleza de la mujer que semeja una niña; se mete con las drogas duras y sus secuelas mentales y físicas, con el frenesí de las sociedades de consumo, con la fama en cuanto meta absoluta, con el orden y las buenas costumbres y el vértigo que implica desafiarlos sin pausa. Véase como ejemplo el clip de “African mayonnaise”, filmado en distintos shoppings norteamericanos en los que Christeene irrumpe ataviada con una bolsa de arpillera, hombro al aire, y el maquillaje corrido como en una foto mal impresa en el locutorio. Christeene es súcubo de fantasías extremas. Se trepa a las mesas de un McDonald’s, se aprieta a tu marido y le toca el bulto. Grita insultos delante de niñas y niños. El personaje somete al entorno. La seguridad privada del lugar advierte, activa, captura. Son ella y sus dos secuaces gogo dancers, todas afuera o adentro. La secuencia culmina con un banquete en una playa de estacionamiento, los dedos manchados metidos en la mayonesa rancia, lxs transeúntes apurando el celular para tener registro de eso que están viendo y cuyas implicancias seguro preferirían no imaginar. Creada por el artista multidisciplinario Paul Soileau después de que otra primera criatura drag de su autoría se notase estancada, Christeene nació una noche de micrófono abierto y se volvió deidad de los inframundos en el acto. Su carrera de terrorista drag y rapera del averno es financiada gracias a distintos proyectos de crowdfunding, desde sus videos hasta las sesiones de grabación de su primer disco, editado en 2012, y las de su sucesor, cuya edición es inminente. Es una persona vuelta residuo, y por ello es difícil ignorarla; o más bien, su performance consiste en enrostrarnos el goce no tan improbable que producen el deterioro propio y ajeno. Esto es lo que más tememos de Christeene: que nos escupe en la cara todos nuestros sueños de (auto)destrucción. Hay que tenerle menos miedo, aunque muerda duro. Si no, preguntale a tu marido. Seguro se calienta pensando en ella desde esa vez en el McDonald’s.

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